"Cuentos del Diablo: Duendes y fuegos"

"Cuentos del Diablo: Duendes y fuegos"

Anoche no me podía dormir. Las últimas semanas se me hizo una mala costumbre. Hubo veces en que tuve un poco de suerte y después de muchas vueltas lograba, al menos, descansar unas horas. Pero en general fue muy difícil, como ayer. El reloj de mi mesa de luz parecía bostezarme y yo estaba con los ojos abiertos como un dos de oro. No había libro ni radio ni televisión que me calmara y me ayudara a encontrar el sueño. Cuando todo indicaba que la noche se me iba a escapar en un eterno insomnio, tuve una idea, una necesidad, un impulso. Me puse la ropa que había dejado sobre la silla del escritorio, agarré una campera y salí.

La calle era pura desolación. El viento y el frío eran hostiles. Por un instante intenté ser aquel tipo racional que a muchos les hice creer que soy, volver sobre mis pasos y acostarme en la cama a mirar el techo y esperar el amanecer para ir a trabajar. Pero necesitaba hacer otra cosa. Y ya no tenía que ver solamente con la imposibilidad de dormir. Había algo más.

Cuando llegué a la calle Colón, un perro noctámbulo me ladraba como buscando algún tipo de respuesta o explicación de mi parte. No la había. Ni para él, ni para nadie. Si había algo que me llevaba a hacer lo que estaba haciendo, nada tenía que ver con la razón o la cordura. Lo que estaba haciendo era un acto desesperado y con una alta dosis de locura quizás provocada por la falta de sueño de las últimas semanas.

La esquina de Díaz Vélez me devolvió imágenes de mi infancia. Aquella larga calle que bordeaba los monoblocks que me canse de caminar, ida y vuelta, de la mano de papá cada vez que teníamos una cita con el Rojo en la Doble Visera. Y después, Bochini. Me paré debajo del cartel de la calle y se me erizó la piel. Estuve con la mirada perdida algunos minutos en dirección a la ex tribuna Cordero, los bares abandonados y las casas que parecen resistirse al paso del tiempo. El viento parecía traerme el eco de las canciones, esas que viven en cada rincón del Libertadores de América: “Rojo, mi buen amigo…”, escuché como escuchaba aquellas noches de algún partido de copa en donde esos gritos apuraban el paso de los rezagados que todavía no habían entrado a la cancha. Por primera vez en la noche estaba en paz. ¿Cómo no iba a estarlo si estaba en casa?

Cuando ya había tomado la decisión de volver a mi casa, vi una sombra asomarse entre las columnas en la zona de boleterías. Tuve tanto miedo como curiosidad y, con algunos recaudos, me acerqué. Era un hombre mayor, con una tupida barba canosa que no le permitía disimular sus años. Las arrugas de la cara y las manos eran su certificado de experiencia. Tenía un saco viejo y roto sobre la espalda. Me preguntó qué hacía a esa hora de la noche solo y por esas calles. Yo tenía ganas de preguntarle lo mismo, pero por respeto simplemente me decidí a contestarle. Le conté que yo, como tantos otros, no puedo dormir bien. Que hacemos cuentas, que comemos poco. Que lloramos, que tenemos miedo y que no sabemos qué hacer. Le confesé que seguramente hubiera preocupaciones más importantes en la vida que las que tenemos nosotros y hasta me dio vergüenza contarle esas cosas a alguien que vivía en su situación. “Pero Independiente es la más importante, de esas cosas menos importantes”, le dije como para no sentirme tan incómodo. ´

Mientras yo le hablaba, él me miraba sin decir nada. Con mucha atención, pero sin soltar una palabra. Le hablé de las lesiones, de los goles en contra, de las derrotas sobre la hora, de las ventas no concretadas, los problemas económicos, y él solo me escuchaba. Cuando ya no tuve más nada para decir, respiró hondo, me apoyo la mano en el hombro y me dijo: “Cuando me llamaron todo me resultó muy confuso, diablo querido. La última vez que anduve por acá fue hace casi dos años, en diciembre. Noche de copa, misión conocida. Pero ahora me costó entender, ubicarme en todo esto que me estaban pidiendo”. A esa altura empezaba a sospechar del estado de ese pobre hombre. Estaba delirando, yo no entendía bien de qué me hablaba pero por cordialidad le debía el mismo silencio que él había tenido minutos antes conmigo. Me contó que le costó un poco convencerlos a “ellos” y que por eso tardó tanto en aparecer. Que él había dicho que “sí” enseguida pero que no podía hacer nada hasta no contar con el aval de todos. El tipo no hacía otra cosa que remarcar el “ellos” y yo me mordía la lengua para no interrumpirlo y preguntarle de quiénes hablaba.

La noche se puso muy fría. El viejo se acomodó el saco que tenía sobre los hombros, tiró un pedazo más de madera en un tacho donde un pequeño fuego se extinguía y me dijo: “Que te sirva de metáfora pibe. El mismo viento que puede apagarte el fuego, es el mismo viento que puede reavivar esa llama que agoniza”. Esa frase me quedó rebotando en la cabeza un largo rato y casi como una revelación pude empezar a entender todo. “No te voy a mentir. Con todo lo que pasó ellos perdieron algo de magia y la magia para ellos es todo.

En aquellas épocas la mística se retroalimentaba, después se volvió más complicado. Nunca pensé que los iba a tener que ir a buscar para algo así. De hecho, me resistí durante un tiempo porque sentía que estaba traicionando mis principios. Después yo también empecé a tener problemas para dormir. Los veo a cada uno de ustedes y se me parte el alma. La otra noche, mientras se iban por Alsina los escuché y no aguanté más. Ellos también se sorprendieron. Les resulta raro esto. No están acostumbrados. Ninguno de nosotros está acostumbrado. Pero entendieron que son necesarios, que en este momento tenemos que estar juntos. Y quedate tranquilo, ya están preparados para lo que viene”.

Cuando dejó de hablar y levantó la mirada, me atreví a darle un abrazo. La imagen de ese fuego, ahora ardiendo rabioso, era la imagen del Fuego Sagrado. Sus palabras habían logrado lo que nada ni nadie logró últimamente: darme confianza. Volví a mi casa caminando por Alsina pensando en la mística, en los guardianes de ese Fuego y en los duendes. El próximo partido los voy a buscar. Van a estar en algún córner, en alguna pelota que pique a favor, en algún desvío que se transforme en gol nuestro. Y los voy a buscar en las tribunas, en las plateas, en los palcos. Porque son ellos, pero también somos todos.

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Juan Manuel Colomer
Periodista. Opinión en Orgullo Rojo web. Todo dura un instante, para toda la vida.

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