El primero amateur

El 27 de mayo de 1923, Independiente ganó su primer campeonato en el amateurismo. El equipo finalizó cuatro puntos por encima de River Plate y con una diferencia de gol muy amplia respecto a sus seguidores.

Una gran campaña que tuvo a un Manuel Seoane imparable, ya que sus 55 goles fueron todo un récord.

Arriba: Chiarella, Pérez, Ferro, Isusi, Ucar y Scoffano.
Abajo: Canaveri, Lalín, López, Ravaschino y Orsi.

El primer campeonato de liga para Independiente se hacía desear. En 1912, año en que le impiden el ascenso a la máxima categoría con una maniobra vergonzosa, se prescindió de la AAF (Asociación Argentina de Football) y se sumó a otros equipos para darle inicio a la Federación Argentina de Football. La FAF fue una liga disidente, en tiempos amateurs era común el fútbol con dos asociaciones enfrentadas.

En su primer torneo en 1ra, el Rojo finalizó puntero y por la regla del goal average era campeón. Sin embargo, como había enfrentado en la última fecha a un rival disminuido, en un acto muy noble le ofreció un desempate al segundo. No recibió el mismo trato, primero al ser víctima de un arbitraje escandaloso que le impidió ganar el partido por 2 a 1 y le expulsó a tres de sus jugadores, y luego por la resolución que le entregó el título en bandeja al club Porteño, quien había renunciado a su derecho al mismo.

Las asociaciones del fútbol argentino se unieron en 1915. En 1919, Independiente marchaba primero en un campeonato demasiado irregular en el que los equipos tenían distinta cantidad de partidos y en 5 meses y medio los que más juegos tenían, apenas llegaban a 8. Por esos años era muy común este tipo de irregularidades.

El campeonato de 1919 fue anulado y no hubo título para el equipo puntero.

Independiente y varios equipos volvieron a constituir una liga disidente: la Asociación Amateurs de Football (AAmF).

En un torneo organizado por esta entidad, llegaría el primer campeonato de los Rojos. No sería el primer título importante porque en la década del 10, Independiente ya contaba con logros coperos de un valor similar al campeonato de liga: Copa Competencia de La Nación, Copa Competencia Jockey Club y Copa de Honor MCBA.

Manuel Seoane, máximo goleador del amateurismo argentino, fue récord con 55 goles en 1922

Los futuros Diablos Rojos tuvieron un gran rendimiento en el campeonato de 1922 y ganaron 30 de los 40 partidos, con 5 empates y 5 derrotas.


Independiente fue un campeón contundente, convirtió  97 goles gracias al aporte de su gran delantera que ya contaba con Canaveri, Lalín, Seoane y Orsi.

Seguiría ganando títulos y siendo protagonista por esos años, logró un tricampeonato de lujo de la Copa Competencia.

Si no repitió el campeonato de 1923, fue por suspensiones graves y fallos muy polémicos del Tribunal de Disciplina cuando se encaminaba a un nuevo título. Uno de los jugadores más perjudicados fue su figura Seoane, que se trataba del mejor jugador del amateurismo argentino, suspendido por un año.

A los Rojos le dieron un partido por perdido, hubo protestas, hasta un encuentro al que no se presentó. De esa manera no salió campeón y quedó apenas 3 puntos por debajo de San Lorenzo, al que superaba ampliamente en la diferencia de gol.

Por este motivo se vería también perjudicado en los torneos siguientes, que lo tenían como principal animador.

Fueron tiempos muy duros en los que sucedieron situaciones insólitas, como así también fueron constantes los enfrentamientos de Independiente con el poder. Tanto se sintió ese lapso de 1923 a 1925, que recién en 1926 volvería a juntarse la gran delantera para salir campeón invicto y ganarse el apodo del club…

Posiciones finales: Independiente 65 puntos, River 61, San Lorenzo 60, Racing 57, Gimnasia LP 53, Platense 52, Vélez y Banfield 42, Tigre 41, Atlanta 39, San Isidro y Ferro 35, Estudiantil Porteño y Sportivo Almagro 34, Defensores 32, Barracas Central 31, Sportivo Buenos Aires 30, Lanús 28, Estudiantes BA 27, Palermo y Quilmes 21.

Fecha patria y Roja

El 25 de mayo de 1989, Independiente se consagraba campeón del fútbol argentino por duodécima vez. El Rojo derrotó a Deportivo Armenio en cancha de Ferro para asegurarse el título en la anteúltima fecha.

El equipo cerró una gran temporada, sacándole una amplia diferencia a sus perseguidores, 8 puntos a Boca (segundo) y 16 al tercero, Deportivo Español.

Fue el último título del maestro Ricardo Enrique Bochini, que se destacó por su magia y convirtiendo ante Boca en ambos partidos.

