Primera radiografía

El ciclo de Milito en Independiente ya está en marcha y con la pelota, rueda también la ilusión del hincha al imaginar que el rumbo está en las manos acertadas. Si bien el debut aún no tomó color oficial, los primeros amistosos sirven de prototipo del esquema y la idea que pregona el técnico. En éstos, el Rojo demostró sobrados indicios de cómo busca jugar el Gabi, dejando de lado el resultado que obtuvo en cada uno.

Analizándolo en primer lugar desde el punto de vista ofensivo, la construcción del juego se basó en un equipo paciente y dominador, que se torna explosivo en los últimos 25 metros, y con centrales adelantados que hicieron las veces de volantes. A la hora de dibujarlo, podría haber sido entendido como un 4-3-3 o un 4-2-1-3, aunque a la hora de atacar, los laterales jugaron casi de volantes, llegando al área en varias oportunidades y siendo partícipes netos de las ocasiones de gol.

El Torito ofició de nexo principal entre la defensa y el mediocampo. Se lo vio con un rol participativo: es el encargado de hacer girar al equipo, que usa todo el ancho de la cancha, y además se ofrece como una diáfana opción de pase a toda hora. Ortiz o Méndez, de bajos rendimientos ambos, completaron la dupla. Para cambiar el ritmo y explotar en los últimos metros, Rigoni fue quien mayormente ocupó el puesto de extremo izquierdo y Leandro Fernández, el derecho. El Tanque Denis, a quien se lo vio mucho más ágil y movedizo, fue el 9 de referencia. Martín Benítez tomó mayor participación jugando suelto, como una especie de mediapunta; conociendo su habilidad en el mano a mano, puede ser interesante lo que logre.

Sin pelota, Independiente se tornó un rival intenso, que te sofoca con su presión adelantada y que entiende que su propuesta de ser protagonista requiere de una recuperación rápida. La marca, de mitad de cancha hacia adelante, suele ser al hombre y no a la zona. En diversas ocasiones, Rodríguez ocupó el lugar de falso tercer central ante las ausencias de los laterales adelantados. Aún le falta trabajo en este aspecto, aunque cabe resaltar que todavía no se contó con Víctor Cuesta, un hombre que -todos suponemos- será titular.

Claro está que los intérpretretes irán variando de aquí al comienzo del campeonato, y algunas de las caras nuevas han hecho un trabajo que dio que hablar. El caso más llamativo es el del juvenil Ezequiel Barco. Lo que se dice no es sanata: tiene un talento enorme y una capacidad de desequilibrio sorprendente; es muy ágil y habilidoso, aunque no debe olvidarse que hay que llevarlo como lo que es: un chico de 17 años. Seguramente tenga oportunidades con un técnico que promueve jugadores de las inferiores.

Otro ejemplo es el de Nicolás Figal. El préstamo le vino bien para solidificarse. Ya no es más ese pibe que sobra las jugadas siendo central, sino que entiende que debe descargar rápido y seguro, y además tiene la técnica necesaria para lograrlo; Damían Martínez aún no termina de acoplarse al 100%. Hoy por hoy, está al nivel de Toledo, pero su capacidad técnica es mayor; a Albertengo aún le falta recuperarse para estar entero. Todavía se lo ve falto de ritmo; y Sánchez Miño jugó muy poco como para evaluarlo.

El paradigma de Milito es un giro de 180° en relación al prisma con el que entiende el fútbol Pellegrino. A grandes rasgos, Independiente simuló ser un equipo sumamente físico, ancho e intenso que le gusta jugar con la pelota en los pies y que quiere ser el protagonista del partido. No creo que escuchemos muy a menudo la frase “no se jugó bien pero se ganó” de la boca de un entrenador que proclama este estilo de juego. Usa todos los espacios del rectángulo y aprovecha al máximo cada posición de los jugadores.

En la retina de los que lo pudimos ver, seguramente haya quedado una imagen alentadora. La primera prueba será en dos semanas ante Defensa y Justicia, por Copa Argentina, en un encuentro a todo o nada. Ahí será el turno de la puesta en escena de un esquema que parece promisorio y que, bien o mal, intenta desarrollar lo que el hincha de Independiente anhela ver: juego ofensivo.

