Gracias Puma

Independiente transfirió hoy a Emmanuel Gigliotti al Toluca de México, que pagó cerca de 3.200.000 dólares por la ficha del delantero.

Sin embargo el Puma le dejó mucho más que dinero al Rojo. Llegó en 2017, casi desde el “exilio” que le tocó vivir en esos dos años en China. Le costó ponerse a punto en lo físico pero con el correr de los partidos se afianzó en el puesto. Una lesión volvió a postergarlo pero perserveró y triunfó.

Volvió a recuperar la titularidad en las semifinales ante Libertad donde fue clave con sus dos tantos en Avellaneda para la remontada, sin embargo la historia tendría preparada dos noches más de gloria. El 6 de diciembre en el Libertadores de América todo venía mal ante Flamengo en la final. El Rojo perdía 1 a 0 con gol de Rever. Sin embargo, el Puma con una gran definición igualó las acciones. Luego Maxi Meza pondría el definitivo 2 a 1.

En la revancha en Rio fue de los mejores de la cancha. No pudo concretar y tuvo varias chances para hacerlo, pero dejó absolutamente todo. Todos nos acordaremos de ese casi golazo, que de haber sido era para cerrar el Maracaná y que nos entreguen la copa en ese momento. No fue ahí pero fue media hora después. El Rojo se consagró -por segunda vez- en el Maracaná y todos fue alegría. Era resurgir, como el propio Puma dijo en el documental de Orgullo Rojo.

En 2018 obtuvo la Suruga Bank y, al momento de la transferencia, es el goleador de la actual Superliga. Querido por el hincha, Gigliotti anotó su nombre para siempre en este enorme club. Puso la cara y le dio todo, agradeciéndole haberlo rescatado de ese exilio futbolístico. Gracias Puma!

La derrota del fútbol

Son las dos menos veinte de la madrugada de un lunes que seguramente tendrá un tinte negro y tedioso al compás de cada avance lento de las agujas del reloj. Las revoluciones ya han mermado respecto a la erupción de ira que acobijaba a todos los hinchas del Rey de Copas en el Libertadores de América (me incluyo). La tristeza y la desazón tomaron el protagonismo absoluto de la escena y aún, a estas altas horas de la noche, nos seguimos preguntando por qué no fue otorgado el lícito gol de Maximiliano Meza, o sancionado el penal a Silvio Romero. Pero todavía no obtenemos respuesta del penal grande como el Monumental de Javier Pinola…

No voy a ser insensato con mi pensamiento y creer que Independiente probó el sabor de la derrota solo por “no tener eficacia”. Humildemente, permítanme decirles que más allá de las ocasiones malogradas o las buenas intervenciones del arquero de Boca, al Rojo le arrebataron el encuentro en su propia casa. Un robo que deja al descubierto una nueva derrota a la esencia del fútbol. Esa misma que decanta un triunfo por quien es mejor dentro del terreno de juego y que, a su vez, deja victorioso y sonriente al que más goles convierte. Lastimosamente este fútbol, este mal llamado fútbol moderno que algunos medios deportivos nos quieren hacer creer, está inmerso en un río lleno de mugre y escorias, que se pegan como chicle en el zapato; y cuanto más queramos salir más no vamos a hundir.

En tiempos donde observamos una abundante impunidad tanto en un estadio de fútbol, como así también en la vida misma –solo debemos mirar el crítico momento que vivimos como sociedad dentro del país– nos nacen preguntas como ¿Cuándo se va a terminar la violencia en el fútbol?, ¿Tan difícil es meter presos a 100 tipos que solo se dedican a robarnos la pasión más preciada que tenemos? La respuesta es simple; no existe decisión política real para terminar con esas mafias mercenarias que lo único que saben hacer es destruir.