Arriba: Cicapolli, Touriño, Serussi, Bianco, Vargas, Morales, Pereira, Giusti, Delgado, Ríos, Fernández Schnorr, Solari, Bonells y Paciullo. En el medio: Fenema, Merlini, Insúa, Bochini, Monzón, Massacessi, Ludueña, Vázquez, Clause y Las Heras. Abajo: Gambeta, Capitano, Ubaldi, Erba, Osterrieth, Reggiardo, Alfaro Moreno y Marcovich.

Se trató de un un torneo a dos ruedas en el que Independiente fue siempre de menor a mayor. Hubo una regla particular en la que los empates definían un punto extra por penales, algo que no sería influyente en las posiciones ni terminaría dando resultado para emplear a futuro.

La primera parte fue relativamente pareja, con varios equipos en la lucha no solo del título sino de la entrada a la Libertadores. Había dos cupos en disputa para ingresar a la Copa de 1989, para quienes lideraran la primera ronda.

El Rojo de Solari tuvo un comienzo irregular y llegó a la fecha 10 en su peor momento, con la continuidad de su director técnico en duda tras 4 partidos sin triunfos. Iba a recibir en la Visera al Boca Juniors puntero, el rival indicado para despegar o para empezar a despedirse del campeonato.

Sería un triunfo muy importante para empezar a cambiar el rumbo, el 2 a 1 final con tantos del Bocha y Delgado le cortaba una racha de 6 victorias al hilo al hasta entonces líder.

Con el correr de las fechas Racing empezó a liderar la tabla, con Boca, Deportivo Español e Independiente a la expectativa.

Llegando al final de la rueda, Independiente, que corría de abajo, vencía al River de Menotti en El Monumental, mientras se suspendía el Racing – Boca en Avellaneda por una agresión al arquero visitante.

El desenlace estaba en veremos y la clasificación a las copas quedó en manos del Tribunal de Disciplina. Independiente sería perjudicado por una resolución polémica, al otorgarle la AFA los puntos a Boca por el juego suspendido y no sancionar a Racing hasta finalizado el campeonato, de esta forma quedó tercero a apenas dos puntos de ellos sin poder ingresar a la Libertadores con un buen presente.

Termina la primera rueda y una resolución de AFA dejaba a Independiente fuera de la Libertadores 89

La segunda rueda, en el primer semestre de 1989, sería distinta. Racing no paraba de perder puntos y el Rojo seguía de cerca a Boca con quien pelearía definitivamente el torneo.

Promediando el semestre se jugaba el partido del año, Independiente visitaba La Bombonera con el objetivo de alcanzar al Xeneize en la cima del campeonato y lo iba a vencer con una autoridad absoluta por el mismo marcador que en Avellaneda, 2 a 1. Y al igual que en ese clásico de la primera rueda, Bochini volvía a brillar y a convertir.

Festejo en La Bombonera, triunfo en el partido más importante del campeonato

Después de un gran clásico en cancha de Boca, Independiente debía confirmar que estaba para campeón. Y vaya si lo hizo, de ahí en más, no iba a soltar la punta del campeonato.

En las 9 fechas restantes fueron 8 triunfos y un empate en el clásico de Avellaneda, que luego ganaría por penales. Un cierre inolvidable de un equipo que fue haciéndose cada vez más fuerte.

Insúa, Morales, Reggiardo y Ludueña celebran

El Rojo había sacado una ventaja considerable y en las últimas fechas solo restaba esperar el día de la consagración.

El 25 de mayo, con el empate de Boca y el triunfo ante Armenio en Caballito, matemáticamente se terminó de definir el campeonato. En los papeles el visitante era Independiente, sin embargo sus hinchas ocuparon todas las tribunas de la cancha de Ferro y una multitud entonó el himno argentino. El partido no fue nada fácil, Deportivo Armenio, que se iba al descenso, daba la sorpresa pero en el final sería victoria 2 a 1 con goles de Insúa y Massacessi.

Una multitud invade Caballito el día de la consagración, los cuatro costados fueron rojos y mucha gente quedó afuera

Para conquistar el título, los Rojos ganaron 22 partidos, empataron 11 y perdieron 5.Fueron el equipo más goleador y el de mayor diferencia de gol.

Un justo ganador y lejos de sus perseguidores.

En el Día de la Patria, Independiente sacó su Orgullo Nacional y gritó campeón de Primera División después de seis años.

