A ver si nos entendemos…

A ver si nos entendemos…

Para el futbolero, no hay sentimiento más hermoso que ir a ver a su equipo. En su cancha, con su gente, respirando la algarabía de sentirse ganador desde el minuto cero solamente por la presión que genera jugar en casa. Verle temblar las piernas al rival de turno. Ese cosquilleo interno que se genera en uno cuando el capitán asoma por la manga encabezando la salida del equipo. Los diálogos con futboleros de otras generaciones que vieron -o no- épocas mejores, padres e hijos -o por qué no madres e hijas o abuelos y nietos- unidos por una misma pasión y demás incansables rutinas que solo acontecen en 90 minutos o más. El futbolero lo entiende, hermano.

Cuando las malas superan a las buenas, en algunos casos, ese sentimiento logra fortalecerse un poco más. Vaya uno a saber por qué, dicen que siempre que llovió, paró. Que todo pasa. Que la fe mueve montañas. Que no hay mal que dure cien años. Y lamentablemente, cuerpo que lo resista, tampoco.

Hace un tiempo dejé de preocuparme por ese sentir de hincha ingenuo. De ese pensamiento mediocre que reza alentar en las malas para volver a las buenas, apoyar hasta el cansancio porque de esa forma se sale adelante. No insultar porque los jugadores también son personas y otras boludeces que no tiene sentido escribir.

Mi corazón está muerto hace 268 días. O por lo menos, no late como antes, ni siente como antes. Parece una exageración, pero sé que a varios les puede llegar a suceder lo mismo. No tardé mucho en darme cuenta de lo difícil que sería transitar este inexplorado camino. Pero no logré interpretarlo de la manera que hubiese querido. Voy a ver a Independiente sin ese sentimiento que tenía antes. Voy triste, desganado, sintiéndome culpable por vivir todo esto. No disfruto jugar de local, lo padezco. La gente, mi gente, nuestra gente, está ciega. Todo está mal. Nos miramos, nos tapamos cantando otras canciones, abucheamos y aplaudimos, silbamos y ovacionamos al mismo tipo en un mismo partido. La gente asiste solo para dar el presente, para demostrar que está. Como está en las buenas, también está en las malas. Pero está sensible, triste, desganada, como yo.

Sale el equipo con el capitán a la cabeza y en mi no hay cosquilleo alguno. Siempre hay lágrimas. De tristeza, de impotencia. Ya no disfruto hablar con nadie en la cancha. Todos juegan a ser el DT y sabérselas todas. Irónicamente pensaría: “De Felippe, andate, haceme el favor, que tenemos 100.000 entrenadores en el estadio de primer mundo”. Las piernas del rival de turno no tiemblan, se endurecen, se agrandan. Las que tiemblan son las del arquerito que tenemos cada vez que saca de atrás.

Nos baila el Huracán más tibio que vi en mi vida y no hay vuelta que darle. ¿Hay culpables? Seguro, pero no es lo que realmente nos importa ahora. A ver si nos entendemos: Asciendan, como sea. Terceros, segundos o campeones -de solo pensarlo se me revuelve de gracia el intestino delgado-, pero asciendan en junio. No hay más para decir.  Ta luego.

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