Un año en 90 minutos

El partido contra CASLA fue un año en 90 minutos. Y quizás más tiempo atrás, todavía.

Estar ahí, peleando, llegando un montón de veces y no pudiendo convertir por falta de suerte. Y digo suerte porque lo prefiero, antes que decir por miedo.

Si no tuviéramos el poder para ganar, no le tendríamos tanto miedo a ganar. Ya se dijo un montón de veces en esta columna, en esta página, en este mundo que es Independiente: estamos condenados por nuestro pasado y el fracaso de los últimos tiempos realmente podría deberse a que ganar cualquier cosa no se va a parecer nunca a lo que ya ganamos alguna vez. Miedo a ganar.

Ya lo hablamos, lo sabemos, lo entendemos, lo padecemos hace más torneos de los que quisiéramos y cada vez que creemos que ésta vez va a ser distinto, nos volvemos a decepcionar.

Viendo más desde afuera el panorama de decepción, hay muchos patrones que se repiten: siempre hay una figura que se revela, casi siempre un chico del club que se carga más al hombro el equipo que cualquier figura incorporada. También eso, siempre hay una figura, y siempre, casi siempre, la figura no llega a lo que se esperaba de ella. Siempre hay también un buen equipo, que parece tener buen clima, que parece sumar, que parece variado, que parece comprometido. Parece, siempre. Nunca termina de serlo.

Y después está el tema del DT. Siempre hay un DT que entiende, que sabe lo que quiere hacer y que tiene ganas de ganar cosas. Los últimos tres DT, por lo menos, no fueron tipos con los que se pueda estar disconformes. Es muy fino el margen. Si todo salía un milímetro diferente, la historia era distinta.

Este año el DT es nuestro. Vivimos la paz de, al menos, no tener que echarle la culpa de todo al que orquesta. Por eso también este año, anulando ese factor, el resto es más visible.

Perdimos tres competencias por lo mismo que perdimos ayer. Miedo. Imprecisión. Incertidumbre. No me da más el cuerpo para pedirle nada a este año. Tengo más ganas de que empiece el que viene, nuevo, de cero y con toda la esperanza renovada, que de ver si se puede terminar de alguna forma un poco más decente este año.

La semana que viene hay una oportunidad y tengo eso que tiene el equipo: miedo, incertidumbre. Nada me dice que podemos ganar. Ni los designios de la historia, con los que siempre nos alimentamos las ganas. Todos los designios terminaron desautorizados este año.

La Bochini baja está casi terminada. Para fines de este año se concluye el LDA. No va a ser la Doble Visera, pero va a ser una cosa terminada, empezada desde cero y ya lista, presentable, imponente. Una cosa que nos reúna orgullosos a todos. Sin la molestia de que falte algo.

Al equipo le queda pasar por el mismo proceso. Al club también. Un camino de reconstrucción desde el derrumbe de la historia y un nuevo comienzo. Desde cero y respetando el tiempo que lleve volver a estar enteros. No como antes, pero siendo una cosa nueva, presentable, imponente. Una cosa que nos reúna orgullosos a todos.

Familia

No es la primera vez que arrancamos bien. Hablo de estos tiempos, no de la historia.

En casi todos los últimos ciclos arrancamos medianamente bien. En casi todos los últimos ciclos nos ilusionamos. No tiene casi nada de especial, esta ilusión.

Salvo, quién está al frente.

Milito dijo antes de su debut que Independiente necesitaba convertirse en una familia. Algo de eso, es el problema que venimos arrastrando. No por nada no solo técnicos sino también jugadores, no se encuentran cuando están en el club pero son campeones donde sea que se vayan después de salir de Domínico por la puerta de atrás. Siempre mal. Siempre después de una decepción.
Independiente hace rato que es demasiado un club, demasiado deber y poco familia. Poco disfrute, poco recordarnos por qué estamos en ésto.

A Independiente le falta ser familia.

Saber que todo siempre puede estar peor, pero al final del día nos podemos mirar a los ojos sabiendo que dimos todo. Lo que nos decepciona hace tiempo es que atrás de las derrotas viene la sensación de que no hay salida, porque no se puede confiar en nadie, porque las figuras vienen y se van, si no pueden cumplir su trabajo. Y cuando se van, queda en evidencia que esto era sólo un trabajo. Y para nosotros, para lo que esto es la vida, eso no nos basta.

Queremos que los que están en la cancha sientan las cosas tan personales como nosotros. Es imposible despegarnos de eso.
Y es imposible no decepcionarnos cuando el equipo no nos inspira nada. Independiente no dejó que nos colguemos de ninguna ilusión, en todo este tiempo, porque nunca pudimos terminar de confiar en nadie.

Ahora bien. Lo que tiene de distinto este ciclo, es que podemos desconfiar de todo, menos de las razones de Milito. Él viene por amor, además de por vocación. Él viene a ser técnico y a ser padre. Puede equivocarse, pero todos los padres se equivocan. Puede llevar tiempo saber qué es lo que hay que hacer, pero a un padre los tiempos se le conceden.

La diferencia entre este ciclo y los que nos preceden, es que tenemos que agradecer que quiso hacerse cargo de nosotros un padre. Uno del que podemos dudar en todo, menos en su entrega que no espera nada a cambio.

Este año tiene a favor que aunque el tiempo nos decepcione, nos va a costar mucho más ponernos en contra, rebelarnos, violentarnos. Porque a un padre siempre terminamos volviendo. Porque sabemos que todo, aún lo que hace mal, lo hace pensando en nuestro bien.

Es prometedor, lo que se nos viene. Pase lo que pase, va a ser grande. Porque este año somos más grandes. Tenemos el corazón mejor dispuesto. Somos, tenemos que serlo, una familia.

Independiente hay uno solo

“¿Pensás dirigir en algún momento?” le preguntan a Gabriel Omar Batistuta.
“Ya tenés el curso hecho. Las puertas abiertas. ¿Qué esperás?”.

El delantero reponde, bien seguro: “Sí, por supuesto que quiero dirigir”. Pero aclara enseguida, apurado: “Acá no igual, eh. Acá ni loco”.

Es difícil dirigir en Argentina, dice el Bati.
“Los que dirigen en Argentina están locos”, dice. Y, lo sabemos, tiene razón.

Tres ideales obvios pero casi que imposibles, necesita un DT para dirigir bien en Argentina:

1) Un equipo ideal, que responda

2) Una público ideal, que aliente

3) Una dirigencia ideal, que acompañe

Ninguno de los tres ideales se cumplen en casi ninguno de los clubes de Argentina. Ni qué decir del caso de Independiente.

No es ideal un equipo remachado cada seis meses con promesas que son más ruido que nueces. Tampoco con los que vienen de abajo, todos y cada uno con sus cortos veranitos enchufados y sus largos inviernos desorientados.
No es ideal un equipo donde cáda entrenador que viene se tiene que tomar un año probando con éste acá, con éste allá, con estos dos más arriba y este más abajo, y así, seis, siete, ocho fechas. Y así, todo un torneo.
No es ideal un equipo que no se entiende. Desde afuera, pero parece que tampoco desde adentro.

No es ideal una hinchada que ya ni sabe quién es, ni qué es lo que tiene que bancar. Si tiene que exigir, o si tiene que esperar procesos. Si tiene que condenar jugadores hasta que demuestren lo contrario, o aferrarse a cualquiera que durante dos fechas muestre que puede ser lo más cercano que podemos tener a un referente.
No es ideal una hinchada que tira piedras, que se cree dueña de todo, con derecho a entrar a la cancha cuando quiere, a hacer lo que quiere.
No es ideal una hinchada donde son más los que dan miedo, que los que dan apoyo.

No es ideal una gerencia que usa tu club como eslabón al poder. No es ideal una gerencia que campeonato a campeonato elige al DT según “quién quiere venir”, no quién NECESITA venir. No es ideal, para Independiente pero también para cualquier otro club, en este momento, que los intereses de las dirigencias estén contaminados de intereses políticos.

A este mundo no ideal, en el que ni loco dirigiría un tal Batistuta, viene a dirigir un tal Gabi.