Posiciones Finales Campeonato 1988/89

#EquipoPtsPJPGPEPPGFGCDIF
1Independiente843822115583226
2Boca Juniors763819109553817
3Dep Español683816148453114
4River Plate673816139613625
5San Lorenzo6638161012584414
6Talleres (C)653816121048435
7Argentinos613813169553916
8Estudiantes (LP)6138151211534112
9Racing Club59381317847407
10Gimnasia (LP)573810161231301
11Velez5438817133754-17
12Newells51381114134243-1
13Rosario Central51381017114954-5
14Dep Mandiyu (C)5038719123544-9
15Platense50381111163651-15
16Racing (C)50381111163854-16
17San Martin (T)46381210163850-12
18Ferro4538814163643-7
19Dep Armenio3738515182957-28
20Instituto313879223865-27

La tercera en casa

El 24 de mayo de 1972, Independiente ganaba su tercera Copa Libertadores de América luego de vencer en la final a Universitario de Perú. Esa copa sería la primera del histórico tetracampeonato consecutivo, el comienzo de una era inigualada.

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La clasificación del Rey de Copas a la Libertadores de 1972 fue probablemente la más difícil de todas, no le alcanzó ni con ganar el Metropolitano de 1971, debió jugar una Liguilla Pre Libertadores con el subcampeón del Nacional 1971, San Lorenzo, que lo había eliminado por penales en la semifinal del mismo torneo.

Independiente vencería a un duro Ciclón en cancha de Boca (estadio neutral) con un gol de Pastoriza. La clasificación a la Copa fue un premio merecido por su campaña sensacional.

Independiente integró el grupo 1 de la Copa junto a Rosario Central, que había ganado el Nacional, y al campeón y subcampeón de Colombia, Independiente Santa Fe y Atlético Nacional.

Obtuvo buenos resultados de visitante con dos empates y una victoria 4-2 a Santa Fe en Bogotá. De local no tuvo inconvenientes para vencer a los tres equipos por el mismo resultado, 2 a 0. De esa manera ganó el grupo y superó la Primera Fase.

El arquero evita otro gol del Pato Pastoriza

En la Segunda ronda, camino a la final, se enfrentaría con Barcelona de Guayaquil y San Pablo.

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El diario Clarín anuncia que Independiente es finalista. Gol olímpico de Balbuena al San Pablo

El Rey de Copas empató en Ecuador y perdió por la mínima en el Morumbí. Definió el grupo semifinal en su invencible Doble Visera, fue 1-0 a Barcelona y 2-0 a San Pablo en el partido decisivo.

En la final lo esperaba un equipazo de Universitario, que venía de superar a los dos gigantes uruguayos. El equipo peruano contaba con muchas figuras de la mejor generación que tuvo su país, la que dejó a la Selección Argentina fuera del Mundial del 70: Chumpitaz, Muñante, nuestro conocido Percy Rojas, Ramírez, Oblitas…

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Maglioni, autor de los dos goles en la final, vence al arquero de Universitario

No pasó demasiado en la final de ida en el Estadio Nacional de Lima, el buen equipo local sintió la responsabilidad de ganar en su casa y un 0 a 0 le dejaba la serie a tiro a Independiente.

El saludo de los capitanes antes de la primera final

En Avellaneda había un clima especial, como el que se sintió toda la vida en esta clase de partidos.

Independiente formó esa noche con: Miguel Ángel Santoro; Eduardo Commisso, Francisco Sá, Luis Garisto, Ricardo Pavoni; José Pastoriza, Miguel Ángel Raimondo, Alejandro Semenewicz , Agustín Balbuena; Eduardo Maglioni (Magán) y Hugo Saggioratto (Mircoli).

La duda de Pedro Dellacha para el once titular era si incluir o no a Eduardo Maglioni, que por un desgarro no venía jugando. Finalmente haría de la partida y sería incontrolable para la defensa peruana, de entrada puso el 1 a 0 con un zurdazo al primer palo y ya en el segundo tiempo comenzaba a liquidar la historia luego de que “el Pato” Pastoriza le bajara la pelota de cabeza.

En los últimos minutos descontó Percy Rojas, que más adelante ganaría una Libertadores en Independiente. Universitario fue por el empate pero no le alcanzó, la defensa de los “Rojos” estuvo muy firme con el Chivo Pavoni como estandarte.

El final desató una fiesta que emocionó a propios y extraños, hubo festejos hasta altas horas de la noche. Independiente otra vez campeón de América.

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Empieza la vuelta olímpica en la cancha de Independiente, su tercera Libertadores

El Rey confirmaba que su fama de invencible en La Doble Visera no era cuento. Seguía sin caer en su estadio ante un equipo extranjero por competencias internacionales, 12 victorias y un empate por Copa Libertadores y sin conocer tampoco la derrota frente a los europeos por la Intercontinental.

La racha duraría muchos años más, y la seguidilla de copas Libertadores también…


Dos glorias, una fecha

Un 23 de mayo como hoy, nacieron dos grandes de la historia Roja, el “Pato” Pastoriza en 1942 y el “Vikingo” Trossero en 1953.

Más allá de su día de nacimiento, separados por 11 años, algunas coincidencias entre ellos son increíbles: ambos santafesinos, debutaron en Colón, más adelante se convirtieron en ídolos de Independiente y se fueron a Francia para después volver al club que más los marcó en su carrera y ganarlo todo juntos, uno como director técnico y otro como capitán.

