La primera fecha

La alarma del despertador sonó a las 8:00 am en punto. Roberto se levantó, encendió la radio, se dio una ducha y puso el agua caliente para tomar unos mates. Lautaro dormía, pero se despertó cuando escuchó al locutor de radio decir “Hoy es la primera fecha para Independiente, el conjunto de Gallego juega contra Lanús en Avellaneda”. Se levantó rápido, con una sonrisa de oreja a oreja y se empilchó de pies a cabeza para ir a la cancha.

-Pará enano. Lo calmó Roberto dándole una palmadita en el hombro ni bien lo vió asomarse por la puerta de la cocina.

-El partido es a la noche y no sé si te puedo llevar, hay que pedirle permiso a tu mamá porque hoy te toca estar con ella.

Roberto estaba separado hace ya cinco años, su relación con Laura era buena, pero a ella le daba un poco de miedo cuando su exmarido se llevaba al chico a la cancha. A Lautaro le encantaba, disfrutaba mucho de cada partido de local junto a su papá y su tío, a quienes varios conocían en Avellaneda como “el gordo Bachicha”.

El comienzo de campeonato despertaba interés.  Hace poco habían pintado las tribunas del estadio y los hinchas habían reventado las boleterías. Según los datos, ese mes de Julio fue tal la expectativa del conjunto del Tolo, que en el club aparecieron 1.200 socios nuevos y otros 2.000 habían renovado sus abonos a platea. Se había vendido a Forlán al club inglés Manchester United e Independiente salió al mercado a conseguir los mejores jugadores disponibles. El problema estaba en las malditas y tan mencionadas hoy en día inhibiciones, en aquel momento las de Galván, Bustos y Sala, hecho que ponía en peligro el debut de los refuerzos.

Este equipo invitaba a ilusionarse. En el arco: la seguridad y solvencia de Leo Díaz. En los laterales: la marca y proyección de Juan José Serrizuela y Federico Domínguez. En la zaga central: la fuerza y altura de Hernán “Pichi” Franco combinada con el talento e impregnado sentido de pertenencia del gran capitán Gabriel Milito. En el medio: un corajudo Diego Castagno Suárez, el aguerrido Lucas Pusineri y la excelente técnica y visión de juego de Pablo “Cholo” Guiñazú. El talento de un Rolfi Montenegro joven y la magia indiscutible de un Pocho insúa como socio ideal. Arriba de delantero: Andrés “Cuqui” Silvera, quien, a pesar de generar desconfianza por no haber tenido un gran torneo anterior, el Tolo anticipaba a la gente y periodistas que este torneo sería distinto para él.

Lautaro bajó del auto con la cabeza gacha y Laura salió a recibirlo. Era un actor excelente, vos que estás leyendo esto seguramente le darías el Oscar o el martín fierro al enano.

-¿Qué pasa mi amor? ¿Por qué esa cara? ¡Hoy a la noche tenemos el cumpleaños de la tía Pocha y la vas a pasar recontra bien! -Dijo la madre como queriendo comprar al pibe.   

La tía pocha era una señora mayor, bastante mayor…que era…¡Divina! sin dudas, pero ir a ver a Independiente con el tío Gordo Bachicha y su papá era otra cosa…más para un varón que no tenía hermanos y los primos eran de Racing, no iban a entender su drama de aquella noche…

-Mami, hoy juega Independiente de local…es la primera fecha y quiero ir a verlo con papá…

Laura miró la cara del Darín en miniatura, lanzó un suspiro rotundo como alguien que perdió una batalla y se acercó a la ventana del Renault 12 rojo:

-Beto ¡Está bien! Pasalo a buscar tipo 7 y POR HOY, lo podés llevar a la cancha.   

Esa noche las calles eran realmente un espectáculo. El famoso, alentador y popular “Rojo mi buen amigo…”de inicio de campeonato, sonaba con fuerza casi al llegar a la Doble Visera. Había banderas por todas partes, chicos con bolsas llenas de papelitos para tirar, gente vendiendo gorros y bufandas, algunos borrachos de siempre, abuelos con la libreta en mano discutiendo formaciones titulares y el banco de suplentes. Lautaro miraba risueño todo ese mundo en miniatura llamado “noche de partido en Avellaneda” y que tanto le gustaba.

Del otro lado de la cancha: ellos. Los de color granate. Los contrincantes. Seguramente entre el puñado de Lanús, estaba el flaco alto y bocón de 6to grado que lo molestaba en el recreo y si así era, una victoria se disfrutaría el doble.

Llegaron a la platea Cordero baja, había una apuesta entre los tres que ya se había hecho costumbre: adivinar cómo saldría el partido. Como era primera fecha y de local, no querían dejar pasar el rito. Si ganaba Roberto o ganaba Bachicha el premio era una copa de vino. Si ganaba Lautaro era una copa de gaseