Siempre acá

Te voy a decir la verdad. Viví el partido y toda la previa con la intensidad de una final. Quizás porque, para mis adentros, siempre sentí que de esta serie salía el campeón por la cantidad de carga emotiva que conllevaba. Los únicos dos equipos que se animan a jugar, dos técnicos enormes y sin miedo a perder, un clásico histórico del que siempre salieron buenos partidos, dos planteles con nombres de peso, y la gloria a cuatro pasitos. Estuviera quien estuviera después. Solo cuatro pasitos, después de haber pasado la parada más dura, parecía algo más que sencillo.

Hay muchas lecturas para hacer, ¿sabés? Pero en ninguna se puede obviar el robo. Tendrá que pasar una generación entera de árbitros a explicarme cómo y por qué se dejó pasar esa jugada, la que ni siquiera hace falta nombrar. Y no lloro el penal -jamás podría hacerlo sabiendo que Independiente falló 7 de 14 en este ciclo, un número por demás insultante-, sino la omisión del juez de ir al VAR. Eso es lo que más loco me puso (pone). La prepotencia del brasileño aquel que ni siquiera fue capaz de ir a verla, como diciendo “¿ves? Es al pedo que vengan estos cuatro tipos a ver los videos”. Tan alevoso fue.

Entendiendo esto, sentémonos y hablemos de lo que quieras. Quiero escucharte y que vos lo hagas. Te voy a decir que nunca hubiera dejado al Puma en el banco para este partido. Con el diario del lunes, contarte que el planteo fue errado en el primer tiempo al tratar de querer poner la pelota al piso y dominar: era para hacer un juego más rápido y directo, ese que nos sentó tan bien el año pasado, y que con dos toques y el dinamismo de Meza y Benítez por afuera, llegar adentro. Todos sabíamos que ellos se iban a matar y que iban a venir, que te iban a comer las piernas. No tenerla tanto con Hernández -mamita, el fresquito de ese pibe anoche-, sino distribuir y moverla rápido para resolver contra su presión. Triangular, ser pillos, argentinos, eso con lo que siempre me viste enfurecerme cuando no lo éramos.

Hubo un momento en el que fui muy feliz y no fue en el gol, fue justo después. Independiente festejando y Gallardo pidiéndole a su gente que aliente, aterrado ante el silencio. Moviendo los brazos con furia hacia el cielo y gritándoles que dale, que canten ahora que los necesito. Dije: “Es acá”. Fue un segundo donde me confié y pensé que ya lo teníamos. Y después esa boludez de hacer tiempo, de tirarnos al piso y enfriar. No era la manera, vos sabés que eso no me gusta. Lo erradicaría del fútbol para siempre, cambiaría el reglamento, no sé. Y ahí nomás nos meten ese gol de orto. Que en realidad es hermoso, pero le viene a rebotar a uno nuestro cuando tenés todo controlado y le queda al de ellos ahí, ¿a vos te parece? El fútbol es divino, pero a veces es tan hijo de puta.

River tiene un equipazo y un técnico que es un fenómeno. Para colmo, mirabas al banco de ellos y estaban Quintero, Zuculini, Mora. Nosotros, con nuestras armas (armitas), hicimos lo que pudimos y morimos de pie. Siempre de pie. Tal vez ayer recién, tipo 21.15hs, te diste cuenta que estos partidos muy jodidos hay que ganarlos de local porque, con equipos así, allá es chivísima. Pero ¿qué les vas a decir a estos pibes después de la actuación en Avellaneda? Dos palos, Armani en modo Dios, nuestro juego histórico representando a toda la gente presente. Por eso no tengo reproches con los nuestros, sino angustia y desazón por todo ese morbo que, quizá, hubiera cambiado la historia. Sé perder, siempre lo supe y vos también porque somos grandes, muy grandes. Reconozco la superioridad y los errores. Pero cuando te meten la mano en el bolsillo así, ¿viste? Ahí te queda eso en la garganta, esa angustia que aún hoy, cuando abrís los ojos, sabés que la vas a tener mucho tiempo.

Ahora ya está. Entre errores y todo esto, no me queda más nada. Me descargo con vos porque es la única salida. Fui muy feliz mientras estuvo latente esta ilusión tan linda, pero cuando te dan estos golpazos cuesta un huevo digerirlos, y a la larga te das cuenta que no queda otra que poner la jeta y seguir al frente. Eso sí, nunca me vas a escuchar tirar mierda. Eso se lo dejo a los malaleche, a los “yo te dije” que siempre están ahí y se la saben lisa. Acá no. Acá solo hay agradecimiento por lo que me hiciste vivir. Hace rato que no caminábamos así de juntos y miranos hasta dónde llegamos; algo habremos hecho bien. Pero estoy seguro, de verdad, que este es solo el punto de partida para empezar a andar mejor. Juntos. Como siempre.

@rffailache

La perfección

Cuando Andre Agassi ganó su primer torneo Grand Slam, en Wimbledon, su alegría no le duró más que unas pocas horas. Se sentía indiferente, igual que siempre, pero con un trofeo más. El mismo caso le ocurrió después de vencer a Pete Sampras en la final de Key Biscayne, tras alcanzar la primera posición del mundo en el ranking ATP y desplazar a su compatriota luego de 82 semanas consecutivas en ese puesto. Agassi no disfrutó nada. “Las victorias no nos hacen sentir tan bien como mal nos hacen sentir las derrotas, y las buenas sensaciones no duran tanto como las malas”, confiesa en Open: Memorias, su brillante autobiografía. La constante búsqueda de la perfección que su padre le incentivó a encontrar desde que era apenas un chico lo convirtieron en el tan obsesivo pero perfeccionista jugador que fue, y alcanzar la cima mundial le llevó, tan solo, 25 años.

Nosotros, los independentistas de ley, hemos pasado por algo parecido. Siempre nos supimos los mejores -la humildad no es algo que nos caracterizó después de haber dejado atrás tantas hazañas-, y fue así como fundamos nuestro nicho. Nos acostumbramos a ganar todo lo que jugábamos y fue, de esa manera, que nos conocieron por nuestro tan glorioso mote: Rey de Copas. Claro, durante mucho tiempo, también, nos dormimos en los laureles y otorgamos demasiada ventaja. Sin embargo, nos reinventamos de la mano de un tipo perfeccionista, de un ambicioso del laburo que, además, nos pertenece ideológica y sentimentalmente. Alguien que nos devolvió el sentido de pertenencia y que, en 20 meses de trabajo, nos puso en la cima de nuevo.

Ariel Holan es el responsable de todo este monstruo. Es quien recibió un club que flotaba en la mediocridad y un equipo acostumbrado a oscilar lejos de los puestos protagónicos, y lo reconvirtió. No le tembló el pulso para depurar y seleccionar su plantel, se reforzó con pibes de las inferiores, los potenció inculcándoles la idea de juego histórica del club, generó millonarios ingresos a partir de sus ventas, y ubicó a Independiente en boca de todos otra vez. Salió campeón con lo que tenía y después, estabilizada la situación económica, armó un conjunto de calidad. Un activo enorme, el cual años atrás solo imaginábamos como una utopía entre gallos y medianoches.

Hoy podemos hablar de que Independiente tiene con qué ilusionarse. Es competitivo por sus formas y por su riqueza en materia prima. El que no pone, no juega, y esa es otra de las máximas a las que este técnico nos acostumbró en este período, tras años de haber padecido equipos que se daban por muertos a los 70 minutos. Y desde los nombres, algo que no pasaba hace tiempo: hay recambio. Mirar a los once que salieron a la cancha en Japón daba gusto, pero leer el banco y ver opciones se había transformado en algo inusual. A que no saben a quién se le debe eso.

“Más allá de los resultados puntuales, es fundamental ver un equipo en el que son todos de Independiente, ver que los predios son de primer nivel y que el club siga creciendo. A eso le doy más valor que a las copas, porque si la base está sólida, las copas vendrán este año o el que viene“, declaró Ariel tras salir campeón. El Profesor no se vanagloria de sus éxitos ni detiene su búsqueda. Está un paso adelante del goce y persigue un horizonte marcado. Como Agassi, no se permite pisar el freno y relajarse. Sabe que eso ya nos ocurrió. Parafraseándolo, “les dimos 30 años de ventaja”. Pero hoy estamos de vuelta. Resurgimos. Y todavía falta lo mejor.

Por @rffailache

El vuelo

La turbina comienza a sonar y es ahí cuando abro la computadora. Ayer no quise saber nada. Desde que el peruano Haro miró su reloj y levantó la mano, solo me dediqué a esperar que la bronca amaine, que el veneno desaparezca. Tomé una birra y comí un sanguche en uno de esos lugares modernosos, pero no hubo caso. Conté hasta mil con la almohada y tampoco. Ahora, el avión que me lleva a Jujuy por trabajo emprende su vuelo y parece ser el momento de la catarsis. Dos horas para meditar. Me pregunto si habrá sido tan terrible como lo imagino, o si exagero porque todavía me dura parte de esa angustia que me destroza la comisura de los labios de tanto morderla. Me pregunto si este fue un punto de inflexión, o simplemente una noche negra en la competición más dura del continente. Me pregunto, también, si me puedo plantear estas cuestiones en forma de palabras; si es demasiado prematuro para hacerlo, y si “está mal” o no.

Por la dinámica del tecleo, me doy cuenta que la sangre todavía hierve. Es más lo que borro que lo que escribo. Me cuido, trato de aplacarme. Lo primero que pienso es que lo de ayer fue el segundo papelón del equipo de Holan –el anterior había sido en La Bombonera el año pasado-. Hace rato no pasábamos uno así. Independiente nos supo acostumbrar, durante este ciclo, a que los resultados fueran producto del buen juego y a estar comprometidos con la idea aún en la derrota, dejando alma y vida en la cancha. Y ayer, ni una ni otra. Fue un espanto de equipo, no zafó uno. Bah, sí, uno solo: el arquero. Después, nadie. Un ratito de Benítez en el primer tiempo, que con mostrar un atisbo de rebeldía sobresalió, y otro poquito de Franco, el más parejo quizá.

Inmediatamente, pienso en el segundo problema que se me viene a la cabeza, aunque me retracto enseguida. Esto sí debe ser un brote de la calentura misma. Es la llamativa falta de juego. Razono y digo que en lo que va del año no se jugó nunca bien, pero después me acuerdo de los primeros 30 minutos con Gremio hasta la expulsión del Puma, del partido con Banfield donde mereció ganar por más y del avasallante despliegue contra Rosario Central. Fútbol hay y las bases están. Pero hay que retocar mucho: la defensa está demasiado frágil; el mediocampo puede contener pero no sabe cómo generar; de tres cuartos para arriba falta explosión y dinamismo en los metros decisivos, algo que este Independiente supo exprimir. Hay varios temas en la agenda, y en esta Copa tenemos al campeón de Brasil y al de Colombia. El tiempo apremia.

Sí cabe destacar, mientras sobrevuelo lo que parece ser Rosario, que las buenas actuaciones individuales fueron mermando. Sumada a la salida del capitán y de Barco, están Meza que nos abandonó en lo que va de este 2018; Bustos, quien nunca volvió al nivel mostrado previo a la lesión; Menéndez, que demostró que todavía le falta acoplarse al equipo; Gaibor, que tiene clase pero que en este tipo de partidos debe poner un poquito más, acostumbrarse a cómo se juega en el fútbol argentino; y Leandro Fernández, a quien la falta de compromiso lo puede traicionar. Ojalá nunca más entre a jugar un partido como lo hizo ayer y entienda que, le toque desde donde le toque, tiene que sumar.