Nos debemos un respiro como hinchas

“¿Este paso por Lanús lo estás disfrutando más que tu paso por Independiente?”, le pregunta acertadamente el periodista de Diario Popular a Jorge Almirón, hoy puntero en Lanús. La respuesta es contundente: “Son los contextos diferentes. Tuve aceptación de los jugadores, y los veo que están convencidos de lo que hacen. Te doy un ejemplo, contra Rafaela perdíamos hasta los 35 minutos del segundo tiempo, y el equipo no tiró un pelotazo, tuvimos paciencia buscando el pase. En Independiente no lo podés hacer, porque ni bien el jugador pasa la mitad de la cancha ya desde la tribuna le piden que tire el centro por más que no haya nadie en el área, que divida la pelota. Y si no lo tira lo insultan, vienen los nervios y se desvirtúa la intención de juego, lo que se entrena, y todo eso empieza a generar inestabilidad porque los nervios se multiplican. La gente de Lanús entendió la filosofía de juego que intentamos, y entiende que no se puede tirar un pelotazo porque sí”.

Antes de comenzar esta columna, aclaro que el Extraterrestre nunca fue un santo de mi devoción. Entiendo que si su mandato en Independiente se dio de esa manera, fue porque nunca le terminó de encontrar la vuelta a un equipo endeble, y jamás haría una nota pidiendo que vuelva alguien a quien el hincha -y me incluyo- echó por la puerta de atrás. Lo que sí no puedo objetarle es falta de conceptos, porque con esa respuesta demostró que sabe y mucho.

Está claro que para ser un futbolista de primera división, además de tener todos los condimentos necesarios, hay que estar preparado psicológicamente. Y más aún para desempeñarse en un contexto como el que atraviesa hoy Independiente, donde la urgencia por ganar algo exaspera al hincha a niveles insorportables.

Los quince años sin títulos locales y seis sin internacionales convierten al Libertadores de América en un caldero hostil, donde cada pelota perdida es sinónimo de murmullo, donde en cada avance, como bien señala Jorge Suspenso, se pide tirarla al área por más que no haya nadie, y donde el jugador debe resistir a 40 mil almas exasperadas que descargan insultos y quejas al unísono.

Esto abre varios debates: ¿Sirve de algo insultar, silbar y murmurar durante el partido contra los propios jugadores? ¿Hay algún equipo que haya sido campeón con un técnico recién asumido por obra y arte de lo efímero, sin haber atravesado por un proceso de mejora? ¿Tanto nos cuesta aguantar hasta el final del partido y manifestar nuestro repudio en ese momento? ¿Esto ocurrirá siempre, con cualquier técnico que agarre los fierros calientes, indistintamente de que se llame Pellegrino, Almirón, Milito o Sampaoli, o solo pasa con los que no tienen sentido de pertenencia o se identifican con el club? Mi miedo más grande es que asuma Gabriel y que, si la cosa no anda bien, termine como le va a ocurrir al hoy técnico dentro de un mes.

Es complejísimo. Encontrar la racionalidad sumergidos en tanto tiempo de sequía es una ardua tarea. Tal vez nos debamos nosotros, los hinchas, reflexionar acerca de si realmente es productivo expresar el enojo en el momento en que la pelota gira. La desconfianza y la fragilidad que transmite el equipo hacen pensar que un gol en contra es sinónimo de derrota, y la poca actitud mostrada convalidan y engendran aún más ese sentimiento. Lo cierto es que no aporta nada. No seremos más hinchas ni los jugadores irán más al frente por putear en medio del partido. Es una avalancha de la que difícilmente saldremos, y que, partido a partido de local, se agiganta.

Al descubierto

Otra vez, el mismo estigma de la era Pellegrino vuelve a alejar a Independiente de una competencia. Los partidos decisivos, esos en los que se debe salir con el hambre de un depredador a buscar los tres puntos, son la estaca -por no decir “el miedo”- de un técnico que, ayer, empate ante el último del campeonato mediante, perdió todo mi crédito.

A diferencia de los otros encuentros que lo marcaron, como fueron los partidos por Copa Sudamericana y por la Liguilla Pre-Libertadores, en éste, el contexto no podría haber sido más favorable. En el momento en que Independiente pisaba el pasto de Junín, Rosario Central ya había perdido la punta a manos de Olimpo, Godoy Cruz regalaba su liderazgo en Liniers (luego, terminaría venciendo por 4-1) y Sarmiento, si sumamos ambas tablas de este extraño campeonato, solo tenía dos equipos debajo suyo, que eran Argentinos y Atlético de Rafaela, ambos correspondientes a la otra zona. Sin embargo, otra vez sopa. El técnico volvió a mostrar su hilacha y, a como ya nos acostumbró en éste último tiempo, nos volvimos sin torta y sin pan.

Con el plantel que tiene, Independiente no puede permitirse no patear al arco, no ser protagonista del partido o no imponerle sus condiciones de juego al rival. Es intolerable. El “con estos jugadores, nadie te saca campeón” es solo un subterfugio que ya no encuentra sustento dentro de un equipo que tiene, al menos, un jugador por línea de calidad internacional. Que Cuesta va a los olímpicos, que a Tagliafico lo quieren todos, que el Cebolla es titular en cualquier lado, que a Leandro Fernández lo quiere Boca, que vuelve Denis y que la mar en coche. Tampoco me parece que haya que culpar a los dirigentes, quienes, bien o mal, cumplieron con todas o la mayoría de las exigencias de este cuerpo técnico. El responsable tiene nombre y apellido.

El entrenador es quien debe ajustar y darle forma al juego del equipo según los intérpretes que tiene. Eso es lo que te dicen en la primera clase del curso para poder ejercer la profesión. En Independiente, a simple vista, el peso específico parece encontrarse en la naturalidad ofensiva de éstos. Hasta sacando a Denis, Vera, Benítez, Leandro Fernández, Albertengo, Rigoni, Droopy, el Cebolla, Ortiz y Méndez, te encontrás con que los laterales, Tagliafico y Toledo, pueden ser usados para el mismo fin. Entonces, ¿cómo es posible que te vuelvas de Junín con solo un remate al arco claro de gol en tu haber, contra el antepenúltimo de la Primera División? El único grande que no juega copas ahora tampoco incomoda a un pálido club que lucha fecha a fecha para no descender.

Cada quien cosecha lo que siembra. Independiente llegó a ésta parte del campeonato jugando mal, pero con resultados que, por ache o por be, terminaron siendo positivos. Los hinchas nos ilusionamos por la posición en la tabla pero cuando llega el momento de probar que no fue casualidad, el técnico se empeña por demostrar todo lo contrario. “No generamos situaciones de gol pero tuvimos el control del partido”, atinó a decir con desparpajo después del empate, en una escasez de lucidez absoluta.

Quizás todo este despilfarro de palabras esté de más y Dios quiera que Godoy Cruz sea el paralelismo del Leicester, sorprendente puntero de la Premier League, y que el Lanús del viejo amigo Jorge Almirón, el Tottenham. Nosotros, otra vez, nos tendremos que conformar con encontrarnos en la vereda de enfrente, la que hoy transita el Arsenal: esa del que siempre tiene todo para ser campeón y no lo fue.

Ecuánimes

Un partido que se está jugando se interrumpe por un suceso extrafutbolístico. Al poco tiempo se reanuda, y el equipo que se encuentra en desventaja sale con hambre y se come la cancha, hasta conseguir el empate que, finalmente, buscaba.

¿Hablo de Racing? No. Es Rosario Central. El domingo 21 de febrero trazó uno de esos paralelismos que asustan.

Lo peor que pude haber hecho cuando volví de la cancha fue haber visto al equipo de Eduardo Coudet. Muestra de hombría, de garra, de convicción, de hambre de victoria, de insatisfacción, de inconformismo, de orgullo, de rebeldía; todos estos adjetivos y sustantivos que hace años pedimos en Independiente, pero que no parecen tener significado en Avellaneda.

Imagino que el primer acto que todos hemos tenido, después del recontra golazo de López, fue putear a los cinco o seis idiotas que encendieron esas bengalas, al grito de “las prenden en el mejor momento anímico del equipo, imbéciles”. Voy a limitarme a hablar sobre esto. Quisiera no tener que aburrir con un descargo enorme y un sermón de que nos estamos convirtiendo en ellos. Pero sí es importante resaltar que, mientras más tarados avalen este tipo de cosas, peor nos irá. El hinchismo por la hinchada es la categoría más baja a la que se puede acceder, y el próximo escalón será el de apropiarse de la garantía de una fiesta en cualquier partido, ajena o no al resultado.

En cancha, Independiente no hizo mérito alguno para justificar la obtención de los tres puntos. Fue el híbrido de un equipo que no sabe atacar y que intenta no recibir goles. En 90 minutos, se generó una sola situación de gol, mediante un tipo que había entrado a los 80 y definida por otro que, a mí entender, hizo absolutamente todo mal salvo el gol.

Aún así, jugando de local y cuando la presión la tuvo el rival, no fue capaz de cerrar el partido. En lugar de aguantar la pelota, se la cedió al que era quien debía estar nervioso por conseguir el empate. Y, para colmo, llegan a éste como si fuera un cuento de Fontanarrosa: tirando una chilena en el último minuto. Ni siquiera la viveza de meter la cabeza cerca del pie y quedarse tirado en el piso, agarrándose la cara y aduciendo un golpe, a ver si sacás un foul como le hicieron a ellos hace dos fechas. Nada.