Enzo y el Pato festejan la hazaña del Nacional 1977. Campeón con 3 jugadores menos

Luego de hacer las inferiores en Rosario Central, José Omar Pastoriza debuta profesionalmente en el ascenso con Colón de Santa Fe. A los dos años es transferido a Racing Club y se consolida en Primera División.

En 1966 hubo un trueque de jugadores pesados entre los equipos de Avellaneda, el bicampeón de América Miguel Ángel Mori pasó al Racing de José Pizutti mientras que José Omar Pastoriza dejó la Academia para convertirse en caudillo del Rey de Copas.

Los títulos del “Pato” llegaron enseguida, primero con el contundente Nacional de 1967 y más adelante con los angustiosos Metropolitanos de 1970 y 1971. La frutilla del postre fue su último logro como jugador, la Copa Libertadores de 1972 antes de irse a Europa.

Jugó un total de 213 partidos en el Orgullo Nacional y convirtió 41 goles.

Se trató de un jugador hecho para el Rojo; gran volante que manejaba la mitad de cancha, con corte y distribución, técnico y de buena pegada (metió muchos goles de tiro libre). Sobre todo con personalidad y liderazgo, tanto adentro como afuera de la cancha, al punto de ser el máximo referente de Futbolistas Agremiados y encabezar la emblemática huelga que cambió la historia del jugador profesional argentino. Por algo iba a ser el director técnico más ganador de Independiente.

En 1971, Pastoriza fue elegido el mejor futbolista argentino del año por el Círculo de periodistas argentinos. Un premio otorgado desde el año anterior, cuando lo había ganado Héctor “Chirola” Yazalde, compañero suyo en Independiente.

El Pato Pastoriza, el Chivo Pavoni y la Copa Libertadores. Historia de Independiente

Al mismo tiempo que Pastoriza se iba a Francia, un joven Enzo Trossero iniciaba su carrera también en Colón de Santa Fe.

En 1975 pasa a Independiente junto a su compañero Hugo Villaverde, para formar la mejor zaga en la historia del club. El Vikingo iba a jugar 345 partidos en sus sus dos etapas con los Rojos.

Convirtió 57 goles en Independiente, siendo uno de los defensores más goleadores del fútbol mundial, ubicándose en el puesto 15 con 78 goles en su carrera. Demasiados para ser un central fuerte, sin dudas un referente y un ganador.

Con Pastoriza como director técnico, Trossero ganó la Copa Interamericana 1976, luego el Nacional de 1977 y de 1978. Hasta que en 1979 se fue a jugar al fútbol francés.

En 1982 regresa a Independiente y al año siguiente coincide nuevamente con Pastoriza de técnico.

Luego de dos subcampeonatos, Independiente gana el torneo de 1983. El Vikingo marca el gol para asegurar el título, contra un Racing que descendía de categoría.

Tapa del gráfico, luego del inolvidable Independiente 2 Racing 0 de 1983

En 1984, Trossero iba a ser el encargado de levantar la Copa Libertadores y la Intercontinental en Japón.

Enzo Trossero y Néstor Clausen levantan en Japón la Intercontinental 1984 ganada a Liverpool

Tanto Pastoriza como Trossero tuvieron protagonismo en la hazaña más recordada del fútbol. Talleres había empatado con un penal inventado por el árbitro que después le convalidaría un gol con la mano y tras esa jugada expulsaría a 3 jugadores de Independiente por protestar, en una final del Nacional 77 que ya era un despojo. Entre los expulsados estaba Trossero, que sería sancionado por mucho tiempo.

Cuando todo se vino abajo e Independiente quería irse, apareció el señor Pastoriza y mandó el equipo al frente: “¡Vayan, sean hombres, jueguen y ganen!”.

El final fue para decir “Gracias señor Pastoriza…”

Mi primera vez

Papeles en el viento es un libro del gran escritor Eduardo Sacheri, llevado al cine con el mismo título hace cinco años. Esta nueva sección de Orgullo Rojo lleva ese nombre porque busca recopilar anécdotas de tribuna, esas que a los futboleros nos emocionan y llevamos guardadas en el corazón, porque nos une el mismo sentimiento. Animate y envianos la tuya a orgullorojo.com@gmail.com

Mi primera vez no fue como la de los demás. Tampoco creo que se trate de lo que la mayoría tiene en mente. Fue otra cosa. Tal vez mejor. Definitivamente mejor.

Corría el año cincuentainueve, aunque yo con siete años ya sabía que a esa fecha había que restarle un par de números, según la sabiduría popular de que acá llegaba todo más tarde desde un lugar llamado Europa. Al parecer, un tipo de centro de distribución desde donde se despachaban los acontecimientos importantes y las nuevas modas. Que acá no tenían nada de nuevas, porque cuando estábamos a la moda, en realidad, ya estábamos fuera de ella. Al igual que al mirar las estrellas lo que vemos es algo probablemente ya extinto, una especie de viaje en el tiempo sin túnel. Cuando acá todavía sonaba un yabadabadú, allá la música ya era supersónica.