Me traen un café y parece estar menos caliente que yo con el nueve. Ni nombrarlo quiero. Si vino del América, lo pagaron cinco palos y lo presentaron como el futuro goleador del equipo, al menos que tenga la nobleza de quedarse entrenando después de hora para estar en forma. Y con “estar en forma” no me refiero a ser Cristiano Ronaldo. Hablo, mínimamente, de hallarse en condiciones de cuidar una pelota. De tener la repentización necesaria para poder girar y patear al arco. De aguantar a un tipo de espaldas y pivotear correctamente. Cosas básicas que figuran en el manual del delantero y que estoy seguro que las tiene incorporadas, pero que su estado físico no se lo permite. Independiente no es un club al que se viene a estar cómodo y probar, ver qué onda. Es el Rey de Copas y se está jugando la Libertadores, con todo lo que eso implica.

Después, están las formas. El rival, visiblemente inferior, dejó la vida y lo felicitamos, pero en ningún contexto pudo haber sido más que Independiente en cuanto a lo actitudinal. Les costaba levantar las piernas a los nuestros. Hasta en la transmisión se animaron a preguntar si había altura. Este equipo viene de ser campeón sudamericano gracias a su compromiso, y ayer penó en la cancha –o en algo similar a eso con pasto y delimitado por cuatro rayas-.

El vuelo de la catarsis se acerca más al destino. Hay quienes roncan, nunca voy a saber cómo hacen para dormir en los aviones. Nos avisan que llegaremos en 20 minutos. Hablo con compañeros del trabajo, hinchas de San Lorenzo y de Boca, y le tiran flores a nuestro equipo. “Ustedes son los que mejor juegan”, me dicen. Trato de descifrar algún intento de mufada, pero parece ser real. “Hasta ayer, Boca no daba dos pases seguidos”, enarbola uno.  “Lo tienen a Meza y nosotros, a Gudiño”, vocifera el otro. Tratan de consolarme. Pero a esta altura, no la literal sino la metafórica, no sirve. Solo queda esperar. Que la bronca amaine, que el veneno desaparezca. Poner cabeza y aguantar el tirón, que con la vida es así. El lunes habrá que mostrar otra cara y mejorar. Sobre todo, mejorar. Demostrar que lo de ayer no fue más que una mala noche.

Por @rffailache

El cielo puede esperar

¿Qué tan banal es el hecho de querer amagar a la derrota enarbolando que uno “ama” a su club? Esconder toda esa frustración detrás de un simple “no importa, (club x), yo te amo igual sin importar los resultados”. Es de manual, ficcional, absurdo, una falacia tan irrelevante que no encuentra sostén para establecerse. Al fin y al cabo, sabrán, el fútbol se trata de resultados y son ellos los que determinan el andar histórico. “Del segundo nadie se acuerda”, dijo una vez Diego Simeone después de perder la Champions League a manos del Real Madrid. Las estadísticas contra las formas, una vez más, llevado a un extremo.

Pero Independiente fue, anoche, un nuevo capítulo de esta vereda opuesta que, al menos yo, elijo para transitar en todo camino de vida que se me cruce: el del esfuerzo y sacrificio como medio para el fin. Legamos esta herencia en bondad de gente que nos educó con estos valores, los de no rendirse nunca y pelearla hasta el final; al fin y al cabo, Independiente siempre fue eso. Era priorizar el cómo para llegar al qué; era darle importancia al durante y no solamente al objetivo; era la valentía, la guapeza en la disputa; era perecer siempre y cuando no quedara otra alternativa posible. Fuimos esto durante mucho tiempo, aunque tuvimos un rato largo donde nos habíamos olvidado realmente quiénes éramos. Por suerte, esa jaqueca ya pasó y recobramos la memoria, y ayer Gremio nos eliminó -porque no nos ganó- en condiciones límites.

Estos guerreros -porque no les cabe otro sustantivo- dieron todo y más. Lucharon como lo ameritaba esta batalla y no la perdieron. Se enfrentaron en desigualdad de condiciones -injustamente, para quien suscribe- y así y todo no pudieron con este gigante. Tuvieron que recurrir a “la tecnología”, como si se tratara de un poder divino y solvente cuando en realidad es un producto ineficiente y subjetivo que se aplica vaya uno a saber cuándo, para sacarle fuerzas a este coloso, pero no pudieron. Debieron dirimir la serie de 210 minutos, en el que un club jugó con un tipo de más durante 140, en el azar mismo de los penales, algo tan insalubre para el espectador como nocivo para los jugadores. La bronca, indudablemente, pasa por ahí: ¿Qué hubiera ocurrido en un duelo justo de fútbol? ¿Habría Gremio aguantado la intensidad de Independiente de local en un mano a mano de 11 vs 11? ¿Qué, quién y cuándo se aplica el VAR? ¿Realmente sirve para interceptar intenciones y manifestaciones de los jugadores si se ven cámara lenta y descontextualizadas de la acción completa, o debiera limitarse al hecho de reducir jugadas de offside y gol/no gol, donde el reglamento sí ampara validez? Van a jugar un Mundial con esto, ¿eh? ¿En serio están preparados?