¿Qué esperar para el próximo torneo?
A diferencia de cada vez que empezamos una nueva etapa: todo. Esta vez sí. Pero no desde el lado de la seguridad de que esta vez lo vamos a conseguir, sino desde el aprecio.
Con Gabi no hay dudas de que quiere al club, de que todo lo que haga va a ser por el bien de Independiente. Por eso, con él, quizás nos comportemos por primera vez como nunca nos salió comportarnos con ningún DT (ni con ningún equipo) en los últimos tiempos. A él quizás le respetemos sus tiempos. A él quizás no lo matemos en la primera fecha. A él quizás no le hagamos banderazos ansiosos.

Que “cuando Milito empuja Independiente quiere”, lo sabemos. Y no hay dudas de que él viene a empujar. Lo que tiene que pasar para que todo salga bien, es que eso que él esté empujando, sea Independiente. No esa cosa rara, ese desorden bipolar sin identidad que venimos siendo en los últimos torneos, dentro y fuera de la cancha.
Ojalá, además de dirigirnos, Gabi consiga otra cosa más importante: contagiarnos. Y así, unirnos.

Milito hay uno solo. Independiente también.

La ciénaga, otra vez

Usé muchas veces la metáfora de la ciénaga para hablar del estado de Independiente. El hecho de tenerla que usar una vez más no hace más que confirmar la analogía.
Cuando un animal cae en una ciénaga, es el fin. El animal puede nadar, puede intentar llegar al borde, puede tratar de formarse una base firme con el barro que tiene abajo de las patas, pero todo es un intento fallido más, camino al fin. Lo que hace ciénaga a una ciénaga es que todo lo que hagas para salir, te hunde más.
Segunda característica de una ciénaga: solo caen los animales grandes. El animal pequeño goza de poder mantenerse en la superficie. El animal grande padece su peso.
Tercera característica, y única esperanza: hay una forma, una única forma, de salir de una ciénaga. Que otro te saque.
Y quién es ese otro: Un hombre. El único que saca al animal grande de la ciénaga es un hombre. Respaldado en herramientas y en inteligencia. E impulsado por su aprecio al animal, ante todo.

Ahora bien, bajando la metáfora a la realidad.
Cuando hablo de Independiente como un grande que no puede salir de la ciénaga, hablo de todas las cosas que Independiente fue haciendo para poder salir, y que solo dan la sensación de que lo hunden más.

Que el desfile de técnicos, que la confianza en una CD que se ocupe de todo lo que hay que ocuparse dentro y fuera del césped, que el desfile de refuerzos, que las vueltas (y las salidas) de figuras, referentes, ¿ídolos?. Todo lo que hizo Independiente desde que volvió del Nacional parece no haber servido, porque la sensación de hundimiento sigue ahí.
Y lo grave, es eso. Que la impotencia de no poder salir por nosotros mismos, quemando ya todos los tipos de intentos, nos entierre cada vez más. La impotencia siempre entierra cada vez más. Y la impotencia nace cuando hacés algo que creés que sí, que esto es lo que nos va a sacar definitivamente, pero fracasa.

Independiente necesita un hombre que lo saque. Y no sé quien es. Pero tiene que ser alguien que ahora, no está adentro. Alguien que con toda su compasión, con todo su amor, con todas sus herramientas y con toda su inteligencia, nos saque antes de que sea demasiado tarde.

Dónde tiene que estar ese hombre, es otra de las preguntas. ¿Es una ficha que hay que mover en la CD? ¿Es un DT que venga con algo más que una idea, que venga con un filtro que renueve el aire? ¿Podemos hablar de Lanus? ¿Podemos hacer esa pregunta? ¿Por qué un DT, con la misma idea pero con “un peor plantel” está puntero, después de irse a las puteadas, propias y ajenas, de nuestro club?

¿Es un referente, el hombre? Esperarlo es peligrosísimo. Porque ya creímos que era ese refuerzo tan esperado y por el que se apostó tanto, o ese otro que volvió y con su vuelta iba a cambiar todo.
Puede venir el Kun Aguero y si el aire es el mismo que se respira ahora, no va a poder hacer nada. Y lo único que nos va a pasar, es quemar otro ídolo más. Me aterra la idea de quemar otro ídolo más.