Lo más defraudante, quizás, es la culpa de sentir que Racing vino a eso: a buscar el punto que se llevó. Porque si vos no podés conseguir lo tuyo, vaya y pase. Pero, además, bailaste al compás de su objetivo y no te inmutaste ni un poco. La carencia de rebeldía es notoria. En el segundo tiempo, les movían la pelota de un lado a otro, y los de rojo corriendo atrás, como si jugaran al loco.

Después de lo de ayer, lo futbolístico pasa a un segundo plano. El reordenamiento, además de táctico, debe tener sus raíces en lo actitudinal. Una sola cosa anhelo: ver en Independiente los valores de Central, con ese hambre, ese orgullo, esa vergüenza que sintieron los tipos al percibir cómo se les escapaba aquello que sabían que podía ser suyo. Ayer era la prueba perfecta para demostrar que, al menos, un poco de eso se guardaban consigo. Sin embargo, a nadie le importó. El Indio tiene razón: hay caballos que se mueren potros, sin galopar.

Involución

Dicen que el que se quema con leche, ve una vaca y llora. Sin embargo, el refrán parece no aplicar para Mauricio Pellegrino, quien cometió casi todos los mismos errores que ante Godoy Cruz en la fatal derrota ante Rosario Central. Y es fatal por ser la que te aleja del campeonato en la tercera jornada, en un torneo de tan solo 16 fechas.

Ayer, Independiente mostró su peor versión. Lo que ningún hincha quiere ver. Después de una larga pretemporada, el equipo involucionó de manera escalofriante. Estuvo impreciso, carente de criterio para resolver jugadas, fue largo cuando debió ser corto y ancho cuando tuvo que ser escueto, y utilizó al pelotazo como única vía de escape desde el fondo.

Con una mixtura de titulares y suplentes, el Chacho Coudet copó el medio de Independiente con suma facilidad. La dupla Méndez-Ortiz, al margen de encontrarse en un nivel muchísimo más bajo al del año pasado, se vio opacada, tanto con Godoy Cruz como con Rosario, por dos simples “marcas sombra” sobre ellos, y así de fácil se anuló toda la creatividad posible en el centro de la cancha. Se necesitan más opciones que ayuden a estos intérpretes, más cuando los volantes no gravitan.

El esquema 4-2-3-1 es lo segundo que debe suprimirse. Benítez tiene que volver a jugar dentro del área, puesto donde logró su explosión. Como volante izquierdo, vuelve a ser el mismo que usó Almirón y ni siquiera logra asistir con nitidez a Denis.

Como hace semanas vengo mencionando, lo peor del Independiente de hoy es Toledo. Bajo estos rendimientos, se entiende por qué se ofreció el oro y el moro por un lateral derecho. Abstrayéndonos del absurdo penal que comete, la falta de criterio para resolver una jugada es difícil de entender. En cada intervención se mostró dubitativo, intranquilo, como si cargara con mucha más presión de la que un carrilero pueda tener. El gran partido que disputó en Mendoza parece haber sido una casualidad, después del mamarracho de ayer.

Aquino, un jugador que he cuestionado en miles de ocasiones, me pareció el único rescatable. Verticalizó, profundizó pases con mucha claridad y hasta asistió a Benítez en la del palo. Desconozco por qué tanto empecinamiento de la gente para con él, que salió silbado como si vistiera la camiseta rival, y también por qué fue sustituido.

El domingo, Independiente recibe a Racing. Una derrota más podría significar el fin de la era Pellegrino -por más que no coincida con que eso deba ser así-, además de una catástrofe. Los primos vienen de comerse cinco en Rosario y todavía no ganaron por el torneo local. Sin embargo, en cuanto a rendimientos, no andamos tan lejos de ellos. Independiente necesita un cambio urgente, de esquema, de ideas y de propuestas, y solo quedan cuatro días para que el barco no se hunda. Es hora de abandonar el capricho y ofrecer alternativas.

La senda

La victoria ante Belgrano, el primer partido de la senda para campeonar, tiene tanto de rescatable como de olvidable. Si bien no puede ser más que un buen augurio de cara al comienzo de un torneo que debe tener a Independiente en la cúspide de la pirámide, hay que delinear muchísimos aspectos, así como también destacar que se ganó un partido con más de la mitad de suplentes.