Poco hay para hablar de fútbol. Independiente tuvo unos 30 minutos donde fue muy superior de local y 35 para el olvido en Brasil. Es por eso que elijo quedarme con la furia de Nico Domingo, un león que se devoró la mitad de la cancha y sudó la camiseta roja como ningún otro; con la actitud de Alan Franco, quien levantó su nivel después de un comienzo no tan bueno en Brasil; con las aptitudes de Martín Campaña, lejos el mejor arquero del fútbol argentino y quien volvió a demostrarlo; con la pesadumbre con la que carga Benítez, alguien a quien el destino lo condenó a quedar siempre en la página húmeda, pero que al igual que el resto dejó la vida en la cancha; y con la intensidad del equipo, que jamás bajó la guardia pese a las adversidades y relegó la posibilidad de darse por muerto antes de tiempo.

El Rojo nos volvió a deslumbrar. El año pasado lo hizo con su juego, pero en este, en el que el comienzo no se presentaba tan auspicioso y un título nos gambeteó y esquivó, dio muestras de su coraje. Esto es lo que quiero ver siempre en Independiente, un equipo que tire para el mismo lado, que tenga objetivos comunes y horizontes diáfanos. Exhibió pruebas de que tiene impregnado el gen con aquellos valores de los que el equipo se vanaglorió históricamente, y fue decoroso a la hora de competir. Bramó, rugió, luchó, murió de pie y reconoció la superioridad ajena, todo lo que espero de una institución que no puede consagrarse. Un real orgullo nacional, que debió ser sacudido para asumirse derrotado. Hay motivos de sobra por los que esperanzarse de cara al futuro. El cielo puede esperar.

La senda, sin embargo, es larga. El 2018 recién arranca. Ya verán, todos aquellos que se ponen enfrente, lo que significa presentarle guerra a estos pibes, un terreno en el que, aseguro, más de uno no quiere entrar. Cada quien que ingresa al equipo sabe lo que tiene que hacer y eso habla de la situación actual. La Recopa ya quedó atrás y la decimoctava todavía no se nos dio, pero no es poca cosa lo logrado hasta ahora. Esta vez, muy lejos de aquella frase banal, sí puedo decir que estoy representado por mi equipo y que me satisface verlo competir. Que no tengo recriminación alguna y que hasta me emocioné con la entrega, con sus formas frente a la derrota. Esta vez, no puedo exigirle nada más a nadie.

Antes y después

Imprevisto. Así se define al comienzo de año para este campeón sudamericano que sorprendía con su juego a propios y extraños hace apenas unos meses. No es para preocuparse porque hubo muchas variantes que hicieron a la renovación de este producto y porque en el partido con Rosario Central se mostró bastante de lo bueno que todavía queda, pero sí está en claro que Independiente necesita volver a trabajar sobre cuestiones específicas. Antes, el equipo caminaba solo y ahora, el Profesor tiene mucho qué hacer en su laboratorio.

Más que la defensa, que es uno de los puntos a reconstruir, lo que más me llamó la atención de la derrota contra Estudiantes fue la llamativa incapacidad de reacción para sobreponerse al resultado, algo a lo que Independiente se había desacostumbrado. Con la espalda cargada de partidos trascendentales en los que supo reponerse y ser el gran victorioso, como por ejemplo fueron la vuelta frente a Libertad de Paraguay y las dos finales ante Flamengo, el Rojo mostró anoche una cara inversa completamente desconocida en este ciclo de trabajo. Solo pateó al arco una vez después de que le marcaron el empate -Torito Rodríguez- e hilvanar un juego fluido y conexo se tornó una odisea. Anoche se notó la falta de un referente, alguien que empujase y fuera para adelante con la pelota cuando las papas quemaban. Y esa figura, que antes se encarnaba en el capitán Tagliafico, deberá comenzar a erigirse en situaciones como estas. Habremos de ver quién será el nuevo líder futbolístico que contagie a este equipo en las malas.

Mencionaba antes a la defensa y parece uno de los puntos a edificar nuevamente. Porque si bien la intención de juego y la idiosincrasia están impregnadas en este plantel -que nunca hay que dejar de recordar que viene de ser campeón y tiene las raíces echadas-, perdió soldados que contribuían a la causa y debió reinventarse. Las lesiones Franco y Amorebieta, sumado al nivel de (in)seguridad que brindó Figal, hicieron que una improvisada línea del fondo tuviera una noche para el olvido. El punto central del trabajo debe estar ahí, reordenando los achiques y con horas y horas de entrenamientos para que los recambios adquieran rodajes intensos y así conocerse.

El Profesor se equivocó en el planteo y no dudó en admitirlo. Con la autocrítica como bandera, al igual que siempre, señaló en conferencia que “la estrategia no fue la adecuada” y reconoció sus errores en un once raro, que tuvo nombres que no se adaptaron al ensayo dispuesto. De todos modos, es innegable que este presente, a la vez, se da por estar pagando las consecuencias de un mercado de pases que terminó siendo bueno pero que demoró demasiado por las especulaciones eternas de esta Comisión Directiva. Por desmanejos y recurrencias impropias del ámbito futbolero en las negociaciones, el equipo de Holan tuvo anoche solamente a dos de los seis refuerzos que cerró (Brítez y B. Romero dijeron sí; S. Romero, Gaibor, Menéndez y ¿Benavidez? aún no). Hubiera sido mucho más prudente, teniendo en cuenta que en dos semanas se juega una final, que los nuevos tuviesen algunos entrenamientos más con el plantel para así poder llegar con conocimiento de este juego, pero bueno… ¿Cómo explicárselo, no?