No sé quién es el hombre. No sé qué lugar tiene que ocupar, ni qué es lo que tiene que hacer. Pero sé que lo que está mal en Independiente es el aire, por todas partes, en los vestuarios, en Domínico, en las tribunas del LDA, en los comentarios de esta web, impregnado en la tela de las camisetas.
Y esto no es el mundo de la mufa. Esto no es azar. Esto, el fútbol, como siempre lo fue, es un asunto de hombres. El que tiene que cambiar el aire es un hombre.

Falta alguien con herramientas, que además tenga aprecio por Independiente. En el lugar que sea.

Mientras tanto, hay una desproporción que molesta y enloquece:
Los que sí desbordamos de aprecio, no tenemos herramientas. Justamente al revés. Nuestras únicas armas son nuestra opinión, nuestros comentarios, nuestras banderas y nuestro aliento. O desaliento. Pero eso no saca al animal de la ciénaga.
Nosotros también somos víctimas, también nos tienen que rescatar. Porque sino, cada vez que sentimos que algo nos va a sacar, y no sucede, caemos en la cuenta de que nos estamos hundiendo más. Y el ahogo ya es insoportable.

No puedo más que estar atenta. Esperar. Detectar la aparición de ese que tiene que aparecer. Esté donde esté. Sea quién sea. Cuando el animal es grande, vale la pena.

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La semana pasada no escribí esta columna porque no tenía nada nuevo que decir.

Casi que esta semana tampoco.

Y tanto la semana pasada como ésta, venimos de “golear”. ¿Cómo no voy a tener nada para decir?

Y es que no. Los resultados, como ya sabemos los hinchas de Independiente y tanto nos gusta repetir, no tienen nada que ver con el estar contento, ni con el estar descontento. Lo que venimos a ver es otra cosa. Y sobre esa otra cosa, hay poco que decir. La apatía del hincha es reflejo de la apatía que está mostrando el equipo. En la cancha y en las declaraciones.

La película parece repetirse, ya en el ciclo anterior, con ese entrenador anterior que ahora hace rodar tan bien su tantas veces justificada “idea” en otro equipo, se sentía en el aire la apatía. La sensación de que todos saben lo que anda mal, y todos saben lo que hay que hacer, pero la molestia de que nadie lo haga. Y por qué, es la pregunta. Qué es lo que tiene que pasar para que ocurra el click.

Salió el arquero y descomprimió una grieta importante que apestaba todo el ecosistema hincha-equipo-club. Ahora, sin ese fantasma, nos encontramos con que el equipo no pierde, pero tampoco gana. Aunque golee. Y ya no es culpa del ex capitán. Se caen los culpables y lo único que se ve es que no hay forma de que tengamos una identidad. Habrá algo que sale bien, pero hay algo que se siente mal. Porque vamos dos semanas y siete goles, pero no tenemos nada para decir. Porque esos triunfos no salieron de nada con lo que de gusto identificarse.

El hincha necesita ser hincha de una mística con la que identificarse. Un estilo, llamalo como quieras. Juego. Una forma de llevar adelante el triunfo, que de orgullo. Por menos del orgullo, nada vale la pena.

La última vez que escribí hablé de cómo lo que pasa en el club repercute en el estado de ánimo de 100 mil personas. La magia del fútbol. Hoy, lo que pasa es apático. Hoy, el estado de ánimo es apatía.

No sé hasta cuando puede durar y no dimensiono qué puede cortarla. Quizás es, de a poco, seguir descomprimiendo el ecosistema. Esta demostrado que hay hechos, decisiones, que descomprimen. Quitan presión. Quitan obligaciones que no hay por qué sostener.

Quizás si vemos un equipo que juegue menos presionado (como está el nuestro desde que volvió del Nacional) veamos un equipo que juegue, a secas. En el sentido encantador del jugar. Infanfil. Con problemas, peor lindo. O ni siquiera eso. Feo pero con encanto, como decía Ronaldinho.

Descargo

A veces no tenés un buen comienzo de temporada. No vos, Pellegrino. No vos, Cebolla. Vos hincha, digo. En tu vida, no en el fútbol, digo.
A veces cuando brindás en año nuevo todo lo que tenés en la cabeza es una lista de cosas que ojalá te pasen, y poco que agradecerle al año que se pasó. Y a veces el año empieza y los meses pasan y lo que tiene que pasar no pasa. Y no te sale una.
Que tu laburo es una mierda, o que tu relación amorosa es una mierda, o que tu familia es una mierda. Lo que le pasa a cualquiera, qué se yo. Nada raro. Nadie tiene una vida perfecta.

