Somos ellos

Yo no concibo otra manera de sentir y vivir al fútbol que la de ir para adelante. Mi viejo y mi abuelo me hicieron hincha de Independiente, y así crecí, a veces con más juego, otras con menos. Sin embargo, había algo que jamás se negociaba y era la actitud valiente y la hidalguía, valores intrínsecos en el escudo del club. Les ganábamos con ‘tirarles la camiseta’, nos tenían miedo, no quería venir a jugar porque cada vez que lo hacían, se sabían sometidos. Y ahora no. Ahora es al revés, porque ahora nosotros somos ellos. Nos transformamos en aquello de lo que siempre nos reímos. Les tuvimos miedo, aún con dos tipos de más durante medio partido. Ninguno les quiso hacer frente, se sacaban el trámite de encima, tiraban centros a la nada. ¿Qué nos pasó? ¿En qué momento perdimos el temple, la honestidad a la camiseta?


En la cancha se ven los pingos, y a mí ayer me entregaron al campo a un equipo desalmado y con miedo a ganar. Nada más aberrante que eso. Once tipos a los que les daba lo mismo el resultado. Vi a Racing con la camiseta roja y a nosotros, con la blanca y celeste. Once temerosos más el técnico, que a pesar de que lo apoyo y lo respaldo por haber agarrado este fierro caliente cuando pocos quisieron hacerlo, jamás mostró intenciones de ir al frente. Con dos jugadores de más, optó por protegerse de una posible tarjeta roja quitando a Sánchez Miño para que ingrese un debutante, y retrasó a Braian Romero a la posición de lateral derecho cuando salió Bustos. Dejó cuatro jugadores en el fondo y se negó a modificar el esquema, cuando Racing apenas si podía apostar al pelotazo para que la aguantara Cvitanich. En Independiente hay que arriesgar e ir al frente, no se especula.  

Pero esto va más allá de un partido, de un torneo incluso. Es un camino institucional que el rival eligió transitar y nosotros no. Hace rato que Racing nos gana en todos los aspectos, porque Racing tiene un proyecto e Independiente no sabe adónde está parado. Racing respeta una línea que lejos está de medirse por los resultados, mientras que Independiente se guía por si la pelota entró o no el fin de semana. A esta conducción nefasta, que hace seis años lo único que hace es subir fotitos del estadio terminado y de tractores que aran el césped en Villa Domínico, jamás le interesó el manejo del fútbol, y tal es así que ni su presidente asistió a uno de los partidos más importantes del año. Ese nivel de impunidad se maneja de este lado de Avellaneda.


Víctor Blanco le dio a Diego Milito, un tipo del palo futbolero, el horizonte de la Academia. Lo respaldó, primero como jugador y después como dirigente, en cada una de sus decisiones, mientras que en el club de la dinastía Moyano ‘confiaron’ en los empresarios (Fernando Hidalgo y Cristian Bragarnik, entro otros). Racing generó pertenencia en las inferiores y en las incorporaciones; Independiente, negociados que hoy quieren irse cuanto antes del club. Tipos que vinieron a cobrar sin importar lo que pasara con su carrera futbolística, jugadores por los que se pagó un valor muchísimo más alto que su precio de mercado, o aquellos quienes intentaron dar el salto para usar al escudo como vidriera. Racing ganó títulos y sembró recaudaciones millonarias a partir del ingreso a las Copas; Independiente no puede pagar los sueldos, está fuera de los puestos de Sudamericana y ya empieza a mirar de reojo la tabla del descenso para el año que viene. ¿Y los vamos a seguir dejando timonear el barco?


El hincha no come vidrio. Negar la realidad solo te hace más necio. Lo que antes era virtud nuestra y pavor de ellos se revirtió, y si no se hace una autocrítica a tiempo y se sientan las bases, el destino será condenarnos nuevamente. Hasta hace poco, los dirigentes de este enorme club salían impunes, pero ya no. Hoy por hoy, nosotros somos Racing, e Independiente también tiene a sus propios ‘Cogorno y Molina’ y se llaman Hugo y Pablo Moyano. Pero sepan que los destinos no están muy alejados: si no renuncian o ceden el manejo futbolístico a tiempo, la gente se los hará saber.