El encuentro contó con un exceso de particularidades que lo transformaron, quizás, en uno de los más épicos desde aquel 2-0 ante Huracán, el 12 de junio de 2014: los dos tiros en el travesaño de Farré; la lesión del Cebolla – quien tiene tanta responsabilidad él por no estar en forma, como el técnico por incluirlo en los 11 titulares-; la lluvia, que cortó la transmisión de la televisión y que, quienes no tuvimos la posibilidad de estar, jamás sabremos qué misterio se escondió en esos 20 minutos no transmitidos; el regreso de la televisación y el de Denis; el atajadón del Ruso; el gol, ley del ex mediante, de un jugador que pinta para mucho.

Belgrano es un equipo durísimo. Con esto no descubrimos nada. Zielinski, zorro viejo, militante del contragolpe, sabe de cerrar equipos y de pegar donde más duele. Identificó al talón de Aquiles de la defensa de Independiente, que está en Toledo, y se dedicó a atacar siempre por ahí. Es un jugador con mucha vocación ofensiva, pero que, en varias ocasiones, se olvida de la marca. De todas formas, su rendimiento fue bueno. Tal vez, no desencajaría de 8 y en alguna ocasión que no estén disponibles los titulares lo podamos ver.

Y si de titulares hablamos, Independiente cedió terreno en este tópico. Lo mejor que tuvo la tarde fue que se vio obligado a prescindir de sus titulares y, aún así, consiguió los tres puntos. No obstante, el cuestionamiento es el cómo: solo pateó una vez al arco (las otras se desviaron) y fue, precisamente, en la jugada del gol. Entonces, ¿por qué tanto empecinamiento con un esquema que, desde el vamos, se vio que no iba a funcionar? ¿Por qué Trejo por el Cebolla, sin romper el 4-2-3-1, cuando el partido pedía a alguien que pivoteara arriba como Denis o que rompiera líneas, como lo hizo el Droopy?

La jerarquía del 19 cambió un partido que se esfumaba gota a gota. Lo que dijo en la semana fue cierto: “Volví en mi mejor momento”, y con apenas 30 minutos se notó. Cuando el fútbol se agotó, fue él quien bajó, comenzó a buscar la segunda jugada y así llegó el gol.

La presión por salir campeón, ejercida por los medios y por el hincha genuino, hizo su efecto y eso se vio en los primeros 15 minutos, donde Belgrano parecía el local. Independiente nunca terminó de acomodarse en el partido y la pasó mal, viéndose salvado por una jugada aislada. La suerte -o el destino- se puso el trajín de diablo, pero no siempre será igual. Tras un juego futbolísticamente chato, la esperanza se aferra a que el equipo titular muestre una versión diferente, sólida, convincente, que sepa sortear obstáculos. Este caso aislado, probablemente, no sea parámetro, pero da qué hablar. Ahora es donde debe verse la mano del técnico y la hombría del plantel. Si se quiere aspirar al título, el viernes, en Mendoza, no servirá ganar de esta manera.

Empezar a cambiar

Tres años y medio tuvieron que pasar para que Independiente concretara una venta. La última transacción que le dejara un rédito económico al club había sido la de Patricio Rodríguez al Santos de Brasil. Luego, el declive: algunos que rescindieron; otros, a los que se les pagó para que rescindan; unos cuantos que no quisieron renovar; también quienes embargaron a la institución, sacando provecho del mal momento en el cual ésta se encontraba.

Lo cierto es que hoy, después de mucho tiempo, Independiente volvió a ganar pero fuera de las canchas. Si bien los tres millones verdes limpios por Mancuello podrían haber sido más si se lo vendía en el momento adecuado, el Rojo saca provecho por un jugador que tuvo una primavera de ocho meses en donde le salió todo y supo ser capitán, emblema y referente. Por suerte para el equipo, se desarrolló un sistema independiente -valga la redundancia- del santafesino y su condición de imprescindible comenzó a desvanecerse.

La última etapa fue, quizás, el comienzo del fin. Una lesión que funcionó de coartada para escapar a los partidos durante el mercado de pases de invierno, y al momento de estar a punto nuevamente y demostrar que los rezagos de aquel héroe estaban latentes, se vio superado desde lo físico y mental. La diáfana muestra de esto es el partido con Belgrano por la liguilla, donde tuvo que salir a raíz de una molestia en el tobillo e Independiente mostró otro semblante. Pasó de la catastrófica imagen del 0-1 a la triunfal del 4-1. Ese fue el punto final.

