Tiempo al tiempo

No todo es “soplar y hacer botellas”. Pasó la segunda prueba de fuego para Pusineri y, aunque quede la espina por no haber podido ganar, hay que seguir remarcando que todavía se está arreglando con lo que tiene. Y como viene la mano, seguirá haciéndolo por los próximos días. Independiente no es un equipo renovado, ni tampoco posee estrellas que hayan deslumbrado al fútbol argentino en el 2019 (de hecho, todo lo contrario). Pero el cambio de aire que significó la llegada del nuevo DT sirvió no solo para que los dirigentes gocen de un hincha ¿más paciente?, sino también para que los jugadores comiencen a olvidar los inventos tácticos (y sobre todo posicionales) de Beccacece. 

Contra River fueron unos 15 o 20 minutos de buen fútbol, una interesante verticalidad para empatar e ir a buscar el partido y no mucho más. La expulsión de Barboza no ayudó, es cierto. Contra Boca fue un tramo más largo y, claro, la expulsión de Izquierdoz fue la que invitó al Rojo a hacerlo, porque hasta ahí pintaba un partido bastante complicado. Sin embargo, Independiente había respondido bien en defensa y comenzó a ser punzante en ataque a partir de ese hombre de sobra en la cancha. Pero esta vez no quiso entrar. 

Hubo varios puntos altos que merecen ser remarcados: Campaña respondió cuando lo llamaron, Bustos se cansó de pasar al ataque para ser un recurso más en la ofensiva (Sánchez Miño, en ocasiones, también, pero es impresionante lo que le cuesta sacar un buen centro), Franco completó un buen partido -una lástima la del palo- y Silva fue el mejor de los 4 del fondo. Ahora bien, lo de Pablo Pérez es inentendible ya: fue, por lejos, el mejor de Independiente en La Bombonera hasta su infantil expulsión (si, otra más). Marca, quite, distribución, participación constante en el juego ofensivo, oportunidades claras de gol (se perdió varios) y un final más que anunciado tras varios partidos realmente malos y la silbatina que bajaba de los cuatro costados cuando tomaba la pelota. ¿Qué le habrá dicho Pusineri?

Sin dudas que Lucas Romero, Leandro Fernández y Cecilio Dominguez mejoraron. Y Silvio, que no tuvo la mejor de las noches, se lleva un poroto por haber ido pícaro al cruce contra Izquierdoz (bien amonestado por segunda vez). Pero al igual que la semana pasada, es necesario destacar la frescura que aporta Chaco Martínez en este equipo. Desfachatado, encarador y sin pensar para nada en achicarse ante un contexto que invita a hacerlo. Si sigue así, va a terminar siendo titular mucho antes de lo que nosotros mismos creemos. 

Es cierto que queda una sensación extraña por no haberlo podido ganar. Pero ojo, es ambigua. Porque Boca también lo pudo haber ganado con el tiro de Tévez que exigió a Campaña o la descuidada salida del uruguayo ante la corrida y mala definición de Villa. Pero en situaciones como estas, donde partimos de un entrenador que se encuentra con un equipo en el que no hay nombres nuevos, donde se debe lidiar con salidas en lugar de llegadas, donde el puesto en la tabla de posiciones ya habla por si solo, lo de Pusineri está en vías de mejora. ¿Para conformarse? Claro que no. Pero, de a poco, la cosa comienza a tomar su color. Y si tiene que haber reproches, no debe ser él el destinatario. Que los dirigentes le den las herramientas que necesita para sacarnos del pozo. Pero ya. Nosotros como hinchas haremos nuestro propio sacrificio aportando algo que nos cuesta mucho: ser pacientes. Tiempo al tiempo. Tarde o temprano (ojalá que temprano), la nave va a despegar. 

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