Obviamente que estos traspiés son preferibles no tenerlos. El hecho de ganar un punto de seis en condición de local hacen que este comienzo de año sea malo, pero mirando el vaso medio lleno elijo que esto ocurra ahora y no cuando ya sea muy tarde, es decir en el partido contra Gremio. Todavía queda el duelo ante Colón para trabajar y reajustar las tuercas, teniendo en cuenta que no todas en el balance son negras: la esencia de juego no se perdió; el Puma sigue afilado y en un nivel exuberante; y el equipo tiene intención e intensidad de juego. Así y todo, queda mucho por hacer y será hora de que el Profesor nos dé más de las gratas sorpresas a las que nos acostumbró en el último año. Hoy, todo vuelve a empezar (y será lo que ya fue).

Por @rffailache.

Carta a un capitán

Días como los de hoy son los que no quiero vivir nunca. En los que me encantaría ser el más egoísta del planeta y cerrar el Aeropuerto de Ezeiza, ponerle una traba a la puerta de Villa Domínico. Olvidarme que, más allá del deporte, hay una cuestión humana de fondo que es lo que hace que la pelota finalmente ruede, y hacerme bien el gil con tus aspiraciones personales. En días como los de hoy quiero tapar el sol con las manos y pretender que todo sigue igual. Porque capitanes como vos no son precisamente aquellos que abundan.

En días como hoy me acuerdo de tu llegada al club como si el tiempo no hubiera pasado. Aducías, en tus primeros partidos, que no te encontrabas en tu mejor forma, aún siendo uno de los más destacados, y prometías que Independiente se daría cuenta de lo que eras capaz con el correr de algunos encuentros. Siempre con perfil bajo, rodeado de caciques dentro de un equipo mezquino. Empezaste a erigir tu leyenda para terminar siendo un emblema, el único que quedó de una camada prácticamente olvidada. Algo habían visto en vos.

Son en los días como los de hoy, también, donde repaso el porqué de tu capitanía. Bastan hablarte dos palabras para darse cuenta que te salís de la media y que tenés una mentalidad ganadora. Aquella charla en la que aseguraste que querías “hacer resurgir a Independiente e inculcarle a los más chicos en dónde están jugando”. Todo lo viste con los ojos de quien buscó autosuperarse constantemente y quien siempre pensó primero en el club antes que en obtener un rédito propio. Fuiste el que tuvo un ofertón para irse en junio con la potestad en tus manos de dejar al equipo rengo, pero prometiste quedarte para ganar la Copa y emigrar en diciembre. Un líder innato que predicó con el ejemplo a cada paso que dio.

Es inevitable no recordar tu sacrificio. Esa lascivia que sentiste por ganar, por ir al frente y sacar fuerzas de lo más recóndito para salir adelante. Las pírricas noches, como la última en el Libertadores, donde te vimos arriesgándote con cuerpo y alma para salvar lo que era un gol seguro de ese brasileño; el empuje en el 2-1 contra Huracán; el partidazo que jugaste con Lanús con un final ingrato en el 1-1, y las tantas otras que ahora no se me vienen a la memoria porque fueron muchas. El corazón como factor determinante a la hora de tomar decisiones. Vestiste como pocos la camiseta de Independiente, lo supiste hacer desde el primer día y por eso el club te va añorar y estar eternamente agradecido.

Las despedidas son esos dolores dulces, dicen. Días como los de hoy son los que no quiero vivir nunca, pero la otra parte de mí te sabe entender las pretensiones. En un fútbol distinto, con una calidad de vida distinta, con un sueldo distinto y con muchas más oportunidades. Ojalá te miren lo que hoy no y te den la chance de jugar el Mundial de Rusia; nadie más lo tiene tan merecido en tu lugar. Estoy casi convencido de que futbolísticamente tu puesto acá, en Avellaneda, va a estar bien cubierto, mientras nos aferramos a la búsqueda de otro capitán. Vos, por lo pronto, quedate tranquilo que algo es seguro: la 3, limpita, con la estampa de Nicolás Tagliafico y la cinta de tu brazo izquierdo, las dejamos guardadas en algún placard rojo de esos que hay en Bochini y Alsina para que las vuelvas a reclamar cuando quieras.

Por @rffailache

Independiente de antes

Escribo en un contexto donde las palabras sobran. Donde, soy consciente, ya no hay más nada para decir. Nunca me gustó eso del periodismo de opinar porque sí, de que por el hecho de tener el espacio haya una necesidad imperiosa de hacerlo. No. En este entorno que nos rodea a todos los hinchas de Independiente, las lágrimas y la emoción supieron ganarle a lo dicho. No hay nada más hermoso que volver a ser y eso es muy difícil plasmarlo en una nota, catalogarlo como quien describe un hecho fehaciente. Por eso en esta columna me quiero abstraer y se las doy a mi abuelo y a mi viejo. A Hugo Alberto y Hugo Alejandro. Porque ellos me transmitieron esto.

Nunca ninguno de ellos me llevó a la cancha. Es una confesión durísima, pero conocí el Libertadores de América solo, a mis 19 años, cuando tuve mi primer laburo estable -antes trabajaba los fines de semana y tampoco podía ir-. A mi viejo nunca le gustó eso de ir; lo sentimos de una manera muy diferente, vaya a saber uno por qué, y es al día de hoy que todavía me niego de ese privilegio. Por eso, llegado el caso, ni unas zapatillas, ni un equipo de música, ni un perfume, ni nada de eso. El día que cobré el primer sueldo, me fui a Boyacá 470 y gasté esas pocas monedas en hacerme socio. Sabía que esto era para siempre. Y el 12 de mayo de 2012 asistí a mi primer partido en nuestra casa, con amigos del barrio. Fue en un Independiente 0 – All Boys 3, en medio de una institución prendida fuego en la que el presidente se vanagloriaba y pregonaba ser el restaurador mientras caminaba victorioso en el entretiempo por el césped, bajo un manto de grito que coreaba que “el club es de los socios”. En esa jungla me había metido.