Beccacece fue la cabeza

Apenas 16 partidos necesitó Beccacece para sepultarse a sí mismo. Con un Independiente que desperdiga polvo con apenas levantar la alfombra, el extécnico de la institución hizo todo para autodestruirse. No supo manejar un vestuario completamente diferente al de Defensa y Justicia, improvisó formaciones y variantes en todos los partidos que disputó sin encontrar nunca un equipo, y los jugadores, cómplices de este momento, le terminaron de dar la estocada final. El ciclo de Sebastián será recordado como uno de los más prometedores y decepcionantes a la vez.


Pero adjudicarle toda la culpa al entrenador de turno sería tendencioso. Entendiendo cómo funciona este club de pies a cabeza durante la gestión Moyano, solo el más ignorante podría hacerle cargar con la cruz a un tipo como Beccacece que, a pesar de su pésima gestión deportiva, fue solamente la cabeza. El cambio debe ser de raíz.

El plantel paupérrimo que Independiente tiene hoy no es responsabilidad del técnico que se acaba de ir por la puerta de atrás. Es un combinado aleatorio que llegó gracias a un mercado de pases en el que Yoyo Maldonado era el único designado para trabajar; un rejunte de jugadores nefastos con salarios casi europeos que nos dejaron Fernando Hidalgo y Ariel Holan -Cecilio Domínguez, Gonzalo Verón, Francisco Silva, etc-; nombres que llegaron sin que Sebastián los pidiera -Andrés Chávez, Andrés Roa-; y también la omisión dirigencial a la hora de saber poner un freno cuando el extécnico campeón de la Sudamericana desarmó un plantel campeón. Que el árbol no nos tape el bosque.

Mientras el club siga siendo manejado por apenas tres -sí, tres- personajes ajenos al fútbol, el rubro deportivo no va a funcionar. Mientras tu club produzca un proceso próspero como el de 2017 que te dejó 50 millones de dólares en ingresos, y lo malgastes en sueldos injustificados, en pases desperdiciados, y vaya uno a saber en qué más, tu institución solamente estará condenada al fracaso.


Beccacece hizo todo mal, sí. Pero también pagó los platos rotos de una fiesta que comenzó cuando los dirigentes le dieron el absoluto poder a Holan y que terminó con una noche negra. Porque teníamos todo para volver a nacer -¿quién no pensaba eso en 2017?- y lo tiramos por la borda. Sacar a un técnico es más fácil que limpiar a un plantel entero, es más viejo que el viento. Sin embargo, si no vamos a los detalles, el club seguirá a la deriva. 

En un fin de semana de veda electoral, Independiente tiene que empezar a replantearse qué elegir. Si seguir siendo un arma política manejada a distancia y sin presencia dirigencial, o el club más respetable que supo conquistar toda América.

Romero

La memoria

Anoche tuve un flashback. Me vi muerto en vida observando un partido de copa, como aquel 12 de septiembre de 2017, donde juro podía observarme  en tercer plano, con la cabeza entre las manos. Ese, entonces, había sido un poco más cruel, porque Independiente había malogrado un penal y a los cinco minutos, le cobraron uno en contra. Casi perece en un santiamén, pero Campaña nos dio aire contra él Pulga. El resto es historia conocida.

En cambio, el de ayer fue un trago un poco más digerible, pero con una carga emocional enorme. La sensación general de desencuentro con el VAR pese a que lo que se cobró fue lícito, el resquemor latente de haber vivido estas decepciones y no poder revertirlas (vs Santa Fe en 2015, cuando el Ruso regaló la serie), el asfixio tras el error de Benítez y el desahogo final, todo apenas en un puñado de minutos, todo en un ratito. Una noche copera de la que salimos airosos. Una más de las que acostumbramos. 