Sin desenfocarme del punto importante de estas humildes líneas de pensamiento propio, considero que no hay decisión dirigencial, dentro de los organismos del fútbol argentino y sudamericano para transparentar el deporte, ya que su negocio es más fuerte, la recaudación es lo que más les importa a los magnates de guantes blancos. No importa quien juegue bien, quien juegue mal, quien merezca; sólo interesa la guita. Hagamos un breve ejercicio y pensemos por qué la final de la Copa Libertadores se jugó, o se intentó disputar, en dos sábados y no los miércoles como históricamente se hizo siempre. De más está decir que los hinchas, esos que sufrimos, lloramos o reímos ante una victoria, no le importamos a nadie. Sino que lo digan los hinchas de River que se quedaron cuatro horas en la cancha esperando el fallo de CONMEBOL u observemos la magnifica decisión de llevar una final de América a Europa.

Los magnates de guante blanco, también recluidos dentro de la Asociación del Fútbol Argentino, nos están robando lo más lindo, la pasión. Basta de errores, basta de robarle a los hinchas del fútbol y fundamentalmente a los hinchas y socios de Independiente, que vienen padeciendo sus fraudes año tras año. Nosotros, los auténticos reyes de copas, levantamos las manos al cielo y con palmas abiertas porque no escondemos nada. Tenemos el orgullo de haber conseguido tanta gloria con mucho huevo, coraje y honestidad.

Puertas adentro

Justo en la semana donde Independiente fue el centro de atención por las sorprendentes declaraciones de Ariel Holan tras la memorable actuación de sus dirigidos frente a Huracán, el Rojo termina perdiendo un encuentro casi de manera inexplicable. ¿Realmente existe manera más insólita de regalar un partido que esta? Si algún distraído se acomodó tarde en el sillón del living y enganchó el duelo recién en el complemento, habrá notado que la primera mitad terminó 2-1 a favor de Atlético. Pero la realidad indicará que, durante los 45′ iniciales, el Rojo jugó mejor. ¿Y se fue perdiendo? ¿En serio? Claro, pero volvió a equivocarse en lugares claves dentro del campo de juego. Abajo, para ser más precisos: jugada preparada y gran definición de Alliendro para el 1-0 parcial; y resolución afortunada del mismo hombre tras una serie de rebotes en el área para el 2-1 transitorio. Antes, Fernando Gaibor había anotado el empate momentáneo desde los 12 pasos (¡al fin alguien que la mete en un penal!).
¿Qué pasó luego, entonces? Holan decidió terminar el flojísimo partido de Cerutti y envió a Pablo Hernández a la cancha. No hay dudas: el Tucu es de los mejores recursos técnicos que Independiente tiene dentro de sus filas. Cualquiera que vio algo de fútbol se da cuenta de que verdaderamente sabe con la pelota en los pies. Pero sus insólitas reacciones y la fuerza temeraria que utiliza para intentar recuperar la pelota también forman parte del juego. Y por eso, al igual que contra Banfield, duró apenas algunos minutos dentro del campo de juego y se fue expulsado por doble amarilla. Un total despropósito de su parte.
Amén de que el 2-2 finalmente llegó luego de una gran definición de Gigliotti (y otra asistencia del 10 ecuatoriano, que levantó notoriamente su rendimiento), el Rojo perdió la brújula en el ST. Pudo haber marcado el tercero en una jugada en la que Maxi Meza (otro de los puntos altos en Tucumán) no pudo acomodarse para definir, pero terminó perdiéndolo por otra insólita irresponsabilidad de uno de sus jugadores: ¿alguien podría indicar cómo Figal intentó controlar a José Luis Rodríguez sin cometerle infracción dentro del área? Porque el penal que cometió fue tan claro como infantil. Así fue que la Pulga anotó el 3-2 a pocos minutos del final y los de Zielinski manejaron el último tramo. No hay reproche alguno para Campaña, pero si algún hincha golpeó la pared en el 4-2 del Decano fue pura y exclusivamente porque el arquero fue a buscar el imaginario empate al área de Luchetti a falta de cinco minutos para que termine el encuentro (repito, no hay forma de echarle culpas al capitán del Rojo, pero es otro punto a revisar puertas adentro).
Ahora, todos seguramente celebramos la forma en la que Independiente bailó a Huracán en Avellaneda. Los 5 o 10 minutos de aplausos continuos fueron la combinación perfecta de buen fútbol y emoción que nos recetaron los médicos del Paladar Negro durante nuestra infancia. Si, yo también hubiese querido tomarme un whisky y fumarme un habano (o varios) disfrutando del enorme despliegue visto en Avellaneda. Y ojo, no es una crítica para el DT por haberlo dicho. Está a la vista: todos los hinchas nos entusiasmamos de la misma manera, incluso el Profesor. Pero, después de lo acontecido en Tucumán, algunas cuestiones quedaron expuestas.
Las irresponsabilidades que cometieron Hernández y Figal pueden cambiar el curso de un partido y, está claro, no deben volver a repetirse. No es extremismo, son pequeñas distracciones o errores infantiles que se vuelven la evidencia más firme para que Independiente deje puntos en el camino. Como en cada campeonato. ¿Qué conviene hacer entonces? ¿Hablar menos y hacer más? Nadie dice que en este plantel “se haga poco” o “no se haga”. Pero lo que sí está a la vista es que hay que hablar más, pero puertas adentro. Hasta la semana que viene.

