Más verdes que nunca

Si las declaraciones que realizó el Presidente cuando llegó al estadio llamaron la atención por la falta de autocrítica, las que dejó a la salida parecen sacadas de un sketch cómico, aunque lamentablemente causen todo lo contrario en los hinchas. A los 4 gansos que lo insultan, según su propia calificación, y a los otros millones que ven como dispara un exabrupto tras otro antes de subir a un vehículo en el playón de la Erico.

Tristemente no sorprenden los dichos del máximo mandatario Rojo, porque así se ha manejado siempre. Y eso lo ayudó, en otros contextos, a convertirse en una de las personas más poderosas del país y a conducir un sindicato con mucha firmeza, siendo querido y aclamado por millones de trabajadores.

Pero Independiente es un club con socios e hinchas, no un sindicato con afiliados. Y es menester que los tres dirigentes que manejan la institución entiendan la diferencia, porque aún les quedan casi dos años de mandato y el club está sin rumbo hace rato.

Desde que llegaron gobernaron y administraron al Rojo como lo hacen en Camioneros. Y si bien siempre se notó, pasaba a ser un dato menor cuando los destinos de Independiente estaban bien rumbeados. Porque seamos honestos, cuando contrataban buenos jugadores y conseguían sponsors, la molestia por firmar los contratos en la Sede sindical y no en la de la av. Mitre, pasaba desapercibida. Más aún si era para reforzar un plantel heredado mediocre y un estadio recibido a medio hacer y con una obra paralizada.

Pero son otros tiempos, en los que si bien no hay que olvidar lo que pasó antes de la llegada de los Moyano, ya no sirve como excusa para tapar sus errores. Sabemos perfectamente como estaba Independiente y lo importante que ha sido este gobierno para reconstruir ediliciamente al club.

El problema pasa porque somos también perfectamente conscientes de como estaba el club el 14 de diciembre de 2017, día en el que nos levantamos con resaca de gloria. Campeones, disfrutando hasta las lágrimas de un equipo que nos representaba honrando nuestra historia, con jugadores que valían mucho en todo sentido. Varios de ellos, hasta disputarían un Mundial meses después.

Y a partir de esa fecha, casi todo se hizo mal y nunca se hicieron cargo. Y no fue Macri el que gastó millones y millones (o se comprometió a pagar y no lo hizo, que es peor) en jugadores mediocres, ni fue un empresario del Grupo Clarín el que regaló jugadores queridos que rendían. No es un periodista partidario el que habla de una Secretaría Técnica luego de una derrota para desestimarla tras un triunfo. Tampoco es un integrante de una agrupación opositora el que dijo que iba a traer refuerzos para después decir que no hacían falta, para luego de perder con River en enero volver a hablar de negociaciones y tras la goleada con Central decir que tenemos plantel suficiente. Y definitivamente no es un twitero el que se contradice varias veces en pocos días, el que dijo que en diciembre pasado empezarían las buenas noticias, o hace que dirigentes digan cosas contrarias con horas de diferencia (encima son tres), demostrando que manejan al club a los tumbos y según lo que vaya pasando.

Señor Presidente, con todo respeto, lamento que haya estado preso en la dictadura tres veces, como dijo anoche. Y no pongo en duda y hasta me alegro de que tenga mucho aguante y no se achique ante nada. Todo eso quizá le pueda ser muy útil en un sindicato, usted lo sabrá mejor que nadie.

Pero son cosas totalmente irrelevantes en este momento de Independiente, que tiene un plantel corto que juega mal y está pidiendo a gritos junto con el entrenador que no se les vaya más nadie. También a cuatro gansos insultando y a muchos millones más, preocupados legítimamente por la actualidad de un club que está a la deriva y necesita dirigentes de fútbol.

Por favor, háganse cargo de los errores y maduren, porque están más verdes que nunca.

¿En qué momento se jodió Independiente?

El siguiente texto fue compartido por el autor en un chat privado de un grupo de amigos hinchas de Independiente

¿En qué momento se jodió Independiente? No puedo evitar que la pregunta adopte, en mi cabeza, la misma forma que propone Mario Vargas Llosa en una gran novela cuando uno de sus protagonistas se pregunta “¿En qué momento se jodió el Perú, Zabalita?”

La estructura de la pregunta es, creo, inmejorable para lo que ese personaje siente y piensa en ese momento. Es una pregunta hecha desde el desconsuelo, desde la melancolía pero, sobre todo, desde la constatación de que en algún momento del pasado nos extraviamos, nos perdimos, equivocamos el camino y terminamos en el sitio equivocado o, al menos, en un sitio muy distinto al que queríamos ir, pensábamos ir o, por qué no, merecíamos ir.

¿En qué momento se jodió Independiente?

Es una pregunta que me hago mucho, por no decir siempre. Es una pregunta que me callo. Como mucho la dejo salir cuando conversamos con mi hijo sobre el club, en algún momento de particular tristeza.

