Así, Independiente

Así, Independiente. Así. Así es como hay que jugar estos partidos. En la previa temía que el planteo fuera salir a esperar, a tratar de aguantar. A no jugársela, tal y como había ocurrido la semana pasada en Avellaneda. Nobleza obliga: le pedí al técnico que arriesgara y eso fue exactamente lo que hizo. Un primer tiempo brillante, dominando y generando situaciones -algo que hasta ahora no habíamos visto en los equipos de Pusineri-, y que de no haber sido por la propia falta de capacidad resolutiva, habría terminado con baile. Con dos o tres goles de ventaja en el resultado parcial. Y un segundo tiempo poniendo lo que hay que poner, aguantando y pensando, sobre todo pensando en momentos claves. Se fallaron situaciones muy claras, es cierto, pero Independiente en general fue inteligente para resolver ante la adversidad y cuando se vio superado, se amparó, una vez más, en la figura de Sosa. Me gustó cómo se trató el partido. Es por ahí.

Porque esto es lo que pedíamos. Estaba claro que lo pálido que se había mostrado Independiente la semana anterior tenía que ver con su falta de confianza -o la de su DT- para ir por más. Y ayer no se guardó nada. Con jugadores comprometidos, obnubiló a un Atlético que tiene muchos recursos, un conjunto que te puede complicar fácilmente y que también, cuando quiere jugar bien, sabe hacerlo. Con una línea defensiva adelantada, poniendo una buena cantidad de hombres propios en campo rival y presionando hasta los tres cuartos de cancha, lo obligó al pelotazo y le cortó la generación desde su primera línea. En ataque, el Rojo hacía las cosas simples, con triangulaciones a dos toques y explotando los espacios. Se vio un equipo versátil y movedizo, que pisaba el área rival con no menos de tres personas. El gol es producto de una buena presión y colocación ofensiva.

Roa jugó un primer tiempo de ensueño, a veces mostrándose como falso nueve, asociándose muy bien con todos en el medio y conectándose con el Chino Romero que tanto lo necesitaba. Para mí fue de los más claros en un equipo que no desentonó. En el segundo tiempo, con el Decano haciendo un fútbol mucho más intenso, directo y agresivo, el cambio de Soñora le dio aire y esa pausa tan necesaria. Alan es uno de los tres o cuatro jóvenes que realmente prometen en el club (junto a Saltita, Velasco, Pacchini y Messiniti) y ayer demostró por qué. Sobrado de técnica y rapidez mental para resolver. Y de Sosa, qué decir, ¿verdad? Es imposible no entusiasmarse con semejante carta de presentación. Un arquero que respondió siempre en estos tres partidos, con los reflejos de un pibito y la comunicación y madurez de un veterano. El capitán sin cinta. Ojalá se mantenga así mucho tiempo.

La espina que queda clavada en el zapato es haber sufrido por demás cuando todo podría haber sido más fácil. Si Independiente hubiese aprovechado algunas de las seis situaciones de gol claras que tuvo (mano a mano de Romero y Blanco en el PT y los de Soñora y el Chino de nuevo en el ST, el centro raso de Roa que nadie conectó y el tiro libre de Fede Martínez), hoy estaríamos hablando del pesto que le habría pegado a los tucumanos. Porque, por momentos, fue eso: un baile. El partido completamente controlado y los tucumanos sin saber qué hacer. Pero se les otorgó vida en exceso y para las instancias de copa más avanzadas, habrá que trabajar la eficacia. El plantel está plagado de juveniles a los que hay que inculcarles que muchas veces, en el fútbol, menos es más. Puede ser algo determinante más adelante.

Pusineri admitió en conferencia que la figura fue el equipo y no puedo más que coincidir con sus dichos. Sin valores descollantes pero enalteciendo el funcionamiento colectivo, se pasó de ronda en una fase que se sabía sumamente muy adversa. Vimos a un Independiente que fue protagonista cuando había que serlo y que no mostró pudor a la hora de defender de forma agresiva. Leyó bien cada instante y fue inteligente. Esto es lo que se le pide, no mucho más porque sabemos -los hinchas- que es lo que hay.
Independiente jugó bien y pasó. El premio, ahora, serán tres semanas para seguir adquiriendo rodaje hasta la próxima fase.