Desde que me acosté que me quedó deambulando en la cabeza el porqué de la victoria de Independiente y siempre concluyo en lo mismo: tuvo que haber sido por mística, porque fútbol tuvo poco y de a ratos. ¿Pueden convivir tres facetas de un mismo club en apenas noventa minutos? Sí. Un equipo revulsivo, aguerrido y valiente hasta el gol anulado; otro completamente antagónico, sin reacción psicológica y desmotivado que se cavó su propia fosa; y el de los últimos 15 que ganó por atropello y divinidad. Para Quito, la primera observación es menester: habrá que ser capaces de unificar estas partes y regularizarlas para un rendimiento sostenido. Allá va a ser brava.


Apenas van cuatro partidos, pero algunos punteos se pueden hacer de este Independiente en construcción. El de Beccacece es un equipo al que le llegan poco y ayer no fue la excepción. Se lo ve más armado, mejor plantado y con más confianza, esa misma que se derrumbó después de la estrafalaria pifiada de Benítez. El Chino Romero, vestido de redentor, fue el ángel menos esperado y, en el combo, nos dio un Fosfovita para que volvamos a recordar lo que era jugar con un nueve de referencia. Ojalá esa moda absurda de regalar partidos sin delanteros se haya terminado ayer. El Tucu Palacios exhibió rebeldía y sin dudas va a ser imprescindible cuando agarre más confianza y tome mejores decisiones en los metros finales. Sánchez Miño jugó un partido para mostrar en todas las escuelitas de baby fútbol. Pablo Pérez cambió la ecuación en el complemento y filtró varias pelotas claras de gol. Y si le sumás que no estuvo disponible Cecilio y que aún queda incorporar al plantel al Perro Romero -a quien le tengo una fe enorme-,  se hace difícil no ilusionarse. Con los ajustes pertinentes, no tengo dudas que este equipo va a funcionar.


Otra vez Quito y otra vez un contexto desfavorable, la altura que tanto frecuentamos en esta edición de la Sudamericana. La experiencia de haber pasado por este terreno tiene que ser vital, porque el más mínimo error puede costar carísimo. Además, el rival no es el mismo. Sin grandes aires, el tocayo Independiente demostró ser prolijo y ordenado. El resultado de local, “corto” como lo definió Beccacece, va a servir siempre y cuando se intente jugar y no solo defenderse, como pasó la semana pasada ante la U. 
Tal vez esta edición pasó tan rápido que no nos dimos cuenta. De lograr el objetivo el martes próximo, apenas tres partidos nos separarán de la gloria y de la oportunidad de volver a ser el más ganador de América en títulos internacionales (con el plus, además, de convertirse en el líder de las dos competencias que se disputan actualmente). Acá es cuando se ven los pingos e Independiente tiene que hacer valer su mote de Rey de Copas de nuevo. Solo tres partidos para volver a inmortalizarnos para siempre. 
Anoche tuve un flashback y algo me cosquilleó por dentro. Debe ser que la historia está cerca. 

Basta para mi

Ya no es cuestión de escribir por placer. No imprimo éstas líneas con ansias, todo lo contrario, quisiera no estar haciéndolo. Esta vez me manifiesto en forma de súplica. Al técnico, a la mesa de tres dirigentes que tienen el control de Independiente, a Fernando Hidalgo, a quien mierda sea. A ellos, les pido que terminemos con esto. Ya está, muchachos, no da para más. No forcemos cosas que no se van a dar. No vivamos de una falsa esperanza. No vivamos más del club. Este técnico se tiene que ir hoy, porque su ciclo se terminó hace rato.

El último año de Independiente fue una agonía que se fue acrecentando hasta llegar a éste punto límite e irreversible. Hoy se terminó de derrumbar el castillo del entrenador. Comenzó a resquebrajarse el día que renunció y volvió a agarrar porque sabía que Kohan se quedaría si él se iba; se agrietó aún más cuando desarmó a un plantel campeón por puro capricho y negocios con el representante; se desmoronó con la carajeada con Gigliotti en la antesala con River y la amenaza de renuncia a los dirigentes si el Puma no se iba; y se derrumbó hoy, apenas cuatro días después de una reunión con la comisión directiva -en la que el presidente de Independiente no se hizo presente porque debía asistir a un congreso sindical- en la que se preparó la siguiente temporada.