Desde hace unos cuantos años no hablo públicamente de Independiente. Me limito a expresarme en la confianza de un círculo de amigos, o en una conversación íntima con mis hijos, o en el anonimato de la tribuna, donde lo que uno dice se mezcla con lo que dicen los demás, y uno solo escucha a los cinco, siete o doce que tiene más cerca.

Son varias las razones que me han recomendado hacer silencio. La principal, me parece, es el deseo de no discutir con gente que ama al mismo club que yo. Mejor dicho, no quiero pelear, con gente que ama al mismo club que yo. Es verdad que no toda discusión se transforma en una pelea. Pero una discusión en la que uno no consigue ponerse de acuerdo lleva implícito un alto riesgo de terminar en un nivel mayor de incomprensión que el que existía al principio. Una complicación adicional es, me parece, el morbo ajeno. Una de las cosas que me enseñó mi papá cuando era chico es que hay que tratar de no darle “pasto a las fieras”, porque es peor. Tardé en entender a qué se refería mi papá. Sobre todo porque me costaba imaginarme a las fieras comiendo pasto. Pero al final creo que lo comprendí: Si te asustan, es peor que te vean asustado. Si se burlan, es peor que te vean fuera de tus casillas. Si te lastiman, es peor que te vean llorando. Porque tu miedo, tu enojo y tus lágrimas son lo que buscan los que te atacan. Por eso es mejor que no lo obtengan. O que no se enteren de que lo obtuvieron.

De hecho, ya es todo un motivo de alarma pensar qué pasa si este texto cae en manos de gente que odia a Independiente, y que disfruta con nuestro desasosiego. Supongo que la única precaución posible es no perder los estribos. Tampoco redactarlo “para ellos”, en el sentido de querer dar a entender que “acá no pasa nada”. Sí pasa. Pasa mucho. Y por eso esta vez, además de pensarlo, lo escribo.

Pero lo escribo para nosotros. Los que amamos a Independiente. Que los de afuera sean de palo. Pero como es para los de adentro, y los de adentro somos muy distintos entre nosotros, y no vemos lo mismo, ni pensamos lo mismo, ni vemos las mismas soluciones, voy a tratar de hablar sólo de cosas que puedan representarnos a todos. Es difícil. Porque lo que tenemos en común es lo que sentimos. No lo que pensamos. Sentimos un amor enorme por Independiente. Pero en lo que pensamos no estamos de acuerdo en casi nada. Y no está ni bien ni mal. Supongo que es inevitable. Nuestros corazones laten igual. Pero nuestras cabezas piensan distinto.

¿En qué momento se jodió Independiente?

Creo que ni siquiera esa pregunta la vamos a contestar todos de la misma manera. Es más, tal vez a una parte de nosotros le parezca que no, que Independiente todavía no se jodió. Yo, con todo respeto, creo que sí nos jodimos. Que en algún momento extraviamos el camino. Y que estamos en un lugar muy distinto al que quisimos, deseamos, y merecimos.

Les comparto algo, que no sé si es propio de mi generación o de mi casa. Yo soy de Independiente porque ese amor enorme, ese amor infinito, me lo dio mi papá. Pero no sólo me dio la dimensión de ese amor. También me dio la forma. El estilo de cómo querer a Independiente lo aprendí de él. Y ¿saben qué? En ese amor por el Rojo la rivalidad con Racing no era una cuestión central. Tengan en cuenta que yo empecé a mirar fútbol, con él, en los años 70. Y los grandes rivales que mi papá me puso sobre la mesa eran River y Boca, en la Argentina, y los brasileños y los uruguayos en la Copa. Por supuesto que me enseñó que nuestro clásico era Racing. Pero la vara del desafío era dirimir con los otros dos gigantes de la Argentina, y los gigantes del vecino gigante, cuál era el sitio de Independiente. ¿Y saben por qué lo traigo a colación? Porque me parece que en los últimos años hemos achicado nuestros horizontes. No pretendo echarle tierra a los vecinos. No es mi estilo, ni mi intención. Estoy hablando de otra cosa. Lo pongo en estos términos. Creo que Independiente se empezó a joder, entre otros momentos, cuando empezamos a conformarnos con “salvar el año” ganándole a Racing. Y cuando los cánticos de la hinchada (podríamos ponernos a hablar del daño que nos ha hecho la cultura del “aguante”, pero se me iría demasiado largo el texto) empezaron a tomarlos como manida referencia perpetua.

Me detengo acá, con cierta precaución. ¿Me dio lo mismo que el papelón de este domingo de febrero lo hayamos hecho frente a Racing que frente a otro equipo? Por supuesto que no. Por supuesto que siempre quiero ganar el clásico, y que me encanta llevarles un montón de partidos en el historial y bla-bla-bla. Pero estoy -intento estar- hablando de otra cosa.

Creo que ponernos a la altura de Racing fue una conducta defensiva. Cuando nos empezamos a joder, cuando nos seguimos jodiendo, cuando nos jodimos del todo, esos rivales que mi papá me señalaba empezaron a escapársenos. Nuestros pergaminos empezaron a amarillear. Nuestras estadísticas a torcerse. Con nuestros logros y nuestros rivales cada vez más lejos, empezamos a mirar a dos cuadras como para seguir sintiéndonos mejores. ¿Está bien? ¿Está mal? No tengo ninguna autoridad para decidirlo.