Román Failache

Arriesgar

Y un día volvimos a ver a Independiente. Dejamos atrás una pandemia para reencontrarnos, esta vez desde el sillón de casa, con el club de nuestros amores. La espera se hizo larga, pero lo que nos ofrecieron para ver tampoco fue la gran cosa. Hay muchísimas lecturas para hacer y conclusiones para sacar: si nos paramos de la vereda del optimismo, en la previa te firmaba ciego el ganar por la mínima sin que te conviertan. Esto es tan cierto como también el hecho de que el equipo de Pusineri jugó 40 minutos con un tipo de más, ganó con un penal inventado y apenas si pateó al arco con 20 metros de cancha por delante. Es el primer partido y se nota que aún está verde verde, cosa que era de esperarse tratándose de un plantel tan joven, pero analizando las cosas en contexto -como realmente se deben hacer-, el resultado quedó cortísimo.

Sin dudas el problema más grande de Independiente está en el mediocampo, tanto a la hora de generar juego como de marcar. Tras el amistoso disputado con Banfield, quedó a las claras que el Perro Romero y Hernández no conectan bien: no se relevan, se paran en la misma línea, intentan hacer lo mismo y rara vez pisan el área. Ayer, estos dos interpretaron una reproducción idéntica de la derrota con el Taladro. El Rojo rara vez genera superioridad numérica en campo contrario y esto, en gran parte, se debe a que Pusineri no suelta a los laterales -Bustos suele proyectarse pero considero que tiene que ver con la naturaleza del jugador- para intentar llegar con más gente al área rival. El juego es horizontal y nunca vertical; Silvio Romero, única referencia de área, baja demasiado a buscar fútbol, el equipo queda sin presencia en el área y las jugadas se diluyen mientras el tiempo se consume. Así terminó el primer tiempo de Independiente: con cero remates al arco y con Sebastián Sosa demostrando que el arco de Avellaneda le sienta muy bien, con un tremendo tapadón a Lucas Melano.

Aún con todas las facilidades con las que se contaron en el segundo tiempo, como disponer de un hombre de más y tener la cancha propia a disposición, el juego no apareció. Hernández no filtró un bendito pase y jugó 30 minutos de más, y Silvio no dispuso de una situación clara mano a mano. Con la juventud de Independiente en ofensiva, con Velasco, Menéndez y Federico Martínez a la cabeza, es lógico que las decisiones no sean siempre las mejores. Habrá que ser pacientes con los chicos, no hay mucho más que esto, pese a que para Pablito tenemos “un gran plantel”.

Como puntos ‘altos’, en una noche que pocos superan los seis puntos, me gustó Lucas Rodríguez con su sobriedad. Sin complicarse demasiado, no lo superaron una sola vez y no le tembló el pulso para marcar su presencia. Seba Sosa demostró estar en plena vigencia, respondiendo cuando lo llamaron a su juego y siendo tal vez la figura del equipo. Y Alan Velasco tiene esa picardía que tanto nos gusta, hay cositas de Barco en sus encares; le falta afinar a la hora de decidir, pero el futuro se le ve en los ojos.

Nobleza obliga: se trata del primer partido y se da por sentado que el funcionamiento debe únicamente mejorar. A Pusineri dije por todos los medios que recién lo iba a observar detenidamente cuando pudiera consolidar su propio equipo. Los primeros meses había tomado al toro por las astas y solo un necio podría haberlo criticado entonces. Ahora, el contexto es distinto. Esto es lo que tiene, lo que armó -o le dejaron armar sabiendo todas las dificultades que hubieron en el medio como la pandemia, problemas económicos y de vestuario, y el divorcio con Burruchaga- y con lo que deberá batallar. A la vista, la sensación es que Independiente no encuentra su idea de juego. Es insulso, aburrido y predecible. Y peor todavía: es un equipo que no arriesga. No podés no intentar avasallar con un tipo de más, y esto es algo recurrente que ya vimos con Boca y con Racing. Dejar la línea de cuatro en el fondo plantada cuando el rival apenas si podía hacer pie en los últimos minutos es regalar vida. Independiente eso fue lo que hizo y ahora, con ella, habrá que defender a muerte en un estadio durísimo. 