Pero paralelo a tu vida, como ventana donde pasa otro aire, va tu vida como hincha.
Paralelo, siempre, va Independiente. You never walk alone.

Ser hincha, seguir a un club, creer (cosa desquiciada) en un grupo de gente, en una tradición, a veces te salva la vida. O la semana. O el día.
A veces, puede estar todo mal, pero si gana Independiente, ese vestigio de alegría se dilata a toda tu realidad.
O a veces es sólo presenciar un buen gol. O a veces nomás es ver que Tagliafico hizo todo para evitar ese córner.
A veces con ver que hay alguien poniendo huevos por algo en lo que creés, te renueva la alegría. Te cambia, aunque sea por un rato, el día. No importa lo que pase en el resto de tu vida.

Digo toda esta cursilería y aclaro: para ésto se supone que está esta columna, eh (?). Esta columna se llama La vida en Rojo y lo único que quiere es desentramar eso de tener a Independiente como coprotagónico de la vida misma.
Y lo desentramo porque me gusta. Porque siento necesario parar, cada tanto, a reconocer que Independiente ocupa ese lugar enorme en mi vida. Que hasta a veces es el total culpable de una buena o una mala semana en mi vida.

El fútbol juega al fútbol con la vida. Independiente y yo vamos armando paredes. Y cuando Independiente pierde, me hace perder a mí.

Hablo de ésto y uso esta columna casi como diario íntimo (aunque sea en realidad todo lo contrario) porque no tengo con quien hablarlo. Mis amigas quieren hablar de chicos, mis compañeros de trabajo quieren hablar del dólar, mis vecinos quieren hablar del clima, mis familiares quieren hablar de otros familiares. Y sin embargo yo necesito hablar con alguien, o en algún lugar, de que la idea de seguir viendo al Ruso abajo de los tres palos, me caga la vida. Por darte un ejemplo totalmente aleatorio, viste.

Vengo a hacer catársis, acá, porque siento que ya no me lo merezco. Como quien dice que no se merece un mal jefe, un mal novio, o que lo atiendan mal en el banco. No se.
Vengo a quejarme (aunque, como dije notas atrás, NADIE LEE AL HINCHA), de que Independiente me agote. De que nunca llegue a ser lo que yo espero que sea. De que nunca pueda cumplir con eso que vinieron los clubes de fútbol a hacer al mundo: darle alegría a los hinchas.
Vengo a quejarme de que Independiente no me cumpla ni lo que le canto. Porque ya ni se si quiero que llegue este domingo. No se si quiero venirte a ver. Porque no se si quiero verte perder, en casa, con Colón de Santa Fe.
No quiero que me cagues más semanas.

Y, finalmente, me quejo, o me descargo, porque hay culpables.
La diferencia entre el capricho de quejarme como si fuera ésto un diario íntimo, y la realidad de que ésto sea un medio público, es que Independiente es todo lo que es hoy (para mal, decididamente), por culpa de un par de personas (que a lo mejor, quién sabe, llegan a leerme).

Basta de cagarnos la vida por caprichos. Por no saber decidir, no reconocer errores, o no querer escuchar. Basta de privarnos de gritar goles. Basta de hacernos pasarla mal todos los lunes con todo el resto de nuestros compañeros de trabajo mostrándonos memes del arquerito.
Basta de usar a Independiente como borrador.
Basta de obviar que Independiente le influye en la vida a más de cien mil tipos. Que los clubes son eso. Una cuerda de la que pende el ánimo de cien mil tipos, todas las semanas.

No lo hagan por la historia ni lo hagan por la gestión. Háganlo por el estado de ánimo de cien mil tipos que estamos hartos y que no nos merecemos este cartel de amarguitos que ustedes nos están haciendo colgarnos del cuello.
Tomen las decisiones que hay que tomar. Traigan al que hay que traer, no al que quiera venir. Y dejen ir al que se tiene que ir.

A los únicos que deberían escuchar, en esos microsegundos en los que toman decisiones para Independiente, es a nosotros. A los que pasamos 24 hs del día pensando en Independiente.