No hay que mirar tanto los resultados y los numeritos, sino las formas, aquello que nos idealizó y nos llevó a ser lo que somos. Ser director técnico es saber liderar un grupo humano y Holan, de eso, no entiende nada. No sabe. Nadie discute sus capacidades para leer los partidos, donde pisa fuerte y demostró ser alguien muy capaz, sino que se cuestiona su liderazgo. Sus manejos son desprolijos. Sus formas son oscuras, con mentiras por las espaldas hacia sus subordinados. A la larga, eso te hace perder la credibilidad, que es todo lo que una persona que está al mando de algo debe priorizar e intentar sembrar, y eso se traslada a la cancha.

Lo de hoy fue el pináculo del papelón. Perder un encuentro está dentro de las posibilidades de este deporte, claro. Pero que tu equipo salga con esa actitud conformista a disputar un partido de copa -con todo lo que significa para nosotros-, con jugadores como Francisco Silva que visibilizan sus faltas de conceptos para estar en este glorioso club, y siendo atropellado por demás en materia de carácter por un rival claramente menor, es imperdonable. Es peor que quedar afuera de la Copa de la Superliga contra el último, incluso. Independiente puso tres mediocampistas centrales y ninguno fue capaz de intentar bloquear un rebote en área propia para evitar un gol. Jamás doblegó al rival, no lo incomodó salvo en los últimos diez minutos. Terminó tirando centros a la nada, salvado de una embestida mayor gracias a un palo y a un descuento de Silvio Romero, a quien Ariel Holan quiso nombrar capitán en enero y en el próximo mercado será uno de los apuntados para ser transferido. Paradojas, si las hay: quedó vivo y probablemente pase de fase, pero ¿y la mística recuperada que nos vendió? ¿Y el juego del viejo Independiente que había que pregonar? ¿Los valores? ¿El compromiso, la actitud y la intensidad? Insisto, no todo es mirar los numeritos.


De ahora en más, cualquier decisión que no sea la de enfocarse en un nuevo proyecto a largo plazo encabezado por otro entrenador, será perder el tiempo. Hay tópicos que se vuelven irreversibles al llegar a este punto de ruptura. Seguir formando y quebrando grupos de jugadores no tiene ningún sentido, lleguen quienes lleguen. Seguir por este rumbo así es tapar el sol con las manos. Si el técnico tanto quiere al club, debería dejar su ego de lado y dar un paso al costado. Y, de lo contrario, son los dirigentes quienes tienen que saber que el lugar que ocupan es para intentar defender los intereses de un club que, por este camino, derrocha el prestigio que tanto costó conseguir.


Román Failache

En la copa refleja tu risa

Las presencias de Ariel Holan frente a los micrófonos han mutado. Hace rato que desaparecieron las charlas futboleras a las que el mejor técnico del Rojo de los últimos años nos había habituado, transformando la pragmática a la de la comunicación política: desmentir, exhibirse como el redentor del caos a modo de método autodefensivo y realizar promesas futuras con la certeza del adivino.

En las declaraciones de este lunes, oímos a nuestro entrenador blandir la espada y asegurar que nadie lo va “a correr por izquierda o por derecha”, y que “muchos quieren ver a Independiente de rodillas y no los vamos a dejar”. Asumiendo el rol de protector de los intereses del club, el cual es papel principal de los dirigentes, lo escuchamos afirmar que lo desvela “resolver las cuestiones económicas que hace 30 años no se podían resolver”, y también nos compartió dos de sus visiones: dijo estar “convencido” de que “Gaibor va a funcionar” y de “que vamos a ganar algo este año”.