Distinto es el caso de Matías Pisano, el que tenía todo para serlo y no fue. A diferencia de Mancu, quien se ganó al hincha gracias a su esfuerzo y al sentido de pertenencia, Pisano lleva consigo el don del talento, pero le faltaron siempre las ganas y la garra que tanto se exigen. Su andar displicente aburrió al hincha hasta colmarle la paciencia. Quizás no lo supieron usar o quizás él no se adaptó a ningún esquema. Lo mejor que pudo pasarle al club fue haberlo vendido, cuando todos los caminos conducían a una no-renovación del contrato.

Además, se le extendió la soga a Jesús Méndez, prioridad número uno; se limpió a varios jugadores que jamás iban a tener -o volver a tener- una oportunidad con la Primera; está al caer Rigoni, y, aunque resulte extraño destacarlo, se eliminó esa creencia estúpida de traer para rellenar el plantel, lo que culminó en el paso por el club de jugadores como Aquino, Pereyra Díaz, etcétera.

Sin embargo, luego de todo lo bueno que se enumera, la copa de cristal se puede romper gracias a la desprolijidad del caso Campaña-Cáceres. Al poseer solo un cupo para extranjeros y ante la salida de Germán Montoya, Independiente apuró al arquero uruguayo y lo obligó a hacerse la revisación médica, con el fin de firmar cuanto antes. Pero, a última hora, la cosa adquirió otro color y todo puede dar marcha atrás si es que la dirigencia opta por Marcos Cáceres, el defensor paraguayo, puesto que tranquilamente puede ser cubierto por algún juvenil o, en su defecto, otro que no afecte al conflicto de las nacionalidades. Y mejor no nombrar el precio al cual se lo quiere pagar, porque cerramos el boliche.

La predicación del cambio, de avanzar para volver a ser, radica en lo que ocurre dentro de la cancha pero también en el buen actuar de los dirigentes. Hasta acá, me saco el sombrero y felicito, porque el trabajo ha sido correcto aun con poco más de un mes para que finalice el mercado de pases. No obstante, arruinarlo todo debido una estupidez como ésta implicaría retroceder institucionalmente; destruir lo que con paciencia y trabajo se viene haciendo. No es casualidad lo de las ventas después de más de tres años. Todo pasa por la imagen, que ladrillo a ladrillo se fue restituyendo y que tanto preocupa a los peces gordos del club. Ojalá no se la manche con una decisión tan absurda. Así, nuestro Independiente querido, algún día vuelve a ser una institución modelo.

Pasan los años

Escribo esto con total dolor por haber perdido una final, nada más y nada menos, que con el clásico rival. No me conformo con haber ganado en su cancha, ni tampoco con que haya sido con 9 jugadores. Tanto yo como vos soy el primero que deseaba clasificar a la Copa. Pero si la cosa se dio así, fue por un conjunto de errores, algunos sutiles y otros graves, que marcan la diferencia entre un equipo que está para pelear la gran competición continental, y otro que tendrá que vérselas con los más débiles de la región.

A éstas horas, sólo abunda la bronca. Porque el domingo Independiente demostró que tenía el potencial y el nivel para ganar la serie. Si en lugar de salir a especular y a hacer quién-sabe-qué la semana anterior, se proponía atropellar a su rival tal como lo hizo en el Cilindro, la historia hubiese sido diferente. O quizás no. Pero, al menos, la bronca no estaría tan alimentada.

La semana pasada pedí que tuvieran orgullo y que salieran a jugar como hombres. Nadie lo leyó, como dice Eña, pero al menos la mayoría sintió estar en deuda y hubo un cambio de actitud. El factor “perdido por perdido” también surgió efecto y favoreció a Independiente, a quien no le quedaba otra que dejar una buena imagen. Por la figura de Saja y por algunas jugadas puntuales que no concluyeron del modo esperado, no se hizo historia.

Aunque buscar desperfectos a estas horas sea en vano, caminar sobre nuestros propios pasos debería llevarnos a resaltar aquello que se hizo mal: lo que ocurrió desde el primer momento hasta hoy.

Hay fallas muchísimo más grandes que haber dejado pasar esos tres puntos que separaron al cuarto, Racing, del quinto, Independiente, y que dictaminó que ellos fuesen quienes definieran de local. Sin embargo, está expuesto que una serie de puntos que se han regalado derivaron en el puesto que ocupó el equipo. Estudiantes, Huracán, Aldosivi, por citar algunos de la era Pellegrino.

Adentrándonos en lo realmente grave se encuentran los jugadores que salen a bailar un jueves a la noche cuando el viernes debían entrenar para disputar, quizás, el partido más importante de sus vidas, por ejemplo; o que un integrante del plantel se rebele contra las indicaciones que le da el técnico y lo mande a cagar, también en el mismo contexto. Esa gente no es más que Independiente, a pesar de que así se crea. Pellegrino no tuvo más remedio que incluirlos para el domingo, por cuestiones futbolísticas y éticas que evitaran el qué dirán. Pero a partir del 1 de enero, esas personas deberán ser excluidas.