Pero pensemos cómo trabaja ahora nuestra cabeza. Supongamos que ayer el equipo hacía gala de un mínimo de fútbol y de hombría y ganaba el partido, por simple peso numérico. La alegría, las cargadas, la paternidad, tendrían la virtud de distraernos. Distraernos de lo que todos sabemos: que ni futbolística ni institucionalmente estamos en buenas condiciones, ni siquiera en regulares condiciones.

No creo que esté mal que nos alegremos cuando ganamos los clásicos. Creo que está mal que nos conformemos con eso. Que esa alegría barrial nos tape nuestra decadencia nacional y continental. Que esos sí eran nuestros merecidos marcos de referencia.

Me leo y me mando en cana solo. Evoco nuestras imágenes de ayer y me parece absolutamente imposible remontar la cuesta, encontrar el camino, retomar la senda en el lugar en el que nos jodimos. Somos un desastre y un equipo apenas correcto nos gana con nueve jugadores, además del morbo consiguiente y subsiguiente. ¿Y en medio de semejante papelón yo vengo a decir que tenemos que tener claro que nuestro desafío es pelear el podio con River y con Boca, y con los brasileños en el continente? Sí. Vengo a decir eso.

No sé si podremos hacerlo. Ni sé cuál es el camino para conseguirlo. Pero hay un camino que estoy seguro que es el equivocado: tomar como expectativa esa estupidez chiquita chiquita de que “en el barrio mando yo”. Y repito: no es que no me guste mandar en el barrio. Pero tengo que disputar el liderazgo en el país, no en el barrio.

¿En qué momento se jodió Independiente?

Me permito ensayar una respuesta que me viene con forma de cantito de cancha. Una que se cantaba mucho en los 90, con la música de Tuta-tuta de los Decadentes. “Ya tenemos quince copas, todos los años damos la vuelta”. Seguro que unos cuantos se la acuerdan.

Era cierto. O casi, porque los cantitos siempre exageran un poco. Se cantaba bastante en el 94, en el 95, cuando metimos unos cuantos títulos juntos. Claro, nos sentíamos reconfortados porque no pegábamos consagración desde el del equipo de Solari, en el 88-89. Y claro, habían pasado 5 años de sequía. Y cinco años nos parecían un montón. Y eran un montón.

¿En qué momento se jodió Independiente?

Mi respuesta personal, y por lo tanto incompleta, parcial y probablemente inexacta, es que fue a mediados de los 90. Precisamente después de esa última racha de títulos hechos con nuestro ADN. Precisamente en una época en que los parámetros económicos del fútbol empezaron a cambiar mucho. Pero no quiero aburrirlos más de lo que ya debo haberlos aburrido, aventurando hipótesis. En todo caso, si nos cruzamos en una vereda, o en una tribuna, o en un asado, la seguimos.

¿En qué momento se jodió Independiente?

Vuelvo a mi papá. Espero que sepan disculpar. Ese que me leía los diarios cuando hablaban del Rojo. Me acuerdo de una nota que me leyó alborozado, una vez, en plena década del 70. No hablaba de Bochini, ni de Bertoni, ni del Chivo, ni de Pastoriza. ¿Saben cuál era el titular? “Independiente es un banco”. Suena poco heroico, ¿no? Era un reportaje a un jugador. No me acuerdo a quién. Ni siquiera sé si era famoso. Pero comentaba que jugar en Independiente era tratar con el club más serio de la Argentina. Por eso, en una época en la que la clase media todavía confiaba en el progreso, y en ahorrar, veía que un banco era un lugar bueno y prestigioso. Mi papá me explicó lo que significaba. “Mirá, tipito, dice eso porque tenemos muy buenos dirigentes. Son honrados, y cuidan mucho la plata del club. Y por eso todos quieren venir a jugar a Independiente.”

Ahí lo entendí. Y asumí, porque me lo estaba explicando mi papá, que tener dirigentes honestos e inteligentes era tan importante como tener al Bocha y tener a Bertoni (mis ídolos absolutos, de más está recordárselo).

¿En qué momento se jodió Independiente?

Yo creo que cuando dejamos de tener esos dirigentes. Cuando dejamos de ser ese banco donde se cuidaba cada peso, y cada peso que se gastaba se rendía, y cada peso que se gastaba se hacía valer.

¿Existen, entre los millones de hinchas y los miles y miles de socias y socios de Independiente gente capacitada como para emular a esos dirigentes? Tienen que existir. Somos tantos que tiene que haber gente así de inteligente, y así de honrada. Y necesitamos las dos cosas. Urgentemente, las necesitamos. Es un club tan grande que no nos alcanza con una sola de las dos condiciones.