Modo Diablo

El futbolero tiene bien en claro que ver un partido en el estadio es muy diferente a disfrutar de un encuentro en el sillón del living y a través de la televisión: se pierden muchas cosas. Y es verdad, no hay vuelta que darle. De manera remota, seguro se haya notado la significativa diferencia entre Independiente y Huracán desde el minuto cero. Pero la intensidad que el equipo de Holan demostró, no sólo con la jugada del primer gol de Gigliotti, sino también en las aproximaciones generadas luego, generó un microclima de entusiasmo y satisfacción que se torna un poco difícil de explicar. La gente, ¿sorprendida? se relajó con el repentino 1-0 y se dedicó pura y exclusivamente a gozar del fútbol de alto vuelo que regaló el equipo en el rectángulo de césped. Un lujo.

En realidad, lo qué tal vez no se haya podido apreciar a la perfección desde un televisor es la coreografía que el conjunto de Avellaneda armó para su rival de turno en esta tarde de domingo. Un verdadero baile, mucho mejor que los que sí pasan por TV en la semana durante el horario estelar nocturno. ¿El Rojo sobró el partido? ¿Le faltó el respeto al rival? ¿Qué van a decir esta semana los profetas del odio hacia Holan y compañía? Independiente jugó en Modo Diablo, señores. Con una camiseta que hizo furor por su excelente campaña y sentido de concientización (sí, ya está agotada en todos los puntos de venta cercanos al estadio), pero totalmente ‘desnudo’ si la jerga contemporánea y el nivel desplegado dentro del campo de juego me permiten justificar.

Es cierto que el gol de Martín Benítez, merecido por cierto, trajo esa tranquilidad para que el funcionamiento del equipo sea duplicado y la impotencia del Globo (que terminó pegando más de la cuenta) haya quedado totalmente expuesta. Pero ni cuando Huracán descontó, Independiente la pasó mal. En el Libertadores de América (ya que estamos, bien por la gente expresándose por el afano con River, aunque ahora ya toca mirar para adelante) la sensación de los hinchas más bien era: “qué boludos, ¿cómo no lo definimos antes?”. Pero en general no había nada de qué asustarse. De hecho, el fútbol-show del Rojo en el Día de la Madre -Adri, te quiero pero jugaba el campeón- gestó una confianza notoria que presagiaba la liquidación total del juego en cuestión de minutos. Era sólo eso: esperar para terminar festejando. Y así fue.