Pero volvamos. Año cincuentainueve, faltaba uno para cambiar de década y tres para que los sesenta se convirtieran en los mejores de la historia, cuando cuatro muchachos de una ciudad de Inglaterra con la cual aún no nos habíamos peleado, cambiaran para siempre todo lo que se puede llegar a cambiar. Hecho fáctico e irrefutable que no amerita discusión alguna.

Pero mi primera vez no se trató de nada de aquello. Aunque también fue para mí un hecho fáctico e irrefutable, a pesar de haber sido de la más pura irracionalidad, ajeno a cualquier precepto científico. Ya lo dije, corría el año cincuentainueve, más precisamente un domingo 9 de agosto. No hacía frío, sino más bien un verano tardío de San Juan abrigaba la jornada. Las calles de una detenida ciudad de Avellaneda poco a poco comenzaban desde el mediodía a reflejar los colores del cielo, en una especie de epifanía divina bajada desde las alturas, apersonada en cada colectivo atestado, en cada automóvil que agitaba sus banderas y tronaba alguna que otra corneta. Se podía decir que no existía una demarcación exacta entre el cielo y la tierra. Todo era celeste y blanco. O casi todo.

Perdidos entre el cromático de pañuelos, gorros, banderas y camisetas, se podía observar una intransigente dispersión rojiza. Parecía una incipiente fiebre escarlatina esparcida en el rostro contento de la muchedumbre. En evidente inferioridad numérica, algunos marchaban en solitario, otros en grupo, pero todos a la par de esa marea. La demográfica repartición de colores de la ciudad daba por vencedores a los primeros. No lo comprendía, porque si bien sabía contar, lejos estaba de mí el saber que ese día el Racing Club de Avellaneda hacía de local. Y la lógica del espectáculo indicaba –de manera obvia para cualquier experto en el asunto menos yo– la concurrencia en su mayoría de los aficionados al team que hacía de anfitrión. Sea como fuere, aquella filigrana rojiza quedaba un poco obturada entre tanto bochinche celeste.

Para mí, antes de los sucesos posteriores de ese mediodía que comenzaba a repiquetear un hormiguero de gentes, era un día normal. Si bien no era ajeno, la situación no me producía ningún tipo de desbordamiento, como al parecer sí ocurría en los camiones de soda, que agolpaban ya no sifones, sino un montón de personas embanderadas casi cayéndose, y que veía pasar por avenida Lacarra para perderse en dirección al viejo Mercado de Lanares y agarrar el puente –que en verdad son siete pero parecen uno–, para luego bajar rumbo a la congregación de feligreses de la hinchada del Racing Club. Tamaño espectáculo debe significar algo me preguntaba. No podía ser casualidad que el día anterior, una ciudad normal y en blanco y negro, se volviera ahora una usina de colores, como una navidad o un año nuevo anticipado.

Resultó que ese día iba a ser yo uno más de los comensales que asistieran a dicho banquete. El epicentro de mi peregrinación comenzó en el bar que el tío tenía frente al Hospital Fiorito –papá era enfermero allí–, donde a modo de juego hacía las veces de mozo entre los grandes que se pasaban las horas jugando a las cartas o a los dados –con vino y vermut de por medio–, cuando no desplegaban su oratoria política de cafetín en una ciudad en su mayoría proscripta. Y si bien no todos participaban ni los argumentos eran unánimes, en una sola cosa se lograba congeniar el interés al igual que el humo de los cigarrillos se fundía con el aire del ambiente; de la misma forma en que las colillas se apilaban como fichas de un casino sobre un único y mismo número.

Que tal o cual jugador era mejor que otro, que los de «La Ribera» habían desperdiciado sus chances de campeonar y que, si bien era modesto, un equipo de La Paternal era el que mejor trataba la pelota. Pero sobre todas las cosas, todos coincidían en que la cuna del fútbol se encontraba allí, en esa ciudad que cruzando un río maloliente era la primera de un sinnúmero de otras que se le abotonaban como moscas, pero siempre arrogando la potestad de ser la primera, la más cercana de aquella Europa local que supuestamente –yo no lo sabía– se encontraba al otro lado de ese reflujo de agua podrida.