Me encantaría poder decirles “yo confío en tal persona” o “confío en tal otra”, para tratar de sacarla del anonimato. Pero no las conozco. Y además, votando dirigentes no soy ninguna maravilla, se los aseguro. Voté, convencido, a Comparada. Voté, convencido, a Cantero. No voté a Moyano, pero con mis anteriores “decisiones” creo que les muestro que no tengo ni idea. Pero tiene que haber. Tienen que aparecer. Y como para evitar cualquier suspicacia: jamás me atrevería a postularme para ningún cargo en Independiente. No tendría ni idea de lo que hay que hacer. Y necesitamos personas que sí sepan. Imperiosamente las necesitamos.

¿En qué momento se jodió Independiente?

No lo sé. Y es posible que sus respuestas difieran de las mías. Y también sus posibles soluciones. Pero aunque me duela hablarlo entre nosotros, y aunque me de vergüenza que este monólogo termine ofreciendo un festín a quienes disfrutan nuestras tristezas, lo quería compartir con ustedes, diablos y diablas.

Somos enormes. Pero estamos jodidos.

Tenemos una historia fenomenal y centenaria. Pero estamos jodidos.

Espero no haber ofendido a ningún hincha de bien con este largo texto. Si lo hice, disculpas desde ya. Cada vez que uno dice algo corre ese riesgo. Y por eso no hablo. Para no ofender a nadie. Ni a pacientes ni a impacientes, ni a viejos ni a jóvenes, ni a aplaudidores ni a estrictos, ni a optimistas ni a melancólicos.

Lo que tenemos en común es un enorme, gigantesco y desinteresado amor por el Club Atlético Independiente. Pero con el amor no alcanza para volver a ponernos de pie. Y ojo, que no nos derribó un partido pésimo jugado sin carácter y perdido de manera humillante contra tu rival clásico. Hace mucho, hace años, que estamos extraviados. Y seguiremos jodidos hasta que no encontremos esas personas capaces de conducir al orgullo nacional.

Sería lindo encontrar alguna frase rotunda para cerrar este texto de manera optimista, emotiva, profunda o vaya a saber qué. Sería lindo, pero no creo que sea momento de frases emotivas, ni profundas, ni mucho menos optimistas. Estamos jodidos desde hace años. Y nadie va a sacarnos de acá. Salvo nosotros.

Abrazo rojo.

Eduardo Sacheri

¿Qué hacemos?

No hay ninguna duda de que el domingo fue un punto de inflexión en el pasado reciente y la actualidad del club. No fue un partido, ni un clásico, tampoco una derrota más. Porque se puede perder, es una de las tres opciones que tiene siempre este hermoso deporte. Más con un rival al que el club le saca ahora 22 partidos en el historial. El tema es el como, no el que.

Si todavía sentimos vergüenza, tristeza y bronca no es por el resultado en si, sino porque así no se puede perder nunca. Lo del domingo fue un papelón histórico, hay que decirlo y hacerse cargo. Y lo que es peor, fue la confirmación futbolística en este nuevo año (el 2019 ya había sido un desastre), de que la dirigencia hizo todo mal desde el Maracaná en adelante.

Y toda esa mezcla de sensaciones, nos llevan a debatir desde el comienzo de la semana que hacer mañana, cuando se dispute el primer partido ante Fortaleza por la Copa Sudamericana.

¿No ir como modo de protesta? ¿Ir a reprobar a los dirigentes y jugadores por igual? ¿Hacerlo todo el tiempo o solo después del partido? ¿Ir solamente a alentar a pesar de lo que ocurrió? Estas son solo algunas de las preguntas que surgen desde el lunes entre los hinchas.

Lo primero que hay que aclarar es que las cuestiones personales, como la economía y como vive el fútbol cada uno, o lo que piense acerca de lo que realizaron y cuanta culpa tienen dirigentes y jugadores, no es materia opinable. Nadie es quien para decidir por el otro ni poner como una verdad absoluta lo que cree que hay que hacer.

Una vez aclarado esto, mi opinión, como todo lo que hago en esta web y como hincha, está basada en la premisa principal, que es el club siempre por encima de todo y todos. La bronca que tengamos, las ganas de manifestarla, ni la manera que elegimos para hacerlo, es más importante que Independiente.

Cada uno por supuesto es libre de decidir si puede y quiere o no ir, aclarando que el de mañana es un encuentro en el que casi todos (abonados no) los hinchas deben pagar entrada, además del costo que conlleva siempre ir a la cancha. Una vez en el Libertadores, también cada hincha tiene la libertad de manifestar o no su enojo y contra quienes hacerlo.

Lo que si puede entrar en debate, siempre en mi opinión, es en que momento hacerlo. Al menos en cuanto a los jugadores, ya que los dirigentes no enfrentan a Fortaleza. Independiente tiene que disputar el partido de ida por la llave de un torneo internacional y hay que ganarlo. Nos guste o no, este plantel es el que representa los colores que amamos mañana por la noche.