Fueron cinco dolorosos años de ir a ver siempre lo mismo. Derrotas, desilusiones y asperezas en el camino, al tiempo que el premio consuelo se materializaba en los relatos de Hugo Alberto contándome lo grande que había sido Independiente. Lo oía hablar de la clase del Bocha, de los penales de Pavoni, de la gloria de Micheli-Cecconato-Lacasia-Grillo-y-Cruz, y se sumaba Hugo Alejandro opinando sobre la categoría de Marangoni, la rudeza de Trossero y Villaverde. El vaso, claro, seguía vacío, pero servía de ungüento por un rato, siempre pensando en lo mismo: “Jamás voy a ver al Independiente de antes”.

Pero me equivoqué. Porque Holan nos devolvió al Independiente de antes. Nos dio a once caballeros, hombres de verdad, que jugaron con hidalguía y grandeza todos los partidos que afrontaron. Fueron respetuosos. Pero sobre todo, ganaron jugando, más que al fútbol, al fulbito, como en el barrio. Tocando la pelota. Es un justísimo campeón porque es el que mejor se desempeña adentro y afuera de las cuatro rayas -ya quedó claro lo traicionera que fue la gente del Flamengo con su rival-. Recibí miles de mensajes de amigos no hinchas que admiran lo que mete y lo bien que trata a la redonda este equipo. Ayer daba gusto ver cómo la movían de un lado al otro en el Maracaná, hubo una clara intención de poner la pelota al piso y usarla con inteligencia. Las triangulaciones, los toques cortos y precisos, los cambios de dirección orientados con un objetivo concreto, la intensidad en la presión. Estos pibes entendieron la idea de un técnico que es enorme de verdad y que tiene muchísimo más para dar.

Hoy, rebozado de orgullo, puedo decir que vi jugar al glorioso Independiente de antes del que tanto me hablaron. Tuve a la memoria viva adelante de mis ojos. Casi como si fuera una reencarnación de aquellos equipos llenos de mística, el Rojo conquistó su decimoséptima copa internacional, siendo ese club que enamoraba a propios y extraños con su rendimiento, con su profesionalidad y con su fútbol. A Holan le voy a estar eternamente agradecido por haber logrado esto, pero más porque me dejó ver, en carne propia, los relatos de Hugo Alberto y Hugo Alejandro. Vi las subidas de Pavoni en Tagliafico y los desbordes de Burruchaga en Meza, tal como me contó mi abuelo, y la furia de Clausen en Bustos y las voladas de Santoro en Campaña, como relataba el viejo. Y también en un bar de Avellaneda y en la Avenida Mitre, los vi a ellos. Y festejé sin abrazarlos, como hace rato la vida me enseñó a hacerlo.

Dedicada, también, a Ernesto. Que vio toda la copa desde la platea más alta.
Por @rffailche

Imposible

“Imposible -sentenció el más grande boxeador y quizás deportista de todos los tiempos, Muhammad Ali- es solo una palabra que utilizan los débiles que encuentran más fácil vivir en el mundo que les han dado que explorar el poder que tienen para cambiarlo. Imposible no es un hecho, es una opinión. Imposible no es una declaración, es un desafío. Imposible es potencial. Imposible es temporal. Nada es imposible”. La biografía de su vida tiene perlitas como estas que son de colección.

Imposible es una palabra que el Independiente de Holan no conoce en absoluto. Para muchos, imposible era revertir el partido contra Flamengo, un equipo hecho y derecho, después de ese impacto durísimo a los ocho minutos. Sacarle la pelota a esos tipos, que se la cambian de un pie a otro y juegan al fulbito como nadie. Que tienen un laburo de pelota parada muy rico -el desmarque en el gol es todo trabajo-. Que cuenta con la sabiduría de Diego, la experiencia de Juan, la sensatez del profe Reinaldo Rueda. Eso era imposible. Pero a este Independiente siempre le gustaron los retos y guapeó una vez más. En una final, contra una de las instituciones más prodigiosas del mundo por su magnitud, contra la adversidad del resultado y, de nuevo, contra la animosidad de los árbitros. Ganó jugando como le gusta a su gente. Ganó con hombría.

A Reinaldo Rueda, técnico de los brasileños, le preguntaron por qué perdió su equipo y, entre otras cosas, destacó que “Independiente te exige constantemente”. Es la rudeza de Tagliafico y de Bustos, el esfuerzo del Torito Rodríguez y de Alan Franco, y la actitud de un once voluntarioso servido para jugar en conjunto lo que destaca a este plantel. La regla de la psicología Gestalt dice que el todo es más que la suma de las partes, y esa máxima se ve reflejada en su totalidad en los pibes de Holan. La sapiencia de Gigliotti -cuánto lo extrañamos en este nivel- no sería nada sin la rapidez mental de Maxi Meza, otro de los puntos altísimos. La inteligencia de Sánchez Miño quedaría opacada sin el atrevimiento de Barco. Todos dispuestos para un mismo fin. Independiente sabe a qué quiere jugar y lo hace convencido. Su premio es la victoria en una primera final y a 90 minutos de la gloria eterna.

Pero también hay que hablar de fútbol, porque Independiente ataca y lo hace muy bien. Los contragolpes son letales; las triangulaciones en espacios cortos están trabajadísimas; los avances siempre se dan en superioridad numérica; se asfixia al rival en los ataques y se disponen a los diez jugadores de campo en el cuadrado contrario. Porque no todo es actitud, sino también buen juego. El fanático del fútbol no puede no disfrutar viendo los desmarques de este equipo, las asociaciones entre Benítez, Meza y Barco, la picardía para romper líneas. El Rojo juega bien, juega lindo, divierte y su virtuosidad enamora hasta a hinchas rivales. Y eso también se lo debemos al Profesor. El fútbol, a veces, entiende de justicia. Y si esto pasa, debería consagrar a este equipo, por lejos el mejor de la Copa.