El partido comenzaba tres y cuarto de la tarde, el tiempo justo para almorzar cuasi religiosamente las obligadas pastas del domingo. Pero yo estaba en el bar, rodeado de camisetas y trajes que esperando el encuentro se traficaban formaciones y posibles resultados. Que el último cotejo había salido empatado, que el local llegaba con mejores chances, que el peso del público jugaba a favor. Una parva de augurios que en pocas horas se iban a definir en los pies de veintidós jugadores. El tío Neto –esposo de la tía Pierina, la verdadera dueña del bar– dio la voz de orden y partimos hacia el estadio. Mi imparcialidad, un poco aturdida por el despliegue tecnicolor del local, no encontraba sin embargo explicación alguna al hecho blasfemo de aquel señor que nos llevaba a mí y a mi primo a la cancha.

Resulta que en su calidad de aficionado ostentaba el carnet de ambos equipos en disputa. Un doble certificado de radicación, aunque en la misma ciudad y a pocos metros de distancia. Parecía uno de esos generales que se reúne con sus pares del ejército contrario, entendiendo que aún en la guerra se trata de una contienda de caballeros. Caballeros que pueden dejar de lado sus diferencias, no obstante que de sus decisiones dependa la vida de miles de soldados sin oportunidad para comportarse de tal forma. Era un agente encubierto, pero nadie sabía a cuál de los bandos respondía en verdad. Su esteticismo lo llevaba un paso más de aquella contienda, y lo situaba como lugarteniente del fútbol de una ciudad –casi República– bautizada con el nombre del primer ex presidente que no supo utilizar pistolas.

Partimos desde la esquina de Belgrano y 9 de Julio, epicentro patriótico. Caminamos rumbo a calle Italia y bordeamos el hospital entre el tumulto de gente que como nosotros, se aprestaba a concurrir al partido. Esas cuadras fueron para mí el momento en que se sostiene el detonador de dinamita a la espera de que pase el correcaminos. Imagen sobre imagen, mi cara atónita y ese trayecto aún sin desandar se barajaban en un torbellino incomprensible. Doblamos por Colón hacia la entrada. Un cacho de historia de una porción de tierra situada al sur de un continente se resumía entre esas cuatro calles que se cruzaban entre sí, como premonición de otra historia, una que iba a atravesarme a mí aquel año del cincuentainueve.

A medida que doblábamos una imponente estructura se levantaba sobre mis narices. Nunca había visto algo de tal envergadura. Era un soldadito de metal que arrastraba como podía sus piernas bajo ese cajón de manzanas que oficiaba de fuerte. Como nosotros, miles de otras personas se agolpaban para entrar en ese aposento enigmático, donde se iba a dirimir aquella división de colores que bañaba las calles de la ciudad. Dos ejércitos –uno en presunta desventaja– batiéndose a duelo en un juego que era más que un juego, aunque por esos años aún no significase la guerra. Nos acercamos poco a poco a una boca de ingreso. Un cartel indicaba el sector en el cual nos íbamos a adentrar. «Popular local, puerta diez». La algarabía era refulgente. Atravesado dicho agujero, un pasillo en penumbras nos llevó hasta una escalinata sobre cuyos escalones superiores se observaba el brillo de un sol aún sin asomar. El ruido se hacía más profundo a medida que las paredes se estrechaban y desde las fauces de esa abertura podía oírse el rugido de una fiera que yo desconocía.

Eran voces, al mismo tiempo fundidas, exacerbadas entre murmullos y cánticos. Mi mano sin saberlo seguía apoyada sobre aquel detonador. Peldaño a peldaño, latido a latido, me dirigí hacia ese resplandor. Algo dentro de mí que no advertía, contaba los escalones como el tic-tac de una bomba a punto de estallar. Los puedo contar ahora mientras relato, a medida que los segundos parecieran tomar el tiempo de aquel explosivo. De a poco, la vitalidad de un verdor entrañable comenzó a divisarse a la par que mis pasos escalaban la agitación de mi pecho. Un campo lozano, suave como un pañuelo recién planchado se abrió ante mis ojos boquiabiertos.

Todo enmudeció. Con la fuerza de una catapulta que se traga así misma el ruido quedó suspendido al igual que una nota muerta. El color de las tribunas de un borrón de nostalgia perdió su pintura. Se contrajo de un gris tal, que me recordaba a la única foto que tenía de mi madre, enmarcada solo por el recuerdo. Lo único que podía ver era el verdor colgado de mis ojos, sobre cuya superficie unas camisetas rojas se desplazaban como navidades encendidas. Los cielos se tornaron rojos, los rayos del sol lenguas de mil dragones. El tic-tac de aquella bomba había implosionado, en silencio y bajo el epidérmico hacinamiento de un revuelto de sensaciones.