¿Una reprobación generalizada puede mermar el rendimiento de los jugadores y por lo tanto perjudicar a Independiente? No es algo que se pueda comprobar, pero suponer que alguien flojo (al menos últimamente) de carácter, que es justamente la razón de la reprobación, se ponga más nervioso y baje el nivel al recibir insultos, tiene bastante lógica. Y pensar que eso atenta contra las posibilidades que tiene el club de lograr el mejor resultado posible también.

“El jueves vamos a ir a putear y comernos entre nosotros cuando por ahí el silencio sería la más cruda realidad” declaró el siempre sabio Ruso Verea en Orgullo Rojo Radio. Esa es una postura que se sitúa del otro lado de los que creen que mañana hay que demostrar el enojo antes, durante y después del encuentro y que piensan que el silencio o la indiferencia es hacer que los culpables de lo que pasó “la saquen barata”.

Teniendo en cuenta todo esto, y volviendo a aclarar que nadie es dueño de la verdad en este tema, me inclino a pensar en que lo ideal sería manifestarse antes y después del partido, salga como salga, pero alentar por los colores los 90 minutos en los que este en juego la suerte de Independiente en este nuevo torneo que comienza.

¿Vos que opinás? ¿Qué hacemos?

Vergüenza nacional

Independiente perdió una nueva edición del clásico de Avellaneda de una manera insólita; difícilmente se repita un contexto igual o similiar. Son de esas derrotas que duelen de verdad, que causan una sensacion de tristeza e indignación al mismo tiempo, una de esas que dan vergüenza ajena.

Los dirigidos por Lucas Pusineri tenían todo para ganar y seguir por la senda ascendente, pero la apatía y las carencias futbolísticas de muchos jugadores que hoy visten está gloriosa camiseta – aún estando en superioridad numérica un tiempo entero – quedaron expuestas de una manera insoslayable e imperdonable. 

Con 10 jugadores, Racing reafirmó lo que había hecho con 11: ser protagonista e ir en busca del partido con convicción. Con 9 y sin nada que perder fue tenaz, aguantó con jugadores extenuados y perserveró hasta conseguir el gol – si bien hubo una mano de Cvitanich, imperceptible al ojo del árbitro, llamémonos a silencio -.

Independiente, en cambio, no tuvo frialdad, ni templanza para abril la cancha y buscar los espacios. Para ser honesto, este equipo no tiene nada positivo. Con dos hombres de más, buscó: centros al boleo, jugadas individuales y remates al arco desde afuera del área. Son preofesionales e hicieron algo que te enseñan a no hacer desde las infantiles cuándo tenés ventaja numérica. En rueda de prensa, Lucas Pusineri se sinceró: “nunca nos dimos cuenta que teníamos un hombre de más”. Una derrota imperdonable por dónde se lo mire.


Un fracaso del que todos y cada uno de los que hacemos Independiente somos parte. Si, los socios e hinchas también se llevan su grado de responsabilidad en este momento. El simpatizante del Rojo se racinguizó hace mucho tiempo. Me tocó estar en el Libertadores de América ante River y ver a gente aplaudir a los jugadores después de la derrota, escuchar aplausos cuando Alexander Barboza fue expulsado, sentir el shh… cuando alguna persona mostraba su descontento con algunos futbolistas, con el equipo o con la propia Comisión Directiva. Los que tenemos menos de 30 años, nos ha tocado vivir lo peor de Independiente; la mala de verdad. Pero esto de la cultura del aguante no es lo que me enseñó mi viejo; acá se exige compromiso, actitud y fútbol. Lo demás es mediocridad y eso no lo quiero para mi escudo. Esta institución es inmensa, dense cuenta antes que vuelva a ser tarde y nos lamentemos nuevamente. 


Independiente se hunde en un mar sin fondo. Crisis futbolística y deportiva; con dirigentes que se preocupan más por la política sindical – nunca están en Mitre 470, ni en Villa Domínico, ni en el Libertadores de América – o en su queridísimo Camioneros. Egocéntricos y soberbios, encerrados en un mundo irreal dónde miran despectivos desde arriba y ante las primeras críticas de socios e hinchas esbozan algunos comentarios como “boludos hay en todos lados” y/o “ahora son todos hinchas del futsal”. Deudas salariales, casos presentados en FIFA por incumplimiento de pagos millonarios, ningún refuerzo para Pusineri contemplando que la reanudación de la Superliga era con los equipos más importantes del país. Una gestión pésima. Háganse cargo de este desastre y quitensé la vanidad que llevan dentro solo por una Copa Sudamericana y un trofeo que no le importa a nadie como la Suruga Bank. Lean un poquito la historia de este club. 


Será difícil reponerse de este simbronazo vergonzoso. La bronca perdurará y la herida no sanará por mucho tiempo. 
Están matando a Independiente… 

Ellos también son culpables de esta humillación

Que Independiente no haya podido superar a Racing habiendo estado 45 minutos con dos jugadores más que su rival no es exclusiva responsabilidad del equipo y del cuerpo técnico.

Atrás de ellos, hubo un grupo de dirigentes que hace mucho tiempo vienen haciendo las cosas mal. Comprando por comprar en otros mercados de pases y sobrando y no trayendo a nadie en el último.