Somos ellos

Yo no concibo otra manera de sentir y vivir al fútbol que la de ir para adelante. Mi viejo y mi abuelo me hicieron hincha de Independiente, y así crecí, a veces con más juego, otras con menos. Sin embargo, había algo que jamás se negociaba y era la actitud valiente y la hidalguía, valores intrínsecos en el escudo del club. Les ganábamos con ‘tirarles la camiseta’, nos tenían miedo, no quería venir a jugar porque cada vez que lo hacían, se sabían sometidos. Y ahora no. Ahora es al revés, porque ahora nosotros somos ellos. Nos transformamos en aquello de lo que siempre nos reímos. Les tuvimos miedo, aún con dos tipos de más durante medio partido. Ninguno les quiso hacer frente, se sacaban el trámite de encima, tiraban centros a la nada. ¿Qué nos pasó? ¿En qué momento perdimos el temple, la honestidad a la camiseta?


En la cancha se ven los pingos, y a mí ayer me entregaron al campo a un equipo desalmado y con miedo a ganar. Nada más aberrante que eso. Once tipos a los que les daba lo mismo el resultado. Vi a Racing con la camiseta roja y a nosotros, con la blanca y celeste. Once temerosos más el técnico, que a pesar de que lo apoyo y lo respaldo por haber agarrado este fierro caliente cuando pocos quisieron hacerlo, jamás mostró intenciones de ir al frente. Con dos jugadores de más, optó por protegerse de una posible tarjeta roja quitando a Sánchez Miño para que ingrese un debutante, y retrasó a Braian Romero a la posición de lateral derecho cuando salió Bustos. Dejó cuatro jugadores en el fondo y se negó a modificar el esquema, cuando Racing apenas si podía apostar al pelotazo para que la aguantara Cvitanich. En Independiente hay que arriesgar e ir al frente, no se especula.  

Pero esto va más allá de un partido, de un torneo incluso. Es un camino institucional que el rival eligió transitar y nosotros no. Hace rato que Racing nos gana en todos los aspectos, porque Racing tiene un proyecto e Independiente no sabe adónde está parado. Racing respeta una línea que lejos está de medirse por los resultados, mientras que Independiente se guía por si la pelota entró o no el fin de semana. A esta conducción nefasta, que hace seis años lo único que hace es subir fotitos del estadio terminado y de tractores que aran el césped en Villa Domínico, jamás le interesó el manejo del fútbol, y tal es así que ni su presidente asistió a uno de los partidos más importantes del año. Ese nivel de impunidad se maneja de este lado de Avellaneda.


Víctor Blanco le dio a Diego Milito, un tipo del palo futbolero, el horizonte de la Academia. Lo respaldó, primero como jugador y después como dirigente, en cada una de sus decisiones, mientras que en el club de la dinastía Moyano ‘confiaron’ en los empresarios (Fernando Hidalgo y Cristian Bragarnik, entro otros). Racing generó pertenencia en las inferiores y en las incorporaciones; Independiente, negociados que hoy quieren irse cuanto antes del club. Tipos que vinieron a cobrar sin importar lo que pasara con su carrera futbolística, jugadores por los que se pagó un valor muchísimo más alto que su precio de mercado, o aquellos quienes intentaron dar el salto para usar al escudo como vidriera. Racing ganó títulos y sembró recaudaciones millonarias a partir del ingreso a las Copas; Independiente no puede pagar los sueldos, está fuera de los puestos de Sudamericana y ya empieza a mirar de reojo la tabla del descenso para el año que viene. ¿Y los vamos a seguir dejando timonear el barco?


El hincha no come vidrio. Negar la realidad solo te hace más necio. Lo que antes era virtud nuestra y pavor de ellos se revirtió, y si no se hace una autocrítica a tiempo y se sientan las bases, el destino será condenarnos nuevamente. Hasta hace poco, los dirigentes de este enorme club salían impunes, pero ya no. Hoy por hoy, nosotros somos Racing, e Independiente también tiene a sus propios ‘Cogorno y Molina’ y se llaman Hugo y Pablo Moyano. Pero sepan que los destinos no están muy alejados: si no renuncian o ceden el manejo futbolístico a tiempo, la gente se los hará saber.

Beccacece fue la cabeza

Apenas 16 partidos necesitó Beccacece para sepultarse a sí mismo. Con un Independiente que desperdiga polvo con apenas levantar la alfombra, el extécnico de la institución hizo todo para autodestruirse. No supo manejar un vestuario completamente diferente al de Defensa y Justicia, improvisó formaciones y variantes en todos los partidos que disputó sin encontrar nunca un equipo, y los jugadores, cómplices de este momento, le terminaron de dar la estocada final. El ciclo de Sebastián será recordado como uno de los más prometedores y decepcionantes a la vez.


