La bomba de tiempo

En Independiente nada cambió. Hace poco más de un año, Lanús le daba un cachetazo al equipo de Sebastián Beccacece en Rosario y lo dejaba sin Copa Argentina (y sin entrenador). Aún no existía el rol que hoy ocupa Jorge Burruchaga, pero Lucas Pusineri se haría cargo de un equipo que viviría prácticamente la misma situación 14 meses después: tras un 2020 de actuaciones para el olvido (salvo excepciones), con más problemas económicos que en ocasiones anteriores, éxodo de futbolistas y una muy particular y característica interna dirigencial, se disolvió la ilusión de la Copa Sudamericana, justamente ante el mismo rival.

Lo curioso, o probablemente lo más doloroso, es que todo se veía venir. La bomba en algún momento iba a explotar. Pusineri puede gustar o no como entrenador. Pero desde el vamos, su precipitada llegada fue solamente una bocanada de aire fresco para esta dirigencia, que contrató un ídolo futbolístico para hacerse cargo del famoso “fierro caliente” que nadie quería agarrar. Claro, nadie se iba a animar a poner en duda a uno de los héroes de aquel Apertura 2002. Pero todo se vino abajo después del papelón en el clásico jugado en febrero.

La jugada de incorporar un mánager después del mencionado suceso también resultó otro papelón. No por Jorge Burruchaga, otro emblema de la casa como jugador (tomando decisiones ya había dejado mucho que desear). Pero ese “no tengo ningún proyecto” desde el día cero al fuego cruzado de declaraciones en la continuidad del contrato del entrenador dejaron expuesto al autor del inolvidable gol frente a Grêmio en 1984. Su rol parece ser pura y exclusivamente honorario, como lo había sido unos años antes durante su etapa en la Selección Argentina. Si el mánager, que no eligió al actual DT y que supuestamente fue contratado para profesionalizar el área futbolística del club, tampoco participa en la decisión de su continuidad es porque algo no funciona puertas adentro (y va más allá del cariño del hincha hacia Pusineri o incluso al propio Burruchaga).

En definitiva, irse a un vestuario perdiendo por tres goles en el partido más importante del año es algo que no puede pasarse por alto: más allá de los errores amateurs (un caño en el área propia, una simulación de un golpe que no existió a centímetros del línea o un innecesario y ridículo cierre que termina en pifia), Independiente fue esto durante todo el 2020. Era cuestión de esperar a que explote la bomba. Se entiende la ilusión en estas instancias de copa, pero ¿de verdad alguien creía que un equipo así podía ganar un título? Formado a los tumbos, sin una idea clara de juego, con internas políticas adentro y afuera del club, con decisiones desacertadas en todo aspecto, juicios perdidos, patrimonios absolutamente tirados a la basura y otro fin de año donde la situación es la misma que hace 365 días atrás: una bomba de tiempo ya detonada.

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