El juego de la Oca

No es novedad que en Independiente se avanzan dos casilleros y se retroceden tres.
No digo nada nuevo si hablo de que cada cada partido es perder un turno y no avanzar nada.
Pero como en todo juego donde la mitad es responsabilidad del ingenio y la otra mitad es culpa o acierto de los dados (por que sí, porque en el fútbol también juega la suerte), es necesario parar y mirar el tablero. Y ponernos en la pose que merece el estado en el que estamos, para al menos predisponernos a jugar desde el lugar más honesto.

Nosotros, digo. No solo ellos. Nosotros los hinchas. Los que nos peleamos con toda la oficina con el diario del lunes. Al hincha también le aplica el “haganse cargo, ESTO ES Independiente”.

En ese ESTO ES, que no es para nada un ESTO ERA, está la clave.
Lo dije en algún momento y sostengo que sigue vigente: somos el Ruso. Somos todo lo que le criticamos al arrogante y soberbio y todo eso que decimos del “arquerito”. Eso que nosotros le vemos como arrogancia, el periodismo como personalidad, y él mismo como fortaleza. Somos la misma cosa. Somos unos arrogantes. Pero ah, no, no le digas arrogante a un hincha de Independiente. Para nosotros, somos exquisito. El paladar negro, ey. Esa es nuestra fortaleza. “Personalidad” diría el ojo que quiere quedarse fuera.

Y mientras tanto, tenemos un equipo que sale a la cancha con una camiseta que dice Oca al frente. Ojalá, además del escudo, pudiéramos ser un equipo que representara a su sponsor. Es el sueño de cualquier marca. Pero también es mi sueño, como hincha, seguir un equipo que pueda llevar hasta el final lo que tiene que le encomiendan llevar a destino. Desde un campeonato hasta un gol. Ojalá independiente, con su logo de Oca al pecho, pudiera cumplir con llevar la pelota hasta el arco con la puntualidad con la que el cartero te trae la camiseta que pediste por internet.

Y ojalá el hincha, que también luce en el pecho el mismo logo, demostrara su personalidad en respetar los tiempos, no en desperdiciar un envío en volcar el camión antes de llegar, solo por la ansiedad de festejar.

Y ojalá tuviéramos dirigentes que cuidaran el paquete que tienen en las manos. Y no gente cuya “personalidad” es maldecir a los hinchas que reclaman después de malos resultados, u ocuparse de pelear por Twitter con otros dirigentes como quinceañeras.

O sí, seamos todo eso. Seamos arrogantes y no nos banquemos este presente. Pero hagamosnos cargo. ESTO ES Independiente. Queda la estela, el soplo, del Independiente que una vez fue. Pero por más que lo pidas, es imposible pedirle estar a la altura al desastre que somos hoy. Y no hablo de conformarnos, hablo de ser realistas.

Si vamos a putear, o vamos a alentar, o como sea que vayamos a jugar este juego, partamos de lo que somos.

No nos hagamos los que vamos a llegar cancheros, en dos días, a entregar una encomienda, si en vez de un avión, tenemos una bicicleta desinflada.

Paremos de retroceder casilleros como boludos.

El paseador de perros

Los perros se parecen a sus dueños, hasta que están en grupo. Ahí, se parecen al paseador.

Los jugadores también se parecen a sus dueños. Digamos, a sus representantes. Y es que el jugador siempre está negociando. Con su estado de ánimo, con sus compañeros, con sus preparadores, consigo mismo. Negocia con toda su realidad hasta sentir que tiene todo para demostrar cuánto vale.

Hasta que está en grupo. En equipo. Ahí, los jugadores se parecen al DT.

Todos somos capaces de sacar a pasear a nuestro perro, pero si nos dan dos, tres, cuatro, no lo sabemos manejar. El paseador de perros es uno que sí puede con todo porque tiene la suficiente autoridad para saber acomodar la manada que le es dada. Elegir un líder y entender que el resto de los perros lo va a seguir. Poner a los más firmes atrás y a los más rebeldes en el centro. Controlarlos ante las amenazas del cruce con otra manada o saberlos detener en una esquina. Manejar el ritmo de cada especie y saber a quienes tiene que tirarles más y a quienes menos de la correa.

