¿Sabés cuánto, Rojo?

Siete años y tres días después de aquel inolvidable partido ante Liga de Quito, estamos acá, sin poder dormir. Sin pegar un ojo desde hace varios días, cuando el partido de ida ante Libertad quedó concluido. No es culpa nuestra, nos tocó ser así. Nos tocó vivirlo así. Nos pasaron muchas cosas en estos 2558 días; muchas de verdad. Y algunas fueron irreversibles. Atravesamos cosas que ni el más pesimista imaginó. Y estamos acá, otra vez acá. Muchas cosas cambiaron desde entonces. Tal vez haya otros nombres y otra mentalidad -bendito sea Ariel Holan y su afán por recuperar la identidad perdida de este club-, o el estadio tenga más capacidad que hace unos años atrás (aunque nos parezca extraño, algunas cosas cambiaron para mejor). Pasaron por nuestras narices miles de actos impuros: promesas incumplidas y engaños a escondidas, momentos de desolación, derrotas sin consuelo. Catástrofes irremediables, por más exagerado que suene. Pasó de todo.

Pero en estos siete años hubo algo que, internamente, nos hacía creer que todo algún día volvería a ser cómo antes. Que alguna vez lo bueno nos tocaría a nosotros. O para los más pequeños, que solo conocen de la grandeza de este club por videos, fotos, anécdotas o históricos papiros, que alguna vez les tocaría vivir en carne propia aquella rimbombante mística que se forjó en los años 60. En cada momento adverso, un soplido me decía que algún día íbamos a estar acá otra vez. Y acá estamos.

¿Sabrán esos que te dicen: “che, es un partido de fútbol nada más”, todo lo que nos aguantamos en estos siete años de interminable espera? ¿Sabrán lo que significa para nosotros jugar una copa internacional? ¿Sabés vos cuántas lágrimas dejaste en el camino esperando por este momento, por estar frente a la puerta de volver a quedar en la historia? ¿Sabés vos, Rojo, cuánto esperamos por este partido todos los hinchas?

Huevo, Independiente: hoy no podés perder.

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