Mi primera vez

Papeles en el viento es un libro del gran escritor Eduardo Sacheri, llevado al cine con el mismo título hace cinco años. Esta nueva sección de Orgullo Rojo lleva ese nombre porque busca recopilar anécdotas de tribuna, esas que a los futboleros nos emocionan y llevamos guardadas en el corazón, porque nos une el mismo sentimiento. Animate y envianos la tuya a orgullorojo.com@gmail.com

Mi primera vez no fue como la de los demás. Tampoco creo que se trate de lo que la mayoría tiene en mente. Fue otra cosa. Tal vez mejor. Definitivamente mejor.

Corría el año cincuentainueve, aunque yo con siete años ya sabía que a esa fecha había que restarle un par de números, según la sabiduría popular de que acá llegaba todo más tarde desde un lugar llamado Europa. Al parecer, un tipo de centro de distribución desde donde se despachaban los acontecimientos importantes y las nuevas modas. Que acá no tenían nada de nuevas, porque cuando estábamos a la moda, en realidad, ya estábamos fuera de ella. Al igual que al mirar las estrellas lo que vemos es algo probablemente ya extinto, una especie de viaje en el tiempo sin túnel. Cuando acá todavía sonaba un yabadabadú, allá la música ya era supersónica.

Pero volvamos. Año cincuentainueve, faltaba uno para cambiar de década y tres para que los sesenta se convirtieran en los mejores de la historia, cuando cuatro muchachos de una ciudad de Inglaterra con la cual aún no nos habíamos peleado, cambiaran para siempre todo lo que se puede llegar a cambiar. Hecho fáctico e irrefutable que no amerita discusión alguna.

Pero mi primera vez no se trató de nada de aquello. Aunque también fue para mí un hecho fáctico e irrefutable, a pesar de haber sido de la más pura irracionalidad, ajeno a cualquier precepto científico. Ya lo dije, corría el año cincuentainueve, más precisamente un domingo 9 de agosto. No hacía frío, sino más bien un verano tardío de San Juan abrigaba la jornada. Las calles de una detenida ciudad de Avellaneda poco a poco comenzaban desde el mediodía a reflejar los colores del cielo, en una especie de epifanía divina bajada desde las alturas, apersonada en cada colectivo atestado, en cada automóvil que agitaba sus banderas y tronaba alguna que otra corneta. Se podía decir que no existía una demarcación exacta entre el cielo y la tierra. Todo era celeste y blanco. O casi todo.

Perdidos entre el cromático de pañuelos, gorros, banderas y camisetas, se podía observar una intransigente dispersión rojiza. Parecía una incipiente fiebre escarlatina esparcida en el rostro contento de la muchedumbre. En evidente inferioridad numérica, algunos marchaban en solitario, otros en grupo, pero todos a la par de esa marea. La demográfica repartición de colores de la ciudad daba por vencedores a los primeros. No lo comprendía, porque si bien sabía contar, lejos estaba de mí el saber que ese día el Racing Club de Avellaneda hacía de local. Y la lógica del espectáculo indicaba –de manera obvia para cualquier experto en el asunto menos yo– la concurrencia en su mayoría de los aficionados al team que hacía de anfitrión. Sea como fuere, aquella filigrana rojiza quedaba un poco obturada entre tanto bochinche celeste.

Para mí, antes de los sucesos posteriores de ese mediodía que comenzaba a repiquetear un hormiguero de gentes, era un día normal. Si bien no era ajeno, la situación no me producía ningún tipo de desbordamiento, como al parecer sí ocurría en los camiones de soda, que agolpaban ya no sifones, sino un montón de personas embanderadas casi cayéndose, y que veía pasar por avenida Lacarra para perderse en dirección al viejo Mercado de Lanares y agarrar el puente –que en verdad son siete pero parecen uno–, para luego bajar rumbo a la congregación de feligreses de la hinchada del Racing Club. Tamaño espectáculo debe significar algo me preguntaba. No podía ser casualidad que el día anterior, una ciudad normal y en blanco y negro, se volviera ahora una usina de colores, como una navidad o un año nuevo anticipado.

Resultó que ese día iba a ser yo uno más de los comensales que asistieran a dicho banquete. El epicentro de mi peregrinación comenzó en el bar que el tío tenía frente al Hospital Fiorito –papá era enfermero allí–, donde a modo de juego hacía las veces de mozo entre los grandes que se pasaban las horas jugando a las cartas o a los dados –con vino y vermut de por medio–, cuando no desplegaban su oratoria política de cafetín en una ciudad en su mayoría proscripta. Y si bien no todos participaban ni los argumentos eran unánimes, en una sola cosa se lograba congeniar el interés al igual que el humo de los cigarrillos se fundía con el aire del ambiente; de la misma forma en que las colillas se apilaban como fichas de un casino sobre un único y mismo número.