No hay escuela para el paseador de perros. El paseador tiene que ser un líder natural. Por más que le aconsejen y le enseñen la mecánica del paseo, la sensibilidad de liderazgo se tiene o no se tiene. Y cuando no se tiene, lo que vemos es a un pobre pibe con correas enredadas que no para de gritar el nombre de sus canes para llamarlos de vuelta al orden, a cada cuadra, todo el tiempo, todo el paseo.

Central se parece a Coudet. Todo orden y toda rebeldía de cada individualidad, vienen de una correa tirada por la misma mano.

Independiente se parece a Pellegrino. Un paseador que tiene buenos perros, pero que no logra llevar la manada ordenada hasta el final del paseo. Porque falta eso que no se aprende en ningún lado y es lo que más asusta. Pellegrino parece no estar teniendo la sensibilidad (que en algun momento sí tuvo) de saber llevar la jauría.

Decirle perros a los jugadores era agresivo hasta que salió ese texto que hablaba de Messi siendo un perro siempre tras la pelota. Desde entonces, la fantasía de cualquier hincha es poder decirle “perros” a los jugadores de su equipo, en el sentido Messi de la palabra.
Nosotros podríamos. Quisiéramos. Pero por ahora no. Por ahora todo es silbidos y bronca. Ganas de que se vayan todos. Ganas de renunciar.
Después se nos pasa. Después dejamos que sane la herida, nos volvemos a enamorar y renovamos las ganas pensando en el partido que viene. Ser hincha también tiene que ver con eso.

Ser hincha de Independiente, es eso.
Así, cambiantes pero a la vez (y ante todo) ambiciosos. Estamos en ese momento raro y ansioso de nuestra historia. Y de nuestro estado de ánimo.
Un poco, es el aire que se respira en la cancha, en el club. Y es que los clubes se parecen a sus dirigentes.

Las vueltas

Las vueltas son algo que identificaba al Independiente histórico, del que siempre nos gusta hablar. Todos los años una vuelta. Todos los años algo que festejar.

Y las vueltas, pero no de esas, son lo que identifica al Independiente de hoy, del que casi siempre da disgusto hablar. Todos los domingos algo que no termina de cerrar. Todos los domingos algo de qué quejarnos.

Pellegrino parece no encontrarle la vuelta al esquema y lo que vimos en el LDA en la primera fecha no nos deja tranquilos de cara al torneo. Por qué? Porque de este año esperamos todo. Mínimo, una vuelta, de las tres que podemos llegar a pelear. Tenemos un por qué, este año más que nunca: porque tenemos con qué.

La vuelta de Denis es una vuelta a la esperanza. Todos los mercados de pases vivimos las idas y vueltas de nombres de jerarquía y de “jerarquía” que nunca terminan de llegar. O llegan y no son lo esperado. Pero de entre todos los que vinieron en este último tiempo, en este, queda demostrado después del domingo, se puede confiar.

Mientras alrededor todos los equipos de primera contaban con sus “grandes”, sus ídolos, sus regresos, a nosotros nos faltaba ese referente que elevara la postura con la que pararnos frente a cualquiera.

Denis no es un Erico, pero es uno que hace ruido. Y eso siempre conviene. Sobre todo, cuando el último referente de jerarquía que trajimos, para ese papel, se nos lesiona antes de los 15 minutos cada vez que entra a la cancha.
Ahí tenés otras vueltas. Las que da el Cebolla entre lesión y lesión. Y si nos metemos en tema, ni hablemos de lo que estamos perdiendo con tener a toda nuestra superpoblación de delanteros, amontonados en recuperación.
Con Belgrano atacamos por fin, al menos durante un rato, con dos delanteros. ¿Hacía cuanto que no atacaba INDEPENDIENTE con dos delanteros?

Esto, y seguramente un montón de cosas más, son las que le hacen dar tantas vueltas a Pellegrino. Y nos molesta, porque el hincha de Independiente no quiere un equipo que de vueltas en el esquema, quiere un equipo sólido, titular, que poder aprenderse de memoria y que de vueltas con una copa en la mano.

Al menos, después del Domingo, queda como saldo que Pellegrino tiene autocrítica. Hay que decirlo. La vueltita de Trejo, que así como entró salió, es muestra de eso.