Pero adjudicarle toda la culpa al entrenador de turno sería tendencioso. Entendiendo cómo funciona este club de pies a cabeza durante la gestión Moyano, solo el más ignorante podría hacerle cargar con la cruz a un tipo como Beccacece que, a pesar de su pésima gestión deportiva, fue solamente la cabeza. El cambio debe ser de raíz.

El plantel paupérrimo que Independiente tiene hoy no es responsabilidad del técnico que se acaba de ir por la puerta de atrás. Es un combinado aleatorio que llegó gracias a un mercado de pases en el que Yoyo Maldonado era el único designado para trabajar; un rejunte de jugadores nefastos con salarios casi europeos que nos dejaron Fernando Hidalgo y Ariel Holan -Cecilio Domínguez, Gonzalo Verón, Francisco Silva, etc-; nombres que llegaron sin que Sebastián los pidiera -Andrés Chávez, Andrés Roa-; y también la omisión dirigencial a la hora de saber poner un freno cuando el extécnico campeón de la Sudamericana desarmó un plantel campeón. Que el árbol no nos tape el bosque.

Mientras el club siga siendo manejado por apenas tres -sí, tres- personajes ajenos al fútbol, el rubro deportivo no va a funcionar. Mientras tu club produzca un proceso próspero como el de 2017 que te dejó 50 millones de dólares en ingresos, y lo malgastes en sueldos injustificados, en pases desperdiciados, y vaya uno a saber en qué más, tu institución solamente estará condenada al fracaso.


Beccacece hizo todo mal, sí. Pero también pagó los platos rotos de una fiesta que comenzó cuando los dirigentes le dieron el absoluto poder a Holan y que terminó con una noche negra. Porque teníamos todo para volver a nacer -¿quién no pensaba eso en 2017?- y lo tiramos por la borda. Sacar a un técnico es más fácil que limpiar a un plantel entero, es más viejo que el viento. Sin embargo, si no vamos a los detalles, el club seguirá a la deriva. 

En un fin de semana de veda electoral, Independiente tiene que empezar a replantearse qué elegir. Si seguir siendo un arma política manejada a distancia y sin presencia dirigencial, o el club más respetable que supo conquistar toda América.

Romero

La memoria

Anoche tuve un flashback. Me vi muerto en vida observando un partido de copa, como aquel 12 de septiembre de 2017, donde juro podía observarme  en tercer plano, con la cabeza entre las manos. Ese, entonces, había sido un poco más cruel, porque Independiente había malogrado un penal y a los cinco minutos, le cobraron uno en contra. Casi perece en un santiamén, pero Campaña nos dio aire contra él Pulga. El resto es historia conocida.

En cambio, el de ayer fue un trago un poco más digerible, pero con una carga emocional enorme. La sensación general de desencuentro con el VAR pese a que lo que se cobró fue lícito, el resquemor latente de haber vivido estas decepciones y no poder revertirlas (vs Santa Fe en 2015, cuando el Ruso regaló la serie), el asfixio tras el error de Benítez y el desahogo final, todo apenas en un puñado de minutos, todo en un ratito. Una noche copera de la que salimos airosos. Una más de las que acostumbramos. 


Desde que me acosté que me quedó deambulando en la cabeza el porqué de la victoria de Independiente y siempre concluyo en lo mismo: tuvo que haber sido por mística, porque fútbol tuvo poco y de a ratos. ¿Pueden convivir tres facetas de un mismo club en apenas noventa minutos? Sí. Un equipo revulsivo, aguerrido y valiente hasta el gol anulado; otro completamente antagónico, sin reacción psicológica y desmotivado que se cavó su propia fosa; y el de los últimos 15 que ganó por atropello y divinidad. Para Quito, la primera observación es menester: habrá que ser capaces de unificar estas partes y regularizarlas para un rendimiento sostenido. Allá va a ser brava.


Apenas van cuatro partidos, pero algunos punteos se pueden hacer de este Independiente en construcción. El de Beccacece es un equipo al que le llegan poco y ayer no fue la excepción. Se lo ve más armado, mejor plantado y con más confianza, esa misma que se derrumbó después de la estrafalaria pifiada de Benítez. El Chino Romero, vestido de redentor, fue el ángel menos esperado y, en el combo, nos dio un Fosfovita para que volvamos a recordar lo que era jugar con un nueve de referencia. Ojalá esa moda absurda de regalar partidos sin delanteros se haya terminado ayer. El Tucu Palacios exhibió rebeldía y sin dudas va a ser imprescindible cuando agarre más confianza y tome mejores decisiones en los metros finales. Sánchez Miño jugó un partido para mostrar en todas las escuelitas de baby fútbol. Pablo Pérez cambió la ecuación en el complemento y filtró varias pelotas claras de gol. Y si le sumás que no estuvo disponible Cecilio y que aún queda incorporar al plantel al Perro Romero -a quien le tengo una fe enorme-,  se hace difícil no ilusionarse. Con los ajustes pertinentes, no tengo dudas que este equipo va a funcionar.