El primer paso está dado. De acá había que partir con una ventaja, cualquiera sea ella, porque allá va a ser durísimo. Flamengo jugó 42 partidos en el año como local y solo perdió tres -empató once, que también sirve-. Son una maquinita, comandados por un entrenador más que experimentado. Tienen buen pie, tienen a sus 45 millones de hinchas, tienen mucho trabajo en sus espaldas y las de ganar. Pero mejor. Porque ya lo demostraron estos pibes, unas bestias llenas de hambre de gloria, todo lo que les gustan los desafíos, los retos. Lo imposible. Y cualquiera sea el resultado, les estaré eternamente agradecido. Ahora será cuestión de luchar por lo imposible, porque lo posible se agotó.

Por @rffailache

Y así vivir

Antes que nada, les quiero pedir perdón. Como alguna vez supo deleitarnos el maestro Eduardo Sacheri con su cuento “Me van a tener que disculpar” -y lejos, muy lejos, de querer entablar cualquier tipo de comparación-, quiero empezar estas líneas anteponiendo un pedido de disculpas, que va dirigido a la parcialidad que no es hincha. A esta le hago llegar mi mensaje, porque es muy probable que la exima de muchas cosas si es que leen lo escrito a continuación. Es que parte de lo que quiero transmitir solamente se explica desde un colectivo de identificación que lo siente, que nació con esta maldita enfermedad, y si bien no tengo intenciones de excluir a nadie, es probable que en el camino se les queden varios conceptos por el simple hecho de no ser parte. Por eso ofrezco mis perdones. Porque solamente quien caminó descalzo sobre los carbones sabe lo que duelen estas ampollas. Y hoy, por fin hoy, tanto tramo de sufrimiento parece haber claudicado.

Después de tanto tiempo, salió el sol para nosotros. Los que estuvimos en las tribunas cuando todo salía mal, empujados por un amor que vaya a saber cuándo le juramos fidelidad pero que nunca traicionamos. Únicamente el hincha de Independiente conoce lo que es haber sido el hazmerreír del país en estos últimos años. Ser víctimas de la desdicha futbolera, de los desmanejos dirigenciales, del desorden y el caos mismo. Del proceso de desinstitucionalización sufrido. Y sin embargo ahí estábamos nosotros, contra viento y marea, frenando las balas con el pecho. Y hoy, por fin hoy, tanto tramo de sufrimiento parece haber claudicado. Hoy volvimos a ser.

Independiente sacó chapa. La parada era bravísima y mostró los dientes de nuevo. Libertad fue un rival muy duro, muy afilado y muy trabajado, que supo siempre a qué quería jugar y cómo debía hacerlo. Un equipo al cual le habían convertido solo dos goles en siete partidos, y también uno al que no había que dejarle una pelota parada porque de arriba te la iban a mandar a guardar. Con Libertad hubo que rendir al 100%, no perderse en un segundo de distracción, y el Rey de Copas estuvo a la altura. Lo ganó con el oficio de alguien experimentado en la materia internacional y, por sobre todo, jugando a la pelota. Atacando de manera excelsa cuando hubo que hacerlo -los dos goles de jugada son uno mejor que el otro- y defendiendo con rudeza cuando el partido lo pidió. Fue inteligente para plantarse y tuvo los ingredientes de siempre: convicción de su idea, actitud, entrega, sacrificio e intensidad.

Durante muchos tramos el dominio fue repartido, pero hay un momento clave en el que se termina de quebrar y a partir del cual Independiente se vistió de amo y señor: una vez consumado el cambio de Amorebieta por el Torito. Holan jugó al ajedrez una vez más. Leyó bien el partido y rearmó la mitad de la cancha y la defensa con la ventaja de la victoria. Vio que el rival se venía por la vía aérea como un tornado y metió al Vasco que entró atento, con el cuchilo entre los dientes, para afianzar a una línea que se hacía cada vez más endeble. Tagliafico, quien jugó un partidazo, pudo liberarse de cargas y agigantó su figura para volver a ser el león de siempre, capitán y emblema de todos los hinchas. Fue entonces cuando Independiente recuperó el protagonismo y cesó el sufrimiento ante los reiterados avances de los paraguayos. Al menos hasta ese tiro libre de Sasa, que vaya uno a saber qué vio el árbitro a la hora de cobrar.

Pese a este ingreso, el punto más alto de la noche no puede no ser para el Puma. Gigliotti tuvo, por fin, su partido consagratorio en donde fue el mismo que alguna vez mostró ser en los primeros encuentros, donde a base de sacrificio y luchas eternas ante los centrales se ganaba un lugar en el once titular. Tenerlo de nuevo en buenas condiciones físicas es una noticia auspiciosa, porque te permite demostrar lo eficiente que es este equipo a la hora de jugar con un nueve referente del área. Los dos goles que marcó son propios de un centrodelantero de oficio, y se sacó su propio pasaje a Río/Barranquilla. Y párrafo aparte para Meza, que con una viveza en el pase a Bustos en la del penal y un control orientado excelente para asistir en el segundo gol ocupa su lugar en el podio. Junto a Barco lo completan, con otro partidazo del pibito que cada día demuestra más personalidad.

Ariel Holan lo hizo de nuevo. No le alcanzó con potenciar a un plantel entero, sino que además lo llevó a la final de una copa con más aciertos que errores en sus planteos. A base de humildad y silbando bajito, el Profe se las rebuscó para armar un plantel de alta competencia pese al abandono dirigencial en el mercado de pases. Supo suplir la dura baja de Rigoni con sus propios jugadores y le sacó el jugo a varios de ellos convirtiéndolos en polifuncionales, les enseñó a jugar en diferentes lugares y los aprovechó al máximo. Sí, ese mismo al que se le reían de los drones. El mérito tiene nombre y apellido, Profesor.