¿Qué queda por decir de jugadores como el Puma Gigliotti? Basta con eso de que hay gente que puede llegar a discutirlo. ¿Realmente existe esa gente? Porque a mí lo único que me genera son aplausos, sonrisas y gritos de gol. Discutido es Gaibor, y me incluyo entre los que todavía manteníamos dudas sobre sus rendimientos desde que llegó al club. Ante Huracán, demostró ser el 10 que necesita Independiente a pura asistencia y toqueteo. Así, sí. Pero hay que aclarar también que todo el equipo jugó en un nivel superlativo. Ahora que sólo quedó la Superliga, y estando más que nunca totalmente en juego, hay que meter un pleno en esto y bajar a los vecinos. Porque si Independiente continúa jugando de esta manera, habrá que habilitar la venta de whisky y habanos en las plateas Erico y Bochini y renovar el abono por un par de temporadas más. ¿Por qué no nos vamos a permitir soñar, no? Con este equipo en Modo Diablo, nos animamos a pararnos, otra vez, contra todos. Disfruten.

Equipo bipolar

“Esta afección mental prevé cambios rotundos y marcados en los estados de ánimos de una persona. Quien los padece percibe una variación extrema entre la felicidad y la tristeza en escazo periodo de tiempo”.

Este camino de reordenamiento de esquema, funcionamiento y adaptación que está atravesando Independiente, luego de la consagración histórica en el Maracaná a fines del 2017, lo expuso en este estado mental dócil entre lo que intenta producir dentro del campo de juego y lo que termina reflejando en el mismo.

Quizás, una de las razones para entender esta “bipolaridad” en el rendimiento de los futbolistas, al menos en este comienzo del segundo semestre, son los cambios de nombres entre Copa Libertadores y Superliga. “Tenemos que sostener un rendimiento continuo juegue quien juegue”, declaró Ariel Holan pos eliminación en la Copa Argentina contra el humilde Brown de Adrogué -el peor partido de este 2018-.

Independiente es un equipo en los primeros tiempos y otro en los segundos. Así lo ha demostrado en partidos puntuales como contra Estudiantes de La Plata, donde se fue al descanso con un un 0-2 de la mano un rendimiento paupérrimo y con el atenuante de la expulsión de Nicolás Figal – también en la primera mitad como fue ayer la de Pablo Hernández -. Pero tras 15′, lo que dura el descanso, salió otro plantel, uno que mostró carácter, rebeldía y vergüenza deportiva para rescatar un punto que, a priori, era inviable.

En el duelo de copero ante River, en el Libertadores de América, se vislumbró algo similar en el desarrollo de los 90′. Pese a algunas situaciones claras, como la de Maxiliano Meza y Silvio Romero en la primera etapa, sufrió excesivamente para aguantar el 0-0 y entregó peligrosamente la pelota a su rival para esperar una contra que llegó solamente en la ocasión mencionada anteriormente. En la segunda mitad, el equipo tuvo hambre y ese espíritu avasallante que contagia, ilusiona y tanto le gusta ver al hincha de Independiente.

El encuentro con Banfield no fue la excepción y si bien el trámite arrancó prodigioso para Independiente, luego de la expulsión del “tucu” Hernández – a los 12′ – los papales tuvieron que cambiar rotundamente. Los jugadores naufragaron con viento en contra, con errores, dudas e impresiones las cuales derivaron en la desventaja. Como en los dos compromisos mencionados, la elaboración del complemento fue diferente y la bipolaridad volvió a tomar posición como protagonista, porque pese a ese hombre de menos el Rojo exhibió su jerarquía, metió lo que tenía que meter para empatar y hasta tuvo chances para quedarse con el triunfo.

¿Por qué Independiente entra en esta afección mental que traduce dos versiones tanto en el juego y como en la actitud?. El profesor tendrá el desafió de amoldar un equipo que exprese equilibrio futbolístico y la concentración necesaria para no ir corriendo de atrás en los resultados siempre, fundamentalmente porque en menos de dos semanas se juega el partido más importante de los últimos 30 años.