El impacto fue tan tremendo que mis pupilas se refugiaron en cada una de esas camisetas furiosas que se recortaban sobre el césped, enardeciendo una sexualidad aún dormida. A mi alrededor la gente parecía mascullar palabras inentendibles, pero yo no escuchaba nada. Mis oídos estaban oprimidos por mi pecho, ensordecidos por esas figuras infernales paseándose por el campo. Si en ese momento el más eximio de todos los artistas hubiera intentado pintar aquel espectáculo, solo dos colores le hubieran bastado. Y aún así, no creo que hubiese tenido posibilidad de retratar el magnetismo que aquellos rubíes encendidos sobre el verde me provocaban, como si toda la energía del universo descansara en esa postal flamígera agitada, un domingo del año cincuentainueve. Todo minutos antes de dar comienzo al desenlace de apuestas que horas atrás se batieron en un bar frente al Hospital Fiorito, en una ciudad capital del fútbol llamada Avellaneda.

Pero yo era un niño, ni conocía a ningún artista ni sabía demasiado del universo. Lo que sí sabía muy bien para mis adentros, casi en secreto, era que quería que ganen los de rojo. Miré hacia los costados. Ese deseo no se condecía entre aquella multitud. Era una mancha de sangre sobre el guardapolvo de salita celeste. La prueba de que aún siendo niños, el mundo no repara en nuestra fantasía infantil. Si bien no estaba asustado –aunque mi mano apretada a la de mi tío indicase lo contrario–, sí tuve una especie de miedo un tanto socarrón. De la misma forma en que una travesura a punto de descubrirse, por el solo hecho de ser descubierta, vale la pena. ¡Qué más! Semejante inventiva puesta al servicio de la diablura merecía tener su propio reconocimiento. Como cuando le ponía cáscaras de nueces a las patas de los gatos, y en su intento por defenderse y sacar las uñas, quedaban atrapados en esos zapatos de Adán que sobre los techos de chapa eran un desfile estridente que despertaba de la siesta hasta al más religioso. Por eso puede decirse que no tenía miedo, lo que suele llamarse miedo. A no ser de que mi cara encriptada frente aquel hechizo diabólico en verdad no lo fuera tanto, estaba tranquilo.

Ya lo dije, el partido no había comenzado. Toda la película, todo ese vendaval de sensaciones que me electrifico hasta convertirme en el más extranjero de esas gradas albicelestes, había sido solo y nada más el precalentamiento del equipo visitante. Suficiente –aunque no lo comprendiera en ese entonces– para que se fundiera con el paradójico celeste de mis ojos, un fulgor rojizo hasta la posteridad, un pacto de esos que nos cuentan con el terror de un Narciso Ibáñez Menta pero que para mí, era toda una bendición.

Aquel domingo del cincuentainueve el destino no pudo más que darme la razón. Las crónicas deportivas del día lunes titularon la victoria visitante. El score había terminado tres tantos contra uno a favor de «Los Rojos», dos de ellos convertidos por un tal Mandrake, un mago que al parecer también jugaba a la pelota. Una actuación descollante del centroforward, que si bien no había muerto al amanecer, hizo morir con sus goles a los rivales.

Desde ese entonces mis domingos empezaron a tomar otro color. De a poco fui soltando la mano de mi tío, y con los muchachos del barrio comencé a transitar mis propias aventuras. Era el más chico de todos, un Boneco que llevaban de acá para allá. No necesitaba cruzar ningún puente, la travesía era a pie por lo terraplenes de las vías que lo atravesaban. Tampoco doblaba por Colón, mi parada estaba pocos metros antes, sobre Alsina. Aunque admito que alguna que otra vez me volví a meter por aquella vieja puerta diez, como agente pero de una sola nacionalidad, solo para saborear la desgracia ajena.

Así pasaron los años, la mayoría de gloria, otros no tanto. Pero ni aún esa época dorada vivida en plenitud, entre mitológicas hazañas y trofeos levantados, tendrá el fulgor de ese domingo del cincuentainueve. Ninguna copa labrada en el mismísimo Olimpo de los campeones resplandecerá tanto como mis ojos de siete años, cuando vieron aquel desfile furioso, infernal.

Aún hoy, casi llegado a mis setenta, los cierro y puedo ver con la lucidez de un espejo esas llamas flameando, y aunque muchos no lo entiendan y me lleven la contra, será siempre el cincuentainueve el orgullo de mi primera vez.

Bruno Luciano Billia, para Orgullo Rojo

Es nada más que todo esto

Probablemente nos la contagiaron los padres, los abuelos o algún tío. Le decimos pasión, a esa realidad que es también una emoción imposible de explicar con palabras.

Se siente cuando ves esos, tus colores, tu bandera y por sobre todo, tu hinchada. Se vive desde la previa, con los nervios, las cosquillas en el corazón, el grito de la hinchada, donde uno siente que todos somos uno y cantamos desaforadamente con el alma. Alentando, uno siente que deja
la vida en las tribunas con cada jugada, fallo del árbitro a favor o en contra.

Corrijo: uno literalmente deja la vida en la tribuna porque es una pasión y la pasión es así, a todo o nada. Aunque después nos de vergüenza lo que gritamos, sentimos, dijimos y como lo hicimos. En ese momento nada nos puede parar, el que está en la cancha es nuestro equipo, porque el equipo es de uno. Porque Independiente es parte de uno.