Nadie duda de las capacidades de Holan como entrenador, ¿o acaso alguien sí? Sus pergaminos lo avalan y todos sabemos que puede ganar algo o hacer funcionar bien a un jugador. Y son muchos los que desperdigan flores por ser él quien nos obsequió la mejor versión de Independiente, quizás, de los últimos 30 años, y a la vez, son varios también los que le disparan a quemarropa por sus manejos inapropiados y por su origen de procedencia (en las últimas horas ratificó que “para ser jinete, no se necesita ser caballo. Hay muchos técnicos reconocidos que no jugaron al fútbol”). Cualquiera de las dos cuestiones, de todas formas, quedan de lado cuando la pelota gira, y lo cierto es que el equipo hace más de medio año -siendo buenos- que no encuentra un rendimiento sostenido y eficaz. Que la idea de juego está difusa y que la forma de llevarla a cabo no es comprendida por todos los jugadores. Hay deudas de un equipo para con su gente. Y eso lo vemos todos.

Independiente una fecha descolla ante Huracán y papelonea frente a Lanús. Brilla ante Colón y da pena frente a San Lorenzo, aún sin perder. En medio de esa oscilación, hay muchas dudas que el DT debe contestar. Él mismo parafraseó hasta el hartazgo que “la única verdad es la realidad”; entonces, ¿cuál nos quiere hacer mirar? Si todos fuimos testigos de Hernández acalambrándose, del chileno Silva no entregando un pase bien al compañero de al lado y a Romero no recibiendo una pelota de gol, el DT debe responder ante los hechos y no fabular con que “la tabla no importa” o minimizarlos prometiendo vanalidades que solo el destino sabe si van o no a ocurrir.

Un técnico no tiene que hacer política. El técnico de Independiente, menos todavía. Él está para dirigir, que es lo que Ariel mejor sabe hacer, y debe responder ante lo que sucede. No se puede tapar al sol con las manos y escudarse en manejos externos a los del fútbol. Es tiempo de laburar, asumir errores, contar lo que pasa y laburar aún más para revertir la situación. Decir que se está conforme con el mercado cuando en el último día se cayeron dos pases, dejando como único delantero suplente del equipo más grande de América a un juvenil, es mentir, y mintiendo no se va a ningún lado. Así, ves que no alcanzarás a calmar esa sed que afiebra.

Siempre acá

Te voy a decir la verdad. Viví el partido y toda la previa con la intensidad de una final. Quizás porque, para mis adentros, siempre sentí que de esta serie salía el campeón por la cantidad de carga emotiva que conllevaba. Los únicos dos equipos que se animan a jugar, dos técnicos enormes y sin miedo a perder, un clásico histórico del que siempre salieron buenos partidos, dos planteles con nombres de peso, y la gloria a cuatro pasitos. Estuviera quien estuviera después. Solo cuatro pasitos, después de haber pasado la parada más dura, parecía algo más que sencillo.

Hay muchas lecturas para hacer, ¿sabés? Pero en ninguna se puede obviar el robo. Tendrá que pasar una generación entera de árbitros a explicarme cómo y por qué se dejó pasar esa jugada, la que ni siquiera hace falta nombrar. Y no lloro el penal -jamás podría hacerlo sabiendo que Independiente falló 7 de 14 en este ciclo, un número por demás insultante-, sino la omisión del juez de ir al VAR. Eso es lo que más loco me puso (pone). La prepotencia del brasileño aquel que ni siquiera fue capaz de ir a verla, como diciendo “¿ves? Es al pedo que vengan estos cuatro tipos a ver los videos”. Tan alevoso fue.

Entendiendo esto, sentémonos y hablemos de lo que quieras. Quiero escucharte y que vos lo hagas. Te voy a decir que nunca hubiera dejado al Puma en el banco para este partido. Con el diario del lunes, contarte que el planteo fue errado en el primer tiempo al tratar de querer poner la pelota al piso y dominar: era para hacer un juego más rápido y directo, ese que nos sentó tan bien el año pasado, y que con dos toques y el dinamismo de Meza y Benítez por afuera, llegar adentro. Todos sabíamos que ellos se iban a matar y que iban a venir, que te iban a comer las piernas. No tenerla tanto con Hernández -mamita, el fresquito de ese pibe anoche-, sino distribuir y moverla rápido para resolver contra su presión. Triangular, ser pillos, argentinos, eso con lo que siempre me viste enfurecerme cuando no lo éramos.