Y no es que el DT, que tiene responsabilidad en lo sucedido, no haya pedido jugadores. No sólo lo hizo sino que también en varias ocasiones expresó que quería contar con Pablo Pérez. Los dirigentes desoyeron a Pusineri y este tuvo que arreglarse con lo que tenía.

El sábado en una entrevista en Emoción Roja, Yoyo Maldonado, Secretario General del club, dijo muy suelto de cuerpo: “No trajimos refuerzos porque confiamos en lo que hay”. Algo curioso porque si participaron de negociaciones que ellos mismos reconocieron.

Hoy el club deberá reponerse de un nuevo duro golpe. Ha perdido clásicos ante Racing pero nunca de esta forma. Ahora los dirigentes, que perdieron por goleada su partido en el mercado de pases, ya no pueden hacer nada. Y dependeremos del temple de Pusineri de que logre levantar a los jugadores, los cuales, está a las claras, no son los únicos culpables de este papelón.

¿Hasta cuándo, Independiente?

Muchas preguntas. Pocas respuestas y soluciones para escribir en estos momentos. Pero me es inevitable, en parte.

Duele. Y mucho. ¿Qué pasó? ¿En qué momento? ¿Todo tan pasajero, efímero y fugaz? Como para trazar una línea espacio-tiempo, hace exactamente dos años Independiente estaba volviendo de Asunción luego de haber goleado 4-1 a Nacional por la ida de los cuartos de final de la Copa Sudamericana, en uno de los partidos más apabullantes de la era Holan.

Un fútbol vistoso, vertiginoso, del estereotipo del hincha. Semanas más tarde, Barco sacudía esas temidas e intimidantes redes de esos típicos arcos brasileños, y enmudecía el Maracaná. Sentíamos, aunque sea por un cortísimo lapso, lo que nuestros papás o abuelos vivieron y nos contaron a las generaciones más actuales.

Todo lo posterior, ya es historia conocida y no es el foco de discusión ahora.En estos momentos, las respuestas pueden variar. Pero el resultado y el destino es siempre el mismo. Como hace ya años (décadas), Independiente viene haciendo las cosas mal. Y cuando hacés las cosas mal, reponerse nuevamente lleva mucho tiempo. En otras palabras, se necesita proyectar. De un día para otro es prácticamente imposible que las cosas cambien tan radicalmente. Pero cuando ese cambio es visible, no se puede romper nuevamente en un abrir y cerrar de ojos. Porque es muy fácil destruir y muy difícil construir. Malas gestiones, prioridades equivocadas, negociados, erróneas decisiones y resultados a la legua. Un combo explosivo que el tiempo, en algún momento, saca los trapos a la luz.

A pesar de venir teniendo un semestre tan malo como irregular, había conseguido por primera vez acceder a los cuartos de final de la Copa Argentina y tenía la increíble posibilidad de poder acceder a la semifinal de dicha competencia. Tan utópico como real. Pero no. Volvió a decepcionar al hincha, que copó el Estadio Marcelo Bielsa en un día y horario laboral, volvió a jugar mal y quedó eliminado frente a Lanús sin pena ni gloria. Era la única competencia que le permitía jugar la próxima edición de Copa Libertadores. Con la derrota en Rosario, se esfumó toda chance posible.

Con la desayunada noticia de la renuncia del técnico, hay cosas que no pueden pasar por alto. ¿El DT es culpable? Sí. Probó con todo sistema de juego y jugadores posibles. Nunca le encontró la vuelta a un equipo que no jugó a absolutamente nada en 18 partidos. Decisiones que solo él les encontraba significado alguno. Y cuando tuvo que ser autocrítico, no lo fue. Pero los jugadores son tan responsables como el cuerpo técnico. Y los dirigentes, como cara visible y representantes de este gigante club, más aún.

Esta renuncia no va a solucionar las cosas. Se tiene que encontrar el problema de raíz. En las áreas que hagan falta. La secretaría técnica es una buena iniciativa, la cual debe estar conformada por gente capaz y a la altura, y ser la encargada de designar al nuevo entrenador y los refuerzos de cada mercado de pases. Aunque en este país resulte difícil a veces, proyectar es siempre la mejor forma de tener éxito en algo. Careciendo de esto, todo resultará más complicado. Otro año sin Libertadores. ¿Hasta cuándo?

Basta para todos

No hay manera de justificar este fracaso. Sobrando la Sudamericana, dando lástima en el campeonato local y dejando ir el único objetivo futbolístico que el club tenía en el 2019 no hay palabra que defina mejor este patético proceso pensado a los ponchazos. De una épica consagración en el Maracaná a terminar dando pena en todos los planos (internacionales y locales). Sin jugar bien, perdiendo partidos insólitos. Es un papelón por donde se lo mire.