Resurrección

Aunque haya sido doloroso escribir la página más negra de la historia de Independiente, tocar fondo permitió que la institución levante la cabeza y pise fuerte, para comenzar a desandar el camino hacia la refundación institucional, deportiva y social. “Las cosas pasan por algo”, rezan algunos supersticiosos cuando algo no marcha del todo bien y como quien no quiere la cosa, de la noche a la mañana, los socios e hinchas del Rojo se toparon con ese “algo”. Fue precisamente el 15 de junio del 2013, cuando el mundo independentista se paralizó en un sentimiento desgarrador, nunca antes vivido.

Llantos, abrazos interminables, bronca e insultos al viento fueron acciones encarnizadas por los más de 6 millones de simpatizantes en todas partes. Ya ni siquiera por el resultado adverso y el desenlace que a esa altura era inevitable, sino por la forma en la que nefastos dirigentes y algunos denominados “hinchas” ultrajaron y vaciaron a la tercera entidad con más hinchas de Argentina.

“Nadie está a salvo de las derrotas”, dice una cita, con buen tino, del escritor brasileño Paulo Coehlo e Independiente vivió eso que jamás pensó que le pasaría después décadas doradas llenas de gloria. Durmió una de esas siestas interminables y despertó con un fracaso, esos que verdaderamente duelen. Pero sacó la cabeza del agua para inhalar una bocanada de aire fresco y despacito fue saliendo hacia la superficie.

La resurrección de Independiente comenzó a encarrillarse gracias a la gran ayuda de un verdadero soldado llamado Omar Defelippe – inflo el pecho cuando menciono su nombre porque literalmente es un héroe para todos los argentinos -. Ese técnico con conceptos claros basados simplemente en el trabajo, agarró un timón en llamas y navegó por aguas turbias durante menos de un año, hasta ubicar a la entidad de Avellaneda en donde nunca debió levantar el ancla.

Llegó una dirigencia que, pese a quien le pese, sacó el club a flote y reordenó los hilos administrativos, económicos e institucionales de un club en ruinas en todos los espacios que hacen a su imagen. Y si bien no le escapó a los errores; como fueron contrataciones de jugadores y hasta de entrenadores, el camino del resurgimiento les compete en un porcentaje amplio.

Quien decora esta humilde cronología de la resurrección de Independiente es Ariel Holan. El “Profesor” tuvo en su poder la receta para llevar a cabo la refundación necesaria que tenía una crisis de más de más de 20 años. Observado de reojos y cuestionado por periodistas, exjugadores y actuales, el entrenador se ganó un respeto indeleble a base del famoso CAI: Compromiso, Actitud e Intensidad.

En menos de 1 año, Holan no solo llevó al equipo a ser campeón sudamericano en el mítico Maracaná, tras 8 años de sequía internacional, y posteriormente la Suruga Bank en Japón, sino que además le devolvió la identidad de juego al plantel y el prestigio al club, que por tantos años fue pisoteado por gente que simplemente lucró o no tuvo la capacidad de gestión para un gigante como el Rey de Copas.

La historia le pertenece a todos los hinchas y esta pequeña línea del tiempo intentó reflejar ¿cómo? y ¿Por qué? Independiente debió transitar una resurrección deportiva e institucional.

El Rojo enfrentará el próximo lunes a Brown de Adrogué por Copa Argentina; cinco años después de aquella derrota 2-1 con el Tricolor en ese primer paso hacia la levantada. El presente es totalmente la antítesis de ese fragmento que no mancha los 114 años de gloria absoluta, sino que alimenta la fortaleza de una institución que, ante la desidia, supo como concebir la tan ansiada resurrección para volver a ser lo que alguna vez fue.

