Nos debemos un respiro como hinchas

Nos debemos un respiro como hinchas

“¿Este paso por Lanús lo estás disfrutando más que tu paso por Independiente?”, le pregunta acertadamente el periodista de Diario Popular a Jorge Almirón, hoy puntero en Lanús. La respuesta es contundente: “Son los contextos diferentes. Tuve aceptación de los jugadores, y los veo que están convencidos de lo que hacen. Te doy un ejemplo, contra Rafaela perdíamos hasta los 35 minutos del segundo tiempo, y el equipo no tiró un pelotazo, tuvimos paciencia buscando el pase. En Independiente no lo podés hacer, porque ni bien el jugador pasa la mitad de la cancha ya desde la tribuna le piden que tire el centro por más que no haya nadie en el área, que divida la pelota. Y si no lo tira lo insultan, vienen los nervios y se desvirtúa la intención de juego, lo que se entrena, y todo eso empieza a generar inestabilidad porque los nervios se multiplican. La gente de Lanús entendió la filosofía de juego que intentamos, y entiende que no se puede tirar un pelotazo porque sí”.

Antes de comenzar esta columna, aclaro que el Extraterrestre nunca fue un santo de mi devoción. Entiendo que si su mandato en Independiente se dio de esa manera, fue porque nunca le terminó de encontrar la vuelta a un equipo endeble, y jamás haría una nota pidiendo que vuelva alguien a quien el hincha -y me incluyo- echó por la puerta de atrás. Lo que sí no puedo objetarle es falta de conceptos, porque con esa respuesta demostró que sabe y mucho.

Está claro que para ser un futbolista de primera división, además de tener todos los condimentos necesarios, hay que estar preparado psicológicamente. Y más aún para desempeñarse en un contexto como el que atraviesa hoy Independiente, donde la urgencia por ganar algo exaspera al hincha a niveles insorportables.

Los quince años sin títulos locales y seis sin internacionales convierten al Libertadores de América en un caldero hostil, donde cada pelota perdida es sinónimo de murmullo, donde en cada avance, como bien señala Jorge Suspenso, se pide tirarla al área por más que no haya nadie, y donde el jugador debe resistir a 40 mil almas exasperadas que descargan insultos y quejas al unísono.

Esto abre varios debates: ¿Sirve de algo insultar, silbar y murmurar durante el partido contra los propios jugadores? ¿Hay algún equipo que haya sido campeón con un técnico recién asumido por obra y arte de lo efímero, sin haber atravesado por un proceso de mejora? ¿Tanto nos cuesta aguantar hasta el final del partido y manifestar nuestro repudio en ese momento? ¿Esto ocurrirá siempre, con cualquier técnico que agarre los fierros calientes, indistintamente de que se llame Pellegrino, Almirón, Milito o Sampaoli, o solo pasa con los que no tienen sentido de pertenencia o se identifican con el club? Mi miedo más grande es que asuma Gabriel y que, si la cosa no anda bien, termine como le va a ocurrir al hoy técnico dentro de un mes.

Es complejísimo. Encontrar la racionalidad sumergidos en tanto tiempo de sequía es una ardua tarea. Tal vez nos debamos nosotros, los hinchas, reflexionar acerca de si realmente es productivo expresar el enojo en el momento en que la pelota gira. La desconfianza y la fragilidad que transmite el equipo hacen pensar que un gol en contra es sinónimo de derrota, y la poca actitud mostrada convalidan y engendran aún más ese sentimiento. Lo cierto es que no aporta nada. No seremos más hinchas ni los jugadores irán más al frente por putear en medio del partido. Es una avalancha de la que difícilmente saldremos, y que, partido a partido de local, se agiganta.

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Román Failache
"La columna de Román" para Orgullo Rojo.

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