Desde el plano dirigencial, la política nacional mantiene bien ocupados a los encargados de timonear el barco de Independiente, que está en pleno naufragio desde mucho antes de la salida de Ariel Holan. En lo futbolístico, si bien la entrega ante Lanús no fue pésima como en otros encuentros, el hincha sigue asistiendo a ver un conjunto apático, que no contagia, que no puede convertir goles (ni generar demasiadas ocasiones claras) y que está en manos de un entrenador que no tiene idea alguna del club al que está representando. No es novedad que Beccacece hizo absolutamente todo mal al frente del equipo, nunca se ganó ni el más mínimo reconocimiento de parte de la gente y poco se esforzó para intentar cambiar el pensamiento negativo que se tuvo sobre él. Se acabó. Su ciclo no da para más. Independiente pasará otro año sin jugar la Copa Libertadores, sin pelear un campeonato local. Sin nada. 

Hace rato que el hincha dijo BASTA. Los silbidos e insultos en la cancha no son casualidad. Pueden decirnos amargos por eso, no nos ofende. En Independiente siempre importó ganar y la manera en la que se debe lograr. Pero ni Beccacece, ni los jugadores -tampoco los dirigentes- parecen tenerlo en cuenta. El Rojo llegó a cuartos de final de la Copa Sudamericana de casualidad. Ocurrió lo mismo en la Copa Argentina. ¿importa? Claro que importa. Porque era bastante lógico suponer que no iba a lograrse una consagración así. Mucho menos aspirar a meterse nuevamente en el único anhelo que mantenía ilusionado al hincha: jugar, por lo menos, la Libertadores (que dicho sea de paso, la jugamos apenas 3 veces en los últimos 20 años). 

Llegó el momento de ponerse el overol y tomar decisiones. Los dirigentes no pueden volver a equivocarse y sortear así el futuro de un club que parecía venir encaminado. Nunca generó una ilusión la llegada de Beccacece, pero nadie esperaba un fracaso tan rotundo como este. Es momento de cambiar de rumbo y pensar en frío. Es momento de decir BASTA, de una vez por todas. Despertate de una vez, Independiente. O mejor dicho, despiértenlo.

Ganar la Libertadores, lo que manda la historia

Sus siete trofeos continentales depositan a Independiente como la institución que, luego de 35 largos años, continúa con su reinado en América -la última conquista fue aquel viernes 27 de julio de 1984 ante Gremio de Porto Alegre-. La eliminación de Boca Jrs. a manos de su eterno rival, River Plate, lo dejó sin chances de alcanzar al conjunto de Avellaneda en cantidad de títulos de esta índole (tiene seis Libertadores). 

Sucede que Independiente, aquel que fue amo y señor de otras épocas a nivel mundial y que supo atribuirse el mote de Rey de Copas, está a años luz de ser una institución comprometida -al menos desde sus decisiones dirigenciales- para dar esos saltos de calidad que se necesitan para alcanzar grande cosas. Y, lamentablemente, a medida que el tiempo continúa su curso las frustraciones incrementan y ese equipo que parecía imbatible en otros tiempos se sumerge aún más en una mediocridad constante. 

En los últimos 20 años, Independiente participó de tan solo 3 ediciones de la Copa Libertadores (2004, 2011 y 2018) Sí, vergonzoso. Aquel prestigio obtenido por las glorias que forjaron la historia de este club en las décadas del 60′, 70′ y 80′, fue absolutamente bastardeado y hoy, para algunos, es una alegría que por un año más el conjunto de Avellaneda prolongará su reinado en el continente. 

En el transcurso de esos 20 años, hubieron equipos que disputaron la Copa Libertadores más veces que el mayor conquistador de América. Entre ellos: San Lorenzo de Almagro y Vélez Sarsfield (11); Estudiantes de La Palta (8); Rosario Central y Newell’s (6); Arsenal de Sarandí y Racing (4). Una clara muestra del deterioro institucional y deportivo de una entidad que a lo largo de su rica historia supo enmudecer al mundo entero con hazañas trascendentales como contra Juventus en Italia, Liverpool en Japón, Gremio y Santos en Brasil, entre otras tantas contiendas memorables. 


“Lo que manda la historia, lo aprendí de pendejo. En el Rojo se exige, me lo dijo mi viejo”, reza una canción pocas veces esbozada por el simpatizante Diablo. Es imperiosamente fundamental que el hincha mantenga latente su idiosincrasia, su estilo, que recupere su “paladar negro” y comprenda que Independiente es muy grande para permanecer paralizado en un pasado que no será beneficioso para el futuro. 
Sean coherentes con la historia de Independiente. Basta de vivir del pasado. Empezemos a pensar seriamente en el futuro de una bendita vez. 

¿Hacia dónde va Independiente?

Aquellos legendarios principios de Independiente: mística, paladar negro, hazañas y esa gloria arraigada que quedarán inmortalizados en las retinas de los hinchas, nada tienen que ver con estos últimos 20 años de incertidumbre futbolística que acecha al “Diablo” de Avellaneda – al margen dejó la epopeya consagración en 2017 que trajo una pizca de felicidad al pueblo independentista -.

Por supuesto que existen responsables. Entre ellos, están los que dejaron al club a orillas de un precipicio lleno de aflicción y desconsuelo; otros que le dieron el empujón final y algunos que, a pesar de la capacidad resolutiva de los primeros años de mandato, mantienen una abrupta falta de compromiso en la gestión deportiva, económica e institucional. 