De la nada a la gloria

¿Cuántas veces soñaste con este momento? ¿Cuánto tiempo esperaste por ver a Independiente ahí, en el lugar del que siempre te hablaron? O, mejor dicho, ¿Cuánto tiempo esperaste por ver a Independiente así, con la cabeza tan erguida, la frente bien en alto y una sonrisa invencible y endiablada que sólo puede despertar la envidia de los rivales que van quedando en el camino? Vos, que tenés menos de 30, seguramente invertiste cada segundo de tu insomnio recostando la cabeza sobre la almohada e imaginándote una situación así. Y usted, que ya supera las tres décadas, no podrá negar lo que extrañaba y necesitaba vivir todo esto junto con el club de sus amores.

Independiente, el equipo más ganador del continente, vuelve a estar en la cresta de la ola luego de 28 años. Es entendible que por ese entonces, ni el más pesimista de los hinchas hubiera imaginado lo difícil que sería mantener dicho legado. Y mucho menos recuperarlo. Pero el tiempo pasa y, aunque nuestro pasado jamás será negado, el Rey de Copas hoy está nuevamente de pie. Ya no tiene 12 trofeos internacionales como en aquella Libertadores de 1990 donde River lo eliminó en cuartos de final. No. A pesar de haber atravesado los peores años, transitando por los mismísimos pasillos del infierno y besando la lona en casi todas las veladas, seis títulos más se adornan a la perfección hoy sus vitrinas. ¿Y lo más importante? Sabe a lo que juega: propone, se planta y da pelea (en Avellaneda, en Brasil, en Colombia, en Paraguay, donde sea). Recuperó la confianza de los hinchas, que no es poca cosa -no hace falta recordar la polémica que significaba jugar entre murmullos cada vez que el Rojo pisaba el Libertadores de América-. Lo respetan. ¡LO RESPETAN! Chapeau, Ariel Holan.

No le miento, querido amigo, si le digo que esperé absolutamente toda mi vida por vivir este momento (sí, yo aún pertenezco a ese pelotón de menos de 30). Siempre quise ver a Independiente jugar esta clase de instancias. Me pasaba horas hablando con mi papá sobre las grandes hazañas del club en los años 70′. Y aunque él haya visto 7 Libertadores, 2 Intercontinentales y un sinfín de copas doradas, y a mi me haya tocado vivir la peor de las pesadillas, siempre me hago un espacio para levantar la cabeza, mirar hacia el cielo y ver como una minúscula estrella en un cielo totalmente despejado me hace un guiño para mostrarme de qué estamos hechos. De pierna fuerte y templada. De delanteras históricas, de momentos sagrados. De estantes llenos de títulos. ¿Oxidados? Para nada, están más vigentes que nunca. Y hay un espacio especial para el trofeo más preciado de todos.

No nos tocó la más fácil de las series. Un brasileño siempre es un rival a respetar. Más aún si es Santos. Pero como la historia de nuestro club está llena de hitos memorables, con este no podría haber excepción. Y no la hubo: papelón de la dirigencia para que el Rojo se quede con un 3-0 en la ida (muy bien los dirigentes de Avellaneda actuando rápido) y papelón de los hinchas para que la vuelta se suspenda cuando todavía persistía el empate sin goles. ¿Merecimientos? Hablar de ello sería faltarle el respeto al rival, que pateó una sola vez al arco en toda la serie (y en el desquite, donde Campaña se lució con una tapada fenomenal ante Gabigol en el Pacaembú). Independiente mereció ganar los dos partidos y por amplia diferencia. Se bancó el clima hostil que generó el rival en la previa y en el durante. Se bancó las patadas, el extremado juego brusco y otro penal que no le dieron -antes de que Meza falle el suyo-. Pero eso ya no importa. Está en cuartos de final, espera por River o Racing y sueña con ir por todo. ¿Hace unos años? Estaba totalmente perdido en la neblina. Hoy, está entre los ocho mejores de América. De la nada a la gloria. Y vamos por ella.