Otra vez Quito y otra vez un contexto desfavorable, la altura que tanto frecuentamos en esta edición de la Sudamericana. La experiencia de haber pasado por este terreno tiene que ser vital, porque el más mínimo error puede costar carísimo. Además, el rival no es el mismo. Sin grandes aires, el tocayo Independiente demostró ser prolijo y ordenado. El resultado de local, “corto” como lo definió Beccacece, va a servir siempre y cuando se intente jugar y no solo defenderse, como pasó la semana pasada ante la U. 
Tal vez esta edición pasó tan rápido que no nos dimos cuenta. De lograr el objetivo el martes próximo, apenas tres partidos nos separarán de la gloria y de la oportunidad de volver a ser el más ganador de América en títulos internacionales (con el plus, además, de convertirse en el líder de las dos competencias que se disputan actualmente). Acá es cuando se ven los pingos e Independiente tiene que hacer valer su mote de Rey de Copas de nuevo. Solo tres partidos para volver a inmortalizarnos para siempre. 
Anoche tuve un flashback y algo me cosquilleó por dentro. Debe ser que la historia está cerca. 

Basta para mi

Ya no es cuestión de escribir por placer. No imprimo éstas líneas con ansias, todo lo contrario, quisiera no estar haciéndolo. Esta vez me manifiesto en forma de súplica. Al técnico, a la mesa de tres dirigentes que tienen el control de Independiente, a Fernando Hidalgo, a quien mierda sea. A ellos, les pido que terminemos con esto. Ya está, muchachos, no da para más. No forcemos cosas que no se van a dar. No vivamos de una falsa esperanza. No vivamos más del club. Este técnico se tiene que ir hoy, porque su ciclo se terminó hace rato.

El último año de Independiente fue una agonía que se fue acrecentando hasta llegar a éste punto límite e irreversible. Hoy se terminó de derrumbar el castillo del entrenador. Comenzó a resquebrajarse el día que renunció y volvió a agarrar porque sabía que Kohan se quedaría si él se iba; se agrietó aún más cuando desarmó a un plantel campeón por puro capricho y negocios con el representante; se desmoronó con la carajeada con Gigliotti en la antesala con River y la amenaza de renuncia a los dirigentes si el Puma no se iba; y se derrumbó hoy, apenas cuatro días después de una reunión con la comisión directiva -en la que el presidente de Independiente no se hizo presente porque debía asistir a un congreso sindical- en la que se preparó la siguiente temporada.


No hay que mirar tanto los resultados y los numeritos, sino las formas, aquello que nos idealizó y nos llevó a ser lo que somos. Ser director técnico es saber liderar un grupo humano y Holan, de eso, no entiende nada. No sabe. Nadie discute sus capacidades para leer los partidos, donde pisa fuerte y demostró ser alguien muy capaz, sino que se cuestiona su liderazgo. Sus manejos son desprolijos. Sus formas son oscuras, con mentiras por las espaldas hacia sus subordinados. A la larga, eso te hace perder la credibilidad, que es todo lo que una persona que está al mando de algo debe priorizar e intentar sembrar, y eso se traslada a la cancha.

Lo de hoy fue el pináculo del papelón. Perder un encuentro está dentro de las posibilidades de este deporte, claro. Pero que tu equipo salga con esa actitud conformista a disputar un partido de copa -con todo lo que significa para nosotros-, con jugadores como Francisco Silva que visibilizan sus faltas de conceptos para estar en este glorioso club, y siendo atropellado por demás en materia de carácter por un rival claramente menor, es imperdonable. Es peor que quedar afuera de la Copa de la Superliga contra el último, incluso. Independiente puso tres mediocampistas centrales y ninguno fue capaz de intentar bloquear un rebote en área propia para evitar un gol. Jamás doblegó al rival, no lo incomodó salvo en los últimos diez minutos. Terminó tirando centros a la nada, salvado de una embestida mayor gracias a un palo y a un descuento de Silvio Romero, a quien Ariel Holan quiso nombrar capitán en enero y en el próximo mercado será uno de los apuntados para ser transferido. Paradojas, si las hay: quedó vivo y probablemente pase de fase, pero ¿y la mística recuperada que nos vendió? ¿Y el juego del viejo Independiente que había que pregonar? ¿Los valores? ¿El compromiso, la actitud y la intensidad? Insisto, no todo es mirar los numeritos.