 ¿Por qué Independiente, desde hace 2 años, padece una especie de acefalía dirigencial?, ¿quién gobierna el día a día del club?, ¿existe realmente un proyecto o es una falacia que le hicieron creer a los socios?, en caso que existiera ese plan ¿de qué se trata?, ¿hacia donde está encaminado?. Estás preguntas, las cuales por el momento no tienen respuesta alguna, son las inquietudes – entre otras tantas – que Independiente arrastra desde hace más de dos décadas y que decantan ineludiblemente en este presente paupérrimo. 


“El fútbol es un deporte simple en el que mientras a algunos les gusta hablar, a mí me encanta ganar”, señaló enfáticamente Fabio Capello, exfutbolista italiano y considerado uno de los entrenadores más prestigiosos de la década de 1990 y 2000.​​ En Independiente todos hablan – bueno, algunos no – repiten una y otra vez ese famoso caballito de batalla  “acuérdense de dónde vivimos” e inflan el pecho por dos logros (Sudamericana 2017 y Suruga Bank) pero nadie conduce, nadie gestiona “mucho ruido y pocas nueces”. Pareciera que no tienen la ambición que necesita un equipo grande para continuar ganando títulos. 


Los argumentos de la debacle deportiva actual son, entre otros, los pésimos mercados de pases; que contemplan las malas incorporaciones de Gaibor, Chávez, Barboza, F. Silva, Burdisso, Verón, Britez, “Burrito” Martínez; el desprendimiento de futbolistas importantes como Gigliotti, Barco, “Torito” Rodríguez, Amorebietta y Albertengo – quienes nunca pudieron ser reemplazados adecuadamente- y la infundada razón para sostener a futbolistas que llegaron a su techo como los casos de Benítez, Blanco y Pizzini. Y así podríamos seguir con una interminable lista hacia atrás. 
Procesos técnicos que no sostuvieron una misma línea filosófica ni tampoco estilos similiares: Pellegrino, Almirón, Milito, Holan y el actual Sebastián Beccacece. Más atrás en el tiempo, con otras gestiones: Troglio, Gallego, Garnero, Mohamed, C. Díaz, Brindisi y De Felippe, entre otros. Independiente es un constante experimento; muchas dudas y pocas certezas. 


La actualidad apremia y la misma tiene pendiendo de un hilo muy delgado Beccacece – continuaría en su cargo, al menos hasta el viernes, día en el que Independiente, en Rosario, se medirá ante Lanús (obtuvo 18 puntos de los últimos 24 en disputa en esta Superliga) por la Copa Argentina -. Dicho certamen es la última ventana a la clasificación a la Copa Libertadores 2020. El futuro no augura un desenlace prometedor ni mucho menos y lo concreto es que hasta el momento tanto dirigentes, técnicos y jugadores lo único que han logrado es desprestigiar y pisotear la historia de esta inmensa institución. 

Háganse cargo, esto es Independiente.

Independiente, demasiado grande

“La única verdad es la realidad”. Frase conocida si las hay para los hinchas de Independiente, que se aplica a la perfección en este momento de crisis futbolística que atraviesa el equipo de un desconocido y caprichoso Sebastián Beccacece. Un entrenador que es un abismo inmenso de aquel que peleó hasta el final la Superliga anterior y consiguió un historico subcampeonato con Defensa y Justicia. 

Enceguecido con su repulsiva idea que no representa ni una milésima la identidad de esta institución, un sistema táctico pésimo, incómodo y una forma de juego amarreta y especuladora. Jugadores que demostraron no dar la talla para defender con la altura está camiseta y siguen estando en la consideración de ser titulares. Mientras tanto, otros importantes, afuera por gustos futbolísticos. Sin dudas, le quedó demasiado grande Independiente. 

En lo que va de su ciclo como tecnico del Rojo, Beccacece disputó 5 cotejos como local (ganó 4 y empató 1); 7 como visitante (ganó 2 y perdió 5) y dos triunfos por Copa Argentina. Claro, quedó afuera de la Copa Sudamericana más accesible -al menos para llegar a la final- de todas las que le tocó jugar al conjunto de Avellaneda. Un fracaso por dónde se lo mire, para alguien que manifestó en su llegada cómo conductor que venía a este club para ganar grandes cosas. 

“Lo único malo del duelo ante Vélez fue el resultado. El desarrollo fue interesante porque no dejamos jugar al rival y tuvimos situaciones”, señaló el DT post derrota con Vélez. A esta altura, el público no sabe que es peor; si la manera en la que juega Independiente o como declaran los protagonistas luego de derrotas tan amplias y contundentes como las de esta mañana.
Independiente volvió a perder, volvió a ser superado ampliamente por el rival, volvió cometer errores infantiles, volvió a ser un equipo que rozó la vergüenza, volvió a ser el equipo de Becaccece. 

Háganse cargo, esto es Independiente. 

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