Hubo un momento en el que fui muy feliz y no fue en el gol, fue justo después. Independiente festejando y Gallardo pidiéndole a su gente que aliente, aterrado ante el silencio. Moviendo los brazos con furia hacia el cielo y gritándoles que dale, que canten ahora que los necesito. Dije: “Es acá”. Fue un segundo donde me confié y pensé que ya lo teníamos. Y después esa boludez de hacer tiempo, de tirarnos al piso y enfriar. No era la manera, vos sabés que eso no me gusta. Lo erradicaría del fútbol para siempre, cambiaría el reglamento, no sé. Y ahí nomás nos meten ese gol de orto. Que en realidad es hermoso, pero le viene a rebotar a uno nuestro cuando tenés todo controlado y le queda al de ellos ahí, ¿a vos te parece? El fútbol es divino, pero a veces es tan hijo de puta.

River tiene un equipazo y un técnico que es un fenómeno. Para colmo, mirabas al banco de ellos y estaban Quintero, Zuculini, Mora. Nosotros, con nuestras armas (armitas), hicimos lo que pudimos y morimos de pie. Siempre de pie. Tal vez ayer recién, tipo 21.15hs, te diste cuenta que estos partidos muy jodidos hay que ganarlos de local porque, con equipos así, allá es chivísima. Pero ¿qué les vas a decir a estos pibes después de la actuación en Avellaneda? Dos palos, Armani en modo Dios, nuestro juego histórico representando a toda la gente presente. Por eso no tengo reproches con los nuestros, sino angustia y desazón por todo ese morbo que, quizá, hubiera cambiado la historia. Sé perder, siempre lo supe y vos también porque somos grandes, muy grandes. Reconozco la superioridad y los errores. Pero cuando te meten la mano en el bolsillo así, ¿viste? Ahí te queda eso en la garganta, esa angustia que aún hoy, cuando abrís los ojos, sabés que la vas a tener mucho tiempo.

Ahora ya está. Entre errores y todo esto, no me queda más nada. Me descargo con vos porque es la única salida. Fui muy feliz mientras estuvo latente esta ilusión tan linda, pero cuando te dan estos golpazos cuesta un huevo digerirlos, y a la larga te das cuenta que no queda otra que poner la jeta y seguir al frente. Eso sí, nunca me vas a escuchar tirar mierda. Eso se lo dejo a los malaleche, a los “yo te dije” que siempre están ahí y se la saben lisa. Acá no. Acá solo hay agradecimiento por lo que me hiciste vivir. Hace rato que no caminábamos así de juntos y miranos hasta dónde llegamos; algo habremos hecho bien. Pero estoy seguro, de verdad, que este es solo el punto de partida para empezar a andar mejor. Juntos. Como siempre.

@rffailache

La perfección

Cuando Andre Agassi ganó su primer torneo Grand Slam, en Wimbledon, su alegría no le duró más que unas pocas horas. Se sentía indiferente, igual que siempre, pero con un trofeo más. El mismo caso le ocurrió después de vencer a Pete Sampras en la final de Key Biscayne, tras alcanzar la primera posición del mundo en el ranking ATP y desplazar a su compatriota luego de 82 semanas consecutivas en ese puesto. Agassi no disfrutó nada. “Las victorias no nos hacen sentir tan bien como mal nos hacen sentir las derrotas, y las buenas sensaciones no duran tanto como las malas”, confiesa en Open: Memorias, su brillante autobiografía. La constante búsqueda de la perfección que su padre le incentivó a encontrar desde que era apenas un chico lo convirtieron en el tan obsesivo pero perfeccionista jugador que fue, y alcanzar la cima mundial le llevó, tan solo, 25 años.