Ejemplo de todo el continente

Decir “Independiente” siempre fue sinónimo de grandeza. En Argentina y en Japón. Acá y en todos lados. Delanteras de elite, goleadores históricos, proezas inimaginables, numerosos títulos (muchos de ellos con hazañas memorables de por medio) significaron sólo algunos capítulos de las paginas que parecían repetirse año tras año en el libro dorado de esta institución deportiva. Y aunque no siempre todo sea color de rosas -o “Todo Rojo”, en este caso-, aquellas oscuras hojas que parecían arruinarlo todo en los últimos escritos ya son parte del pasado.

Ojo, no fue magia: para que todo se “acomode” nuevamente hubo que limpiarse las lágrimas, abrir el grifo, lavarse la cara y mirar para adentro un buen rato. No hay que dejar de resaltar que hace exactamente un año atrás, en agosto de 2017, pocos se imaginaban (nos imaginábamos) que algo de todo esto podía llegar a ocurrir. Que Independiente iba a ganar dos títulos internacionales más en menos de ocho meses y que miraría a todo el continente desde lo más alto nuevamente. ¿Merecido? Pero claro. Ya lo dijo Holan después del partido: “Dimos 30 años de ventaja y estamos 18 a 18”. Hubo que dejar atrás las pesadillas, los embargos, las piedras en el camino que colocaron los envidiosos. Hubo que enfrentar a los poderosos. Hubo que cerrarle la puerta a algunos que le faltaban el respeto al glorioso nombre del Club Atlético Independiente y a muchos de sus emblemas. Hubo que hacerlo. Y se hizo.

Tal vez por eso es que los hinchas sentimos una satisfacción superior al quedarnos con esta copa, que vale como cada una de las otras 17 que posee el club. Como sucedió con la Sudamericana, cuando la cosa viene difícil -como la difícil serie contra los tucumanos, la mano alevosa de Tacuara Cardozo en Paraguay o el hostil clima de Río de Janeiro-, todo parece disfrutarse el doble. Y acá, con la Suruga Bank ya en las vitrinas (algo que debió haber sucedido hace siete años cuando Mohamed y sus muchachos fueron de paseo a Japón), podemos decir que el Rey de Copas está más vigente que nunca: el DT y la dirigencia, grandes hacedores de la levantada histórica del club junto a los leones que conforman el equipo, tomaron este torneo a partido único con la seriedad que se merecía. No fueron a especular contra un rival desconocido; lo estudiaron, lo analizaron, tomaron recaudos, prepararon el partido, se aclimataron al país (jet lag, clima, o lo que sea) y dejaron bien en alto el nombre de la institución. Como debe ser. Como nunca dejo de haber sucedido en el pasado. A ellos, y a todos los que competimos esta locura cada vez más grande y copera, gracias y a disfrutar. Ejemplo de todo el continente (y del mundo entero, claro que si), nuestra gran institución.

Corrida de Toro

La inminente salida de Diego Rodríguez plantea un gran interrogante en el mundo Independiente: ¿Por qué dejar ir a un jugador titular con contrato y que rindió con esta pesada camiseta?

Parece que el peor rival de Independiente es Independiente. Esa fue una máxima que leímos y escuchamos durante los últimos años y que, con la llegada de Ariel Holan y la consagración de una idea en el mítico estadio Maracaná, parecía haberse enterrado, sin embargo sigue pasando.

¿Es cierto que a Holan no le gusta Rodríguez? Suena raro si se tiene en cuenta que terminó siendo titular. Nos preguntábamos lo mismo con el Rolfi Montenegro en la época de Jorge Almirón, pero ahí las razones parecían ser otras. Justamente, en el mencionado Maracaná, el Torito jugó un partidazo, con un rendimiento sostenido en meses, en donde alternó cuando no se usó el doble cinco con Nico Domingo, otro de gran rendimiento. Cuando se eligió jugar con dos volantes centrales siempre fueron los elegidos.

Independiente hoy tiene dos volantes de marca -Torito y Domingo- y otros “mixtos” que pueden cumplir dicha función -Gaibor, Jonás- pero que distan de dar la talla como los primeros mencionados. Se viene un semestre importante, en donde el Rojo se juega la busqueda de la octava Libertadores, la Copa Argentina que nunca ganó y el torneo local que no obtiene desde hace 16 años. ¿Es necesario desangrar tanto a un equipo que seguro pierda a su principal figura -Meza-?