La guerra

¿Por qué perdimos un Clásico contra los suplentes de Racing? Por la misma razón que nos consolamos repitiendo que las copas de verano son insignificantes, que seguimos 23 partidos arriba y que aunque nos canten en la cara que ellos están en la Libertadores y nosotros no, siguen siendo hijos nuestros: por la historia.

Lo que nos redime, nos condena.

Los suplentes de Racing no saben de historia. No saben lo que es Racing. Cuando decimos que a Racing le ganamos con la camiseta no es sólo con la nuestra, es también con la de ellos. A Racing le ganamos si juega Milito. Milito sabe lo que es Racing. Estos suplentes, estos pibes, estos nuevitos, este Romero, no saben. No tienen ni idea. No saben que Racing a Independiente le tiene miedo. No tienen miedo.

Lo que nos redime, nos condena. Independiente jugó el clásico de la misma forma que va a jugar el torneo que viene y de la misma forma que viene jugando desde que volvimos del Nacional: obligado. ¿Por quién? Por nosotros, a su vez, obligados por la historia. Por la camiseta.

La camiseta. Ese estigma, que curiosamente, nació inspirado en el Nottingham Forest. Un titán de Inglaterra y de Europa. Uno que llegó a ganar más copas internacionales que locales. Un monstruo rojo imparable durante los setenta, pero hundido en una crisis institucional, desde entonces, que lo tiene dormido y atrapado en una ciénaga frustrante, de la que nunca consigue terminar de salir. Nunca pudo, todavía, el Forest, volver al lugar que un día supo ocupar.

Y nosotros, del otro lado del Atlántico, parecemos repetir el mismo patrón, pero con el doble de ansiedad. Y nos volvemos locos de bronca si perdemos un clásico de Verano. No porque perdemos un clásico, sino porque se nos vuelve a hacer evidente la ciénaga. Nos echan en cara que juegan la Libertadores, nos ganan el clásico, salen campeones. Y nosotros todavía no podemos contraatacar. Todavía no conseguimos nada como para decir “¿viste, viste que al final sí éramos el más grande?”. Tenemos un grito atragantado hace años y no lo podemos soltar.

Arranca otro campeonato y desde los dos frentes (el hincha y la institución), estamos ansiosos. Así que estamos quemando todas las fichas que quedan. Si esto es una guerra que se tiene que ganar si o sí, porque éste es el año y porque lo pide la historia, vamos con todo y vamos por todo. Y con un Tanque al frente. Por la historia. Por la camiseta.
Pero este año, curiosamente, vamos a usar una camiseta que no se parece a la camiseta de Independiente. Tiene matices. No es furiosamente roja. Pareciera querer despegarse de la obligación de tener que ser igual a esa que hay que defender cueste lo que cueste.
No me parece mal, como símbolo, tomar la misma actitud.

No estoy diciendo que nos desapeguemos de la historia ni me manden a estudiar, porque no estoy pidiendo eso. Estoy diciendo que cambiemos el foco, porque plantear esto con el peso de una guerra, nos va a dejar con una pierna menos y con la cabeza desordenada. Esto es igual que en la cancha: si por desesperación entrás a pegar: te echan. Como el Torito, que desde que volvió no es el Torito de siempre. Es un toro nervioso, presionado. Independiente, abriendo el plano, está igual.

Ojalá podamos ganar todo lo que queremos ganar este año. Ojalá ganemos todo lo que peleamos. Nos lo merecemos. Pero no sólo por la historia de antes, sino también y sobre todo, por el trabajo de hoy. No le quitemos mérito al Independiente que somos hoy. Al trabajo que hay hoy.

Y ojalá, sobre todo, que ganemos partidos de fútbol, no batallas. Campeonatos, no guerras. Porque con tanque o sin tanque, esto se juega con una pelota, despacio. No con bombas, violentos.

Esperemos todo lo que nos merecemos esperar, con la certeza de que va a llegar. Pero cuidemos la desesperación, porque la desesperación te hace pegar y te hace quedarte afuera. Roja directa.

Seamos como la camiseta, indirectamente roja. Tengamos matices.

Después de todo, como también dice nuestra tan respetada e incuestionable historia: el peor enemigo que puede tener Independiente, es Independiente.

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