De ahora en más, cualquier decisión que no sea la de enfocarse en un nuevo proyecto a largo plazo encabezado por otro entrenador, será perder el tiempo. Hay tópicos que se vuelven irreversibles al llegar a este punto de ruptura. Seguir formando y quebrando grupos de jugadores no tiene ningún sentido, lleguen quienes lleguen. Seguir por este rumbo así es tapar el sol con las manos. Si el técnico tanto quiere al club, debería dejar su ego de lado y dar un paso al costado. Y, de lo contrario, son los dirigentes quienes tienen que saber que el lugar que ocupan es para intentar defender los intereses de un club que, por este camino, derrocha el prestigio que tanto costó conseguir.


Román Failache

En la copa refleja tu risa

Las presencias de Ariel Holan frente a los micrófonos han mutado. Hace rato que desaparecieron las charlas futboleras a las que el mejor técnico del Rojo de los últimos años nos había habituado, transformando la pragmática a la de la comunicación política: desmentir, exhibirse como el redentor del caos a modo de método autodefensivo y realizar promesas futuras con la certeza del adivino.

En las declaraciones de este lunes, oímos a nuestro entrenador blandir la espada y asegurar que nadie lo va “a correr por izquierda o por derecha”, y que “muchos quieren ver a Independiente de rodillas y no los vamos a dejar”. Asumiendo el rol de protector de los intereses del club, el cual es papel principal de los dirigentes, lo escuchamos afirmar que lo desvela “resolver las cuestiones económicas que hace 30 años no se podían resolver”, y también nos compartió dos de sus visiones: dijo estar “convencido” de que “Gaibor va a funcionar” y de “que vamos a ganar algo este año”.

Nadie duda de las capacidades de Holan como entrenador, ¿o acaso alguien sí? Sus pergaminos lo avalan y todos sabemos que puede ganar algo o hacer funcionar bien a un jugador. Y son muchos los que desperdigan flores por ser él quien nos obsequió la mejor versión de Independiente, quizás, de los últimos 30 años, y a la vez, son varios también los que le disparan a quemarropa por sus manejos inapropiados y por su origen de procedencia (en las últimas horas ratificó que “para ser jinete, no se necesita ser caballo. Hay muchos técnicos reconocidos que no jugaron al fútbol”). Cualquiera de las dos cuestiones, de todas formas, quedan de lado cuando la pelota gira, y lo cierto es que el equipo hace más de medio año -siendo buenos- que no encuentra un rendimiento sostenido y eficaz. Que la idea de juego está difusa y que la forma de llevarla a cabo no es comprendida por todos los jugadores. Hay deudas de un equipo para con su gente. Y eso lo vemos todos.

Independiente una fecha descolla ante Huracán y papelonea frente a Lanús. Brilla ante Colón y da pena frente a San Lorenzo, aún sin perder. En medio de esa oscilación, hay muchas dudas que el DT debe contestar. Él mismo parafraseó hasta el hartazgo que “la única verdad es la realidad”; entonces, ¿cuál nos quiere hacer mirar? Si todos fuimos testigos de Hernández acalambrándose, del chileno Silva no entregando un pase bien al compañero de al lado y a Romero no recibiendo una pelota de gol, el DT debe responder ante los hechos y no fabular con que “la tabla no importa” o minimizarlos prometiendo vanalidades que solo el destino sabe si van o no a ocurrir.

Un técnico no tiene que hacer política. El técnico de Independiente, menos todavía. Él está para dirigir, que es lo que Ariel mejor sabe hacer, y debe responder ante lo que sucede. No se puede tapar al sol con las manos y escudarse en manejos externos a los del fútbol. Es tiempo de laburar, asumir errores, contar lo que pasa y laburar aún más para revertir la situación. Decir que se está conforme con el mercado cuando en el último día se cayeron dos pases, dejando como único delantero suplente del equipo más grande de América a un juvenil, es mentir, y mintiendo no se va a ningún lado. Así, ves que no alcanzarás a calmar esa sed que afiebra.

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