Se vive desde la fiesta en la hinchada, las canciones, la música, el carnaval, el amor por la camiseta, se vive desde adentro y nos desborda por todos lados. Cada córner a favor nos devuelve la ilusión, cada contraataque nos angustia desesperadamente y creemos en Dios o en el Diablo, da lo mismo, mientras escuche nuestro pedido: que la pelota entre en el arco contrario, por favor… O que termine ya el partido si vamos ganando, aunque sea 1-0 y sin parar una pelota… Cada penal es un regalo o el peor castigo, el golazo puesto a los 46 del segundo tiempo es impagable, no tiene precio, definitivamente no importa si fue un regalo de Dios o del Diablo, se disfruta de la misma manera.

Es un grito desde el alma y con el alma, que puede ser de alegría o dolor según el resultado del equipo, porque uno siente que gana o pierde con el equipo, siempre.

Es la adrenalina del resultado final y esos 90 minutos para renacer o morir. Los que te dibujan una sonrisa toda la semana o te amargan por los días que falten hasta el próximo partido. Y ahí uno vuelve, siempre vuelve, ¿cómo no va a volver? Si se lleva en el alma, cómo no va a volver a poner la voz y el corazón en la cancha si desde siempre, no importa el resultado, sabe que nunca va a poder parar esta locura.

Uno insiste porque el amor a esos colores todo lo puede. Y de repente hasta sabés matemática mejor que nadie y entendés de jugadas, de posiciones, tácticas, estrategias. No dejás de ponerte la camiseta porque es cábala, y por dentro rogás que esta vez no falle…

Es solo un juego, nada más… se gana y se pierde con la misma probabilidad. Es solo un juego que se lleva en la sangre, en el alma y en el corazón. Es tan maravilloso que aunque uno no sepa como va a terminar el partido, porque en el fútbol todo puede pasar, igual sabe que tiene que estar ahí, en la cancha, con su gente, con sus colores con su bandera. Apoyando y alentando al equipo, para ser feliz o para sentir ganas de llorar, es pasión: no se explica…

Es fútbol, nada más… Pero cada fecha uno necesita esa droga maravillosa que mueve el alma, el corazón, la sangre y que hace que la piel se erice en cada grito de gol.

Flavia Cordoba, para Orgullo Rojo

Con muchas luces

Independiente sigue avanzando con la instalación de las luces Led que exige la nueva reglamentación de la CONMEBOL.

El nuevo iluminado de la cancha del Rey contará con 66 paneles de cada lado y un ahorro de consumo del 60% menos de lo que se gasta actualmente.

En las últimas horas, se filtraron unas fotogragías y un video sobre el estado actual del trabajo. Mirá >

Ojo Rojo

Según una nota del diario Olé, el plantel de Independiente está en alerta debido a una situación dada el día previo al partido ante Vélez, cuando concentraron en el hotel donde habitualmente lo hacen.

La noticia llegó a oídos de Lucas Pusineri. Y sacudió a todo el plantel en tiempos en los que el temor se expande al ritmo del avance de la pandemia de coronavirus. En la noche del viernes 13, Independiente quedó concentrado en un hotel del centro de Buenos Aires a la espera del partido frente a Vélez.

Si bien los futbolistas llegaron al lugar mucho más tarde de lo habitual para permanecer el menor tiempo posible y evitar el contacto con los turistas, el grupo durmió, desayunó, realizó ejercicios de activación muscular y almorzó en el alojamiento. Lo cierto es que en ese lugar estaba hospedado un contingente de 21 personas provenientes de Corea del Sur, país en el que ya se detectaron 8.799 casos de coronavirus.

Los asiáticos habían llegado al país el miércoles 11 de marzo, luego de haber estado en la región de Atacama, situada en Chile. Y todos ellos fueron deportados por no cumplir la cuarentena obligatoria. La situación obligó al cuerpo técnico y médico del Rojo a tomar precauciones. Luego del triunfo ante el Fortín (1-0), el plantel se entrenó el domingo, lunes y martes. Los jugadores se encuentran ahora en sus casos, pero el médico de Independiente, Alberto Rovira, les indicó a todos los futbolistas que informen de inmediato en caso de que presenten algún síntoma.

Ninguno de los coreanos deportados poseía un cuadro de sintomatología compatible con la enfermedad, pero en Avellaneda igual encendieron la alarma para prevenir.

FUENTE: DIARIO OLÉ

Mi casa es tu casa

A partir del primer minuto del día de hoy, el país entró en una cuarentena general preventiva y obligatoria, en relación a la pandemia por coronavirus, que está sufriendo el mundo casi en su totalidad.

Y en este contexto, el club informa que las instalaciones de la institución están a disposición de las autoridades para cualquier necesidad social y sanitaria.

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