Las opciones que aparecen en el horizonte son Eric Remedi, jugador por el que Banfield pretende 3 millones y medio de dólares y Carlos Benavidez, el interesante joven uruguayo de Defensor Sporting, por el que se pretende una suma cercana a la del volante del Taladro. Serían inversiones interesantes a futuro, pero Independiente necesita presente. Y el presente indica que ninguno de los dos jugadores puede jugar la Copa Libertadores para el Rojo porque ya lo hicieron para sus respectivos equipos.

Otros jugadores en carpeta, que si podrían disputar la Libertadores, son los de el chileno de 32 años, Francisco “Gato” Silva y el joven paraguayo Richard Sánchez. El primero pretende ganar más de un millón de dólares por año más el valor de su ficha. Por el segundo, Raul Amarilla, manager de Olimpia, anoche en Orgullo rojo tasó al jugador en 7 millones de dólares. No estoy en contra de las grandes erogaciones que en realidad son inversiones, sobre todo cuando se trata buenos jugadores. Pero entonces, después no nos mientan en la cara diciéndonos que el Toro pide mucho para renovar. ¿Pide más que todos estos posibles reemplazos a los que hay que sumarle la transferencia? La respuesta es un no rotundo.

Entonces dirigentes y cuerpo técnico, tengan en cuenta que la decisión que van a tomar va a comprometer el futuro de Independiente, que puede salir bien, pero que hay una serie de aristas que indican todo lo contrario.

¡Ganar la Libertadores!

Faltan pocos días para que la pelota comience a rodar en el verde césped de Rusia. El mundial está a la vuelta de la esquina. Tiene espectante a toda la comunidad -me incluyo- pero la ansidad y las ganas de volver a ver a Independiente en las definiciones mano a mano en la Copa Libertadores, después de 23 años, son inmensas. Me dirán loco, anti Selección o lo que se les ocurra, pero imaginar la octava maravilla del mundo posada en la gloriosa vitrina del Rey de Copas, es un sueño hasta incluso más grande que ver a Leonel Messi -a quien tanto quiero y respeto- levantando la bellísima copa del mundo.

No trato de hacer una comparación absurda de si Messi o Maradona, Batistuta o Crespo, ¡no!, sólo intento expresar emociones, prioridades que nacen desde el corazón y que rememora aquello sintieron nuestros padres y abuelos. Por supuesto que quiero ver la bandera celeste y blanca flamear en lo más alto y que de una vez por todas la justicia futbolera -si es que existe en este deporte- le brinde la oportunidad al mejor jugador del mundo, y a todos los muchachos, de tocar el cielo con las manos y alegrar, aunque sea muy poquito, la vida de los más de 42 millones de habitantes que no la están pasando nada bien en estos tiempos.

Pero déjenme decirles a ustedes, lectores de Orgullo Rojo, que para este humilde periodista e hincha enferborizado de Independiente, volver a levantar una Copa Libertadores luego de 34 años y ser la primera vez que pueda verlo, sería alcanzar un sueño; el más precioso que pueda existir para los aficionados de América.

Reencontrarnos con nuestro viejo amor, ese que en los años 64′ 65′ 72′ 73′ 74′ 75′ y 84′ le dio al pueblo Rojo la felicidad, la mística y el punta pie inicial para invocar el lema inigualable e irrepetible de Rey de Copas, es para mí persona el regalo más grande que el fútbol e Independiente me puedan dar.

Soy redundante en mí comentario y reitero que me encantaría cómo argentino salir campeón en Rusia pero si tendría que elegir, ganar la Copa Libertadores sería una consagración que le daría a Independiente y a todos los hinchas, la posibilidad de volver a ser lo que una vez fuimos…

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