Nosotros, los independentistas de ley, hemos pasado por algo parecido. Siempre nos supimos los mejores -la humildad no es algo que nos caracterizó después de haber dejado atrás tantas hazañas-, y fue así como fundamos nuestro nicho. Nos acostumbramos a ganar todo lo que jugábamos y fue, de esa manera, que nos conocieron por nuestro tan glorioso mote: Rey de Copas. Claro, durante mucho tiempo, también, nos dormimos en los laureles y otorgamos demasiada ventaja. Sin embargo, nos reinventamos de la mano de un tipo perfeccionista, de un ambicioso del laburo que, además, nos pertenece ideológica y sentimentalmente. Alguien que nos devolvió el sentido de pertenencia y que, en 20 meses de trabajo, nos puso en la cima de nuevo.

Ariel Holan es el responsable de todo este monstruo. Es quien recibió un club que flotaba en la mediocridad y un equipo acostumbrado a oscilar lejos de los puestos protagónicos, y lo reconvirtió. No le tembló el pulso para depurar y seleccionar su plantel, se reforzó con pibes de las inferiores, los potenció inculcándoles la idea de juego histórica del club, generó millonarios ingresos a partir de sus ventas, y ubicó a Independiente en boca de todos otra vez. Salió campeón con lo que tenía y después, estabilizada la situación económica, armó un conjunto de calidad. Un activo enorme, el cual años atrás solo imaginábamos como una utopía entre gallos y medianoches.

Hoy podemos hablar de que Independiente tiene con qué ilusionarse. Es competitivo por sus formas y por su riqueza en materia prima. El que no pone, no juega, y esa es otra de las máximas a las que este técnico nos acostumbró en este período, tras años de haber padecido equipos que se daban por muertos a los 70 minutos. Y desde los nombres, algo que no pasaba hace tiempo: hay recambio. Mirar a los once que salieron a la cancha en Japón daba gusto, pero leer el banco y ver opciones se había transformado en algo inusual. A que no saben a quién se le debe eso.

“Más allá de los resultados puntuales, es fundamental ver un equipo en el que son todos de Independiente, ver que los predios son de primer nivel y que el club siga creciendo. A eso le doy más valor que a las copas, porque si la base está sólida, las copas vendrán este año o el que viene“, declaró Ariel tras salir campeón. El Profesor no se vanagloria de sus éxitos ni detiene su búsqueda. Está un paso adelante del goce y persigue un horizonte marcado. Como Agassi, no se permite pisar el freno y relajarse. Sabe que eso ya nos ocurrió. Parafraseándolo, “les dimos 30 años de ventaja”. Pero hoy estamos de vuelta. Resurgimos. Y todavía falta lo mejor.

Por @rffailache

El vuelo

La turbina comienza a sonar y es ahí cuando abro la computadora. Ayer no quise saber nada. Desde que el peruano Haro miró su reloj y levantó la mano, solo me dediqué a esperar que la bronca amaine, que el veneno desaparezca. Tomé una birra y comí un sanguche en uno de esos lugares modernosos, pero no hubo caso. Conté hasta mil con la almohada y tampoco. Ahora, el avión que me lleva a Jujuy por trabajo emprende su vuelo y parece ser el momento de la catarsis. Dos horas para meditar. Me pregunto si habrá sido tan terrible como lo imagino, o si exagero porque todavía me dura parte de esa angustia que me destroza la comisura de los labios de tanto morderla. Me pregunto si este fue un punto de inflexión, o simplemente una noche negra en la competición más dura del continente. Me pregunto, también, si me puedo plantear estas cuestiones en forma de palabras; si es demasiado prematuro para hacerlo, y si “está mal” o no.

Por la dinámica del tecleo, me doy cuenta que la sangre todavía hierve. Es más lo que borro que lo que escribo. Me cuido, trato de aplacarme. Lo primero que pienso es que lo de ayer fue el segundo papelón del equipo de Holan –el anterior había sido en La Bombonera el año pasado-. Hace rato no pasábamos uno así. Independiente nos supo acostumbrar, durante este ciclo, a que los resultados fueran producto del buen juego y a estar comprometidos con la idea aún en la derrota, dejando alma y vida en la cancha. Y ayer, ni una ni otra. Fue un espanto de equipo, no zafó uno. Bah, sí, uno solo: el arquero. Después, nadie. Un ratito de Benítez en el primer tiempo, que con mostrar un atisbo de rebeldía sobresalió, y otro poquito de Franco, el más parejo quizá.