En lo netamente futbolístico, el técnico, quien demostró ser un gran motivador además de un excelente profesional y alguien con mucha seriedad para trabajar, deberá entender cómo se plantean los partidos decisivos. Y no lo digo solo yo, sino que él mismo lo expresó en conferencia de prensa el domingo. Es un problema que acarrea desde su época en Estudiantes de La Plata y que, si quiere ganar algo con Independiente, deberá modificar. La vuelta contra Independiente Santa Fe en Colombia; el partido de ida frente a Racing; el segundo contra Arsenal por Copa Sudamericana, encuentros en los que solo servía ganar, se especuló demasiado y, salvo el último, terminaron siendo letales para su currículum (y no cuento el de Lanús en Copa Argentina porque recién asumía el cargo).

Lo que viene ahora es un mercado de pases que debe ser adecuado a las necesidades del plantel y no abultado porque sí. Basta de priorizar la cantidad por sobre la calidad. Independiente tiene un once titular muy bueno, pero un banco de suplentes que se sepulta su propia tumba. Se tiene que apuntar a tres o cuatro refuerzos de calidad, y no a nueve que incluyan a jugadores simil Pereyra Díaz, Aquino y demás.

Boca, River, Racing, San Lorenzo, Huracán y Rosario Central entraron a la Libertadores y tendrán la cabeza ocupada en ella el campeonato que viene, que, por cierto, será corto. No existe una excusa que ampare la posibilidad de no ganarlo. Los cuatro grandes, uno de los mejores conjuntos del campeonato y el equipo revelación estarán enfocados en un objetivo mayor, y salvo Boca, el resto no posee un plantel tan amplio como para pugnar en ambas competencias -esto está sujeto a lo que ocurra con las transferencias-. Es la oportunidad para revalidar un título que no se consigue hace 13 años. Si no se consigue, que se considere un fracaso.

Otro año que ofrecía un abanico de posibilidades se escapó por la ventana. Que el equipo haya muerto de pie sirvió únicamente para evitar un papelón mayor y para demostrar que, por más recóndito que se halle, aún existe hambre de triunfo. La pasión nos lleva automáticamente a encontrar el lado esperanzador de un híbrido Independiente, engendrado por la historia ganadora y por estos largos años de sequía. Haber terminado cuartos y quintos desde que se volvió a Primera, respectivamente, no alcanza. Haber tocado la base de la Libertadores y luego soltarla no sirvió de nada. Exigimos siempre y así seguirá siendo. En 2016 tiene que comenzar el resurgimiento. La ilusión tiene poco menos de un mes para aferrarse nuevamente.

Tengan orgullo

Si había algo que caracterizaba a estos partidos era el ímpetu de Independiente, la incomodidad que le generaba a Racing aún siendo menos. ¿Cuántas veces les ganamos sólo con la camiseta? ¿Cuántas otras merecimos perder, pero el empuje y la garra, mezclados con el sentido de pertenencia, nos llevaron a un resultado favorable? Incluso nos dimos el tupé de ganarles yéndonos a la B con un equipo en muletas, con goles del Lolo Miranda y de Jonathan Santana. Pero ésta vez no lo entendieron. Se florearon en los laureles de que “la camiseta les gana sola” y aguantaron a que eso pasara mágicamente. Independiente sobró el clásico.

Mérito absoluto de Cocca. Planteo defensivo, entendió que esto iba para 180 minutos y jugó a esperar y salir de contra. Cerró las puertas de la última línea, bloqueó cada avance con una estructura de candado y dejó a Bou para luchar contra los gigantes. Otra vez, ganó Goliat. La recompensa fue mayor de la que pensaba llevarse: 2 tiros, 2 goles.

Pellegrino plasmó en la cancha un sistema inofensivo. Jugó a tener la pelota y buscó que los espacios se crearan por errores rivales o por las molestias que Vera pudiera ocasionar trabajando con el cuerpo. Aunque parezca que sí, él no puede hacer todo solo. Y claro está que, sin Méndez, Independiente no sabe qué hacer. Cada vez se hace más imprescindible.