Siete años tuvimos que esperar para tener otra vez una sonrisa en la cara. En el durante, solo vimos espejismos que al rato desaparecían. Pasamos por lo peor de lo peor, por el ocaso del abismo más hostil, y también circulamos por la senda de la desilusión más veces de las que hubiéramos deseado. Sobraron los momentos en que parecía que sí, que llegaba la hora de levantarse y que al fin volvíamos al ruedo, pero solo era humo. Y ahora no. Este logro es tangible. Es palpable. Es real. Estamos en una final, otra vez, con todo lo que eso significa para nosotros. Recuperamos esa sed de ser, la respetamos y dio sus frutos. Tal vez hubo que pasar por todo esto para llegar hasta acá. Hoy la espera parece haber valido la pena. Porque hoy sabemos que no hay alegría sin dolor. Y todavía falta lo mejor.

Por @rffailache

A la memoria

Estadio Mario Alberto Kempes. El domingo pasado tuve la oportunidad de estar en uno de los templos del fútbol argentino, la casa de Talleres. Me aplastó ver al gigante. Contemplé sus interminables tribunas, fui víctima de la calidez de los cordobeses, y, claro, también verdugo de la memoria. Las constantes reminiscencias del año 1978 en La Boutique de Barrio Jardín. El 1-1 en Avellaneda y el empate 2-2, con un Bochini lúdico que se puso al hombro un equipo al que le habían expulsado a tres jugadores. Imágenes que como flashes cruzaban mi cabeza, en lo que fue una de las hazañas más memorables de nuestra historia. De la historia argentina y de la historia Roja. Casi como un presagio de lo que vendría casi 40 años después. Casi como la que Independiente está a punto de afrontar en esta serie.

Nos encontramos, hoy, ante la más grande sensación de ansiedad que recuerde en los últimos años. Tan cerca y tan lejos de esa barrera que nos depara de una final o del ostracismo. Nos encontramos, hoy, tan ansiosos de que llegue el martes que incluso desmerecemos y nos mofamos del clásico del fin de semana, partido que desde el pitazo final de anoche se transformó en un trámite tedioso, de esos molestos que si se pudieran saltear lo haríamos sin culpa alguna. El pueblo de Independiente solo tiene un horizonte en vistas, y guarda una ilusión enorme porque su equipo la respalda en la cancha con hambre de victoria y con inconformismo en los resultados, aún en los triunfos. Siempre quiere más. Nunca está satisfecho.

Diez minutos fatídicos sentenciaron anoche la primera mitad de la serie. Un Libertad que, lejos de saberse inferior, juega a lo que sabe: defender muy bien y apostar a las patriadas de su enorme Tacuara -doy gracias a la vida que no puede estar el martes-. Los ojos ciegos bien abiertos hicieron que los paraguayos se encontraran con un gol que debió ser invalidado y después se replegaron en su fortaleza, que lejos de ser impenetrable resistió más de la cuenta gracias a las facilidades que Independiente otorgó con su ineficacia. Como siempre, pagamos los precios de no haber puesto la plata por un nueve que te cambie la ecuación. El equipo de Holan no negoció su idea y jugó a lo que bien sabe: atacar y generar demasiado, en el primer tiempo con Barco y Sánchez Miño como tándem por izquierda y con Meza sumándose en el segundo. Fue netamente dominador, pero careció de capacidad para hacer daño y se llevó el mejor de los peores resultados.

Así como tantas veces desplegó todo su arsenal táctico y revirtió situaciones adversas con sus estrategias, el Profe jugó anoche una maniobra arriesgada que le salió por la culata. Poner a Gastón Silva de último hombre solo brindó inseguridad en el fondo de Independiente. No entiendo, si es que su idea era jugar con tres en el fondo, por qué no designó a Franco para ese puesto. Si hay una ocasión para improvisar una defensa, esa no es una semifinal de copa. Además, uno de los dos cincos sobró en la cancha durante gran parte del partido, con el Torito y Domingo pisándose en las funciones, y el cambio del Burrito Martínez -que tampoco parecía el indicado a entrar- por uno de ellos llegó tarde (a los 77′). Tal vez Nery Domínguez hubiera sido una alternativa para filtrar pelotas, o Lucas Albertengo para sumar presiones en la ofensiva ante un equipo con 10 jugadores.

Otra vez, Sánchez Miño fue el baluarte de este equipo, la muestra más grande de resiliencia en el plantel. Un tipo que pasó de ser odiado a amado gracias a la evolución en su entrega y su calidad técnica. En la vuelta, tiene que ser una fija en lo que imagino será un esquema más que ofensivo después de lo mostrado anoche por los paraguayos: se sienten más cómodos en la cueva que mostrando las garras. Un partido que se jugará de un solo lado de la cancha. Cuando todo parece jodido es cuando hay que poner.

Será, entonces, por la épica y por la historia. Como lo hicieron con Atlético Tucumán meses atrás y como lo supo hacer el Bocha en el Kempes. Independiente ya recuperó algo muy valioso en este proceso: bebió del Santo Grial de su mística, y ahora solo le queda demostrar verdaderamente que el Rey de Copas sigue vigente. Que sigue vivo el que nació para partidos como estos, en los que los botines embarrados de las glorias pasadas se materializan en las de los once tipos designados a quedar en los libros y en cada relato de los padres y futuros abuelos. El martes, ante 50 mil almas en vilo, regálennos una de esas noches como las de Córdoba. De esas que se guardan fotográficamente en las retinas y para toda la vida.

Por @rffailache

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