Que tal o cual jugador era mejor que otro, que los de «La Ribera» habían desperdiciado sus chances de campeonar y que, si bien era modesto, un equipo de La Paternal era el que mejor trataba la pelota. Pero sobre todas las cosas, todos coincidían en que la cuna del fútbol se encontraba allí, en esa ciudad que cruzando un río maloliente era la primera de un sinnúmero de otras que se le abotonaban como moscas, pero siempre arrogando la potestad de ser la primera, la más cercana de aquella Europa local que supuestamente –yo no lo sabía– se encontraba al otro lado de ese reflujo de agua podrida.

El partido comenzaba tres y cuarto de la tarde, el tiempo justo para almorzar cuasi religiosamente las obligadas pastas del domingo. Pero yo estaba en el bar, rodeado de camisetas y trajes que esperando el encuentro se traficaban formaciones y posibles resultados. Que el último cotejo había salido empatado, que el local llegaba con mejores chances, que el peso del público jugaba a favor. Una parva de augurios que en pocas horas se iban a definir en los pies de veintidós jugadores. El tío Neto –esposo de la tía Pierina, la verdadera dueña del bar– dio la voz de orden y partimos hacia el estadio. Mi imparcialidad, un poco aturdida por el despliegue tecnicolor del local, no encontraba sin embargo explicación alguna al hecho blasfemo de aquel señor que nos llevaba a mí y a mi primo a la cancha.

Resulta que en su calidad de aficionado ostentaba el carnet de ambos equipos en disputa. Un doble certificado de radicación, aunque en la misma ciudad y a pocos metros de distancia. Parecía uno de esos generales que se reúne con sus pares del ejército contrario, entendiendo que aún en la guerra se trata de una contienda de caballeros. Caballeros que pueden dejar de lado sus diferencias, no obstante que de sus decisiones dependa la vida de miles de soldados sin oportunidad para comportarse de tal forma. Era un agente encubierto, pero nadie sabía a cuál de los bandos respondía en verdad. Su esteticismo lo llevaba un paso más de aquella contienda, y lo situaba como lugarteniente del fútbol de una ciudad –casi República– bautizada con el nombre del primer ex presidente que no supo utilizar pistolas.

Partimos desde la esquina de Belgrano y 9 de Julio, epicentro patriótico. Caminamos rumbo a calle Italia y bordeamos el hospital entre el tumulto de gente que como nosotros, se aprestaba a concurrir al partido. Esas cuadras fueron para mí el momento en que se sostiene el detonador de dinamita a la espera de que pase el correcaminos. Imagen sobre imagen, mi cara atónita y ese trayecto aún sin desandar se barajaban en un torbellino incomprensible. Doblamos por Colón hacia la entrada. Un cacho de historia de una porción de tierra situada al sur de un continente se resumía entre esas cuatro calles que se cruzaban entre sí, como premonición de otra historia, una que iba a atravesarme a mí aquel año del cincuentainueve.

A medida que doblábamos una imponente estructura se levantaba sobre mis narices. Nunca había visto algo de tal envergadura. Era un soldadito de metal que arrastraba como podía sus piernas bajo ese cajón de manzanas que oficiaba de fuerte. Como nosotros, miles de otras personas se agolpaban para entrar en ese aposento enigmático, donde se iba a dirimir aquella división de colores que bañaba las calles de la ciudad. Dos ejércitos –uno en presunta desventaja– batiéndose a duelo en un juego que era más que un juego, aunque por esos años aún no significase la guerra. Nos acercamos poco a poco a una boca de ingreso. Un cartel indicaba el sector en el cual nos íbamos a adentrar. «Popular local, puerta diez». La algarabía era refulgente. Atravesado dicho agujero, un pasillo en penumbras nos llevó hasta una escalinata sobre cuyos escalones superiores se observaba el brillo de un sol aún sin asomar. El ruido se hacía más profundo a medida que las paredes se estrechaban y desde las fauces de esa abertura podía oírse el rugido de una fiera que yo desconocía.

Eran voces, al mismo tiempo fundidas, exacerbadas entre murmullos y cánticos. Mi mano sin saberlo seguía apoyada sobre aquel detonador. Peldaño a peldaño, latido a latido, me dirigí hacia ese resplandor. Algo dentro de mí que no advertía, contaba los escalones como el tic-tac de una bomba a punto de estallar. Los puedo contar ahora mientras relato, a medida que los segundos parecieran tomar el tiempo de aquel explosivo. De a poco, la vitalidad de un verdor entrañable comenzó a divisarse a la par que mis pasos escalaban la agitación de mi pecho. Un campo lozano, suave como un pañuelo recién planchado se abrió ante mis ojos boquiabiertos.

Todo enmudeció. Con la fuerza de una catapulta que se traga así misma el ruido quedó suspendido al igual que una nota muerta. El color de las tribunas de un borrón de nostalgia perdió su pintura. Se contrajo de un gris tal, que me recordaba a la única foto que tenía de mi madre, enmarcada solo por el recuerdo. Lo único que podía ver era el verdor colgado de mis ojos, sobre cuya superficie unas camisetas rojas se desplazaban como navidades encendidas. Los cielos se tornaron rojos, los rayos del sol lenguas de mil dragones. El tic-tac de aquella bomba había implosionado, en silencio y bajo el epidérmico hacinamiento de un revuelto de sensaciones.

El impacto fue tan tremendo que mis pupilas se refugiaron en cada una de esas camisetas furiosas que se recortaban sobre el césped, enardeciendo una sexualidad aún dormida. A mi alrededor la gente parecía mascullar palabras inentendibles, pero yo no escuchaba nada. Mis oídos estaban oprimidos por mi pecho, ensordecidos por esas figuras infernales paseándose por el campo. Si en ese momento el más eximio de todos los artistas hubiera intentado pintar aquel espectáculo, solo dos colores le hubieran bastado. Y aún así, no creo que hubiese tenido posibilidad de retratar el magnetismo que aquellos rubíes encendidos sobre el verde me provocaban, como si toda la energía del universo descansara en esa postal flamígera agitada, un domingo del año cincuentainueve. Todo minutos antes de dar comienzo al desenlace de apuestas que horas atrás se batieron en un bar frente al Hospital Fiorito, en una ciudad capital del fútbol llamada Avellaneda.

Pero yo era un niño, ni conocía a ningún artista ni sabía demasiado del universo. Lo que sí sabía muy bien para mis adentros, casi en secreto, era que quería que ganen los de rojo. Miré hacia los costados. Ese deseo no se condecía entre aquella multitud. Era una mancha de sangre sobre el guardapolvo de salita celeste. La prueba de que aún siendo niños, el mundo no repara en nuestra fantasía infantil. Si bien no estaba asustado –aunque mi mano apretada a la de mi tío indicase lo contrario–, sí tuve una especie de miedo un tanto socarrón. De la misma forma en que una travesura a punto de descubrirse, por el solo hecho de ser descubierta, vale la pena. ¡Qué más! Semejante inventiva puesta al servicio de la diablura merecía tener su propio reconocimiento. Como cuando le ponía cáscaras de nueces a las patas de los gatos, y en su intento por defenderse y sacar las uñas, quedaban atrapados en esos zapatos de Adán que sobre los techos de chapa eran un desfile estridente que despertaba de la siesta hasta al más religioso. Por eso puede decirse que no tenía miedo, lo que suele llamarse miedo. A no ser de que mi cara encriptada frente aquel hechizo diabólico en verdad no lo fuera tanto, estaba tranquilo.

Ya lo dije, el partido no había comenzado. Toda la película, todo ese vendaval de sensaciones que me electrifico hasta convertirme en el más extranjero de esas gradas albicelestes, había sido solo y nada más el precalentamiento del equipo visitante. Suficiente –aunque no lo comprendiera en ese entonces– para que se fundiera con el paradójico celeste de mis ojos, un fulgor rojizo hasta la posteridad, un pacto de esos que nos cuentan con el terror de un Narciso Ibáñez Menta pero que para mí, era toda una bendición.

Aquel domingo del cincuentainueve el destino no pudo más que darme la razón. Las crónicas deportivas del día lunes titularon la victoria visitante. El score había terminado tres tantos contra uno a favor de «Los Rojos», dos de ellos convertidos por un tal Mandrake, un mago que al parecer también jugaba a la pelota. Una actuación descollante del centroforward, que si bien no había muerto al amanecer, hizo morir con sus goles a los rivales.

Desde ese entonces mis domingos empezaron a tomar otro color. De a poco fui soltando la mano de mi tío, y con los muchachos del barrio comencé a transitar mis propias aventuras. Era el más chico de todos, un Boneco que llevaban de acá para allá. No necesitaba cruzar ningún puente, la travesía era a pie por lo terraplenes de las vías que lo atravesaban. Tampoco doblaba por Colón, mi parada estaba pocos metros antes, sobre Alsina. Aunque admito que alguna que otra vez me volví a meter por aquella vieja puerta diez, como agente pero de una sola nacionalidad, solo para saborear la desgracia ajena.

Así pasaron los años, la mayoría de gloria, otros no tanto. Pero ni aún esa época dorada vivida en plenitud, entre mitológicas hazañas y trofeos levantados, tendrá el fulgor de ese domingo del cincuentainueve. Ninguna copa labrada en el mismísimo Olimpo de los campeones resplandecerá tanto como mis ojos de siete años, cuando vieron aquel desfile furioso, infernal.

Aún hoy, casi llegado a mis setenta, los cierro y puedo ver con la lucidez de un espejo esas llamas flameando, y aunque muchos no lo entiendan y me lleven la contra, será siempre el cincuentainueve el orgullo de mi primera vez.

Bruno Luciano Billia, para Orgullo Rojo

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