La creación, entonces, quedó delegada a tres: Benítez, Ortiz y el Cebolla. Pero Cocca fue más inteligente. Le cortó los cables al misionero con dos tipos marcándolo encima; Ortiz, de gran partido en el clásico anterior, hizo absolutamente todo mal (hasta condicionó a Rodríguez en la jugada que deriva su expulsión), y el resto fue pan comido. Del Cebolla se esperaba que oficie de enganche, propiamente dicho. 15 minutos le duró la actividad, y luego empezó a renguear. Un tipo que no se puede entrenar con normalidad durante la semana y te deja a gamba en la serie más importante del año. Que haga una buena pretemporada y después vemos para qué está. Para salir a dar pena, prefiero un Trejo que, con todas sus limitaciones, al menos te corre los 90.

A Pisano no hace falta anularlo, siquiera. Aún con muy poco, me dio la sensación de que no estaba para salir, sobre todo si tenemos en cuenta la materia inerte que integra el banco: Lucero, incapaz de frenar una pelota y Aquino, el mediapunta insuficiente. No es casualidad que Pellegrino haya hecho dos cambios: no hay más que eso para mover.

De todos modos, este análisis tiene incógnitas de base que, por el bien de este club, hay que resolver de inmediato: ¿cuál es el fantasma que aterra al director técnico en los partidos decisivos? ¿Por qué un equipo brillante, que golea al dificilísimo Belgrano de Zielinsky, se derrumba a pedazos en una semana? ¿Tanto tiene que ver Méndez, que cuando no está el equipo no produce juego?

Si no se reacciona a tiempo, el domingo se va el último tren a esa copa que todos queremos. Ya dejamos pasar dos, y aunque los pesimistas lo vean yéndose del andén, aún estamos vivos. Más que nunca. Fútbol no falta: lo que falta es actitud ganadora, la misma que se viene pidiendo desde el empate con Estudiantes en casa. En la vuelta tienen que salir a comerse la cancha y a demostrar que el papelón que pasaron el domingo -porque eso es lo que fue- es inadmisible, una piedra en el camino. Tengan orgullo y háganse respetar.

Jugar un clásico

Una vez más vamos a tener otro clásico. Ojo, no es uno cualquiera. Todo lo contrario: va a ser aquel que deje una huella, que marque un antes y un después. Ese que exponga a luz incandescente los placeres más morbosos de la humillación del rival eterno en caso de obtener la victoria, o que guarde el rencor inmortal con cualquier implicado en el hecho ante una derrota. Es, casi literalmente, matar o morir.

Edgar Morin. ¿Alguien del Rojo? No. Muy rápidamente, es un tipo que dice que hay ciertas palabras que son difíciles de explicar y que se buscan representar a través de figuras, como por ejemplo, cupido para el amor; Hércules para simbolizar a un héroe, etc.

Lo mismo pasa con “clásico”. Sin embargo, esa imagen que yo tengo de “clásico”, vos la apreciás distinta y el otro también. Para mí, un clásico es el desfile de camisetas rojas que circula por Alsina tres o cuatro horas antes del partido. Los nenes agarrados a sus viejos, con sus camisetas mini y sus pilusos que les nublan la vista.

Atravesar el molinete, subir las escaleras y ver lentamente cómo empieza a llenarse cada hueco. Mirar el reloj, que falten dos horas; mirarlo de nuevo a la media hora y que falten tres. El humo rojo que se te viene encima y se te cuela por la nariz.”Rojo, yo te persigo, vos sos la sangre que a mí me mantiene vivo”. El ingreso triunfal de cada uno de los once hombres que van a dejar la vida. Eso es lo que se me viene a la cabeza cuando te dicen la palabra “clásico”.

“Estoy esperando que llegue el fin de semana para poder disfrutarlo” dijo el Cebolla ayer en TyC Sports. Eso es lo que todos deseamos. No que llegue, sino poder disfrutarlo. Yo hoy, día martes, ya no tengo uñas. Y, a falta de uno, son dos partidos. Pero sé que el domingo van a salir a la cancha y las ansias y el nerviosismo van a desaparecer al instante, cuando esté en la popular inmiscuido en esa masa tan pasional que nos identifica, digan lo que digan.

Independiente se juega una cita con su historia. Ahora sólo le queda ganarse a lo guapo su lugar en la competencia que tanto respeto le tiene. Esa que en más de 30 años sin títulos no supo encontrar a alguien que lo destrone como el eterno Rey de América que será siempre. El marco va a ser el pertinente para un clásico, ese que se recrea en cada una de las miles de almas que el domingo van a estar presentes. El primero de los pasos, el que es en casa, el más hermoso de ambos y pasional, también es el más importante. Es nuestro. Avellaneda se va a vestir de un rojo penetrante, para que el otro domingo, cuando la calle esté manchada de blanco y celeste, aún perduren los rezagos de esta gran fiesta.

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