Inmediatamente, pienso en el segundo problema que se me viene a la cabeza, aunque me retracto enseguida. Esto sí debe ser un brote de la calentura misma. Es la llamativa falta de juego. Razono y digo que en lo que va del año no se jugó nunca bien, pero después me acuerdo de los primeros 30 minutos con Gremio hasta la expulsión del Puma, del partido con Banfield donde mereció ganar por más y del avasallante despliegue contra Rosario Central. Fútbol hay y las bases están. Pero hay que retocar mucho: la defensa está demasiado frágil; el mediocampo puede contener pero no sabe cómo generar; de tres cuartos para arriba falta explosión y dinamismo en los metros decisivos, algo que este Independiente supo exprimir. Hay varios temas en la agenda, y en esta Copa tenemos al campeón de Brasil y al de Colombia. El tiempo apremia.

Sí cabe destacar, mientras sobrevuelo lo que parece ser Rosario, que las buenas actuaciones individuales fueron mermando. Sumada a la salida del capitán y de Barco, están Meza que nos abandonó en lo que va de este 2018; Bustos, quien nunca volvió al nivel mostrado previo a la lesión; Menéndez, que demostró que todavía le falta acoplarse al equipo; Gaibor, que tiene clase pero que en este tipo de partidos debe poner un poquito más, acostumbrarse a cómo se juega en el fútbol argentino; y Leandro Fernández, a quien la falta de compromiso lo puede traicionar. Ojalá nunca más entre a jugar un partido como lo hizo ayer y entienda que, le toque desde donde le toque, tiene que sumar.

Me traen un café y parece estar menos caliente que yo con el nueve. Ni nombrarlo quiero. Si vino del América, lo pagaron cinco palos y lo presentaron como el futuro goleador del equipo, al menos que tenga la nobleza de quedarse entrenando después de hora para estar en forma. Y con “estar en forma” no me refiero a ser Cristiano Ronaldo. Hablo, mínimamente, de hallarse en condiciones de cuidar una pelota. De tener la repentización necesaria para poder girar y patear al arco. De aguantar a un tipo de espaldas y pivotear correctamente. Cosas básicas que figuran en el manual del delantero y que estoy seguro que las tiene incorporadas, pero que su estado físico no se lo permite. Independiente no es un club al que se viene a estar cómodo y probar, ver qué onda. Es el Rey de Copas y se está jugando la Libertadores, con todo lo que eso implica.

Después, están las formas. El rival, visiblemente inferior, dejó la vida y lo felicitamos, pero en ningún contexto pudo haber sido más que Independiente en cuanto a lo actitudinal. Les costaba levantar las piernas a los nuestros. Hasta en la transmisión se animaron a preguntar si había altura. Este equipo viene de ser campeón sudamericano gracias a su compromiso, y ayer penó en la cancha –o en algo similar a eso con pasto y delimitado por cuatro rayas-.

El vuelo de la catarsis se acerca más al destino. Hay quienes roncan, nunca voy a saber cómo hacen para dormir en los aviones. Nos avisan que llegaremos en 20 minutos. Hablo con compañeros del trabajo, hinchas de San Lorenzo y de Boca, y le tiran flores a nuestro equipo. “Ustedes son los que mejor juegan”, me dicen. Trato de descifrar algún intento de mufada, pero parece ser real. “Hasta ayer, Boca no daba dos pases seguidos”, enarbola uno.  “Lo tienen a Meza y nosotros, a Gudiño”, vocifera el otro. Tratan de consolarme. Pero a esta altura, no la literal sino la metafórica, no sirve. Solo queda esperar. Que la bronca amaine, que el veneno desaparezca. Poner cabeza y aguantar el tirón, que con la vida es así. El lunes habrá que mostrar otra cara y mejorar. Sobre todo, mejorar. Demostrar que lo de ayer no fue más que una mala noche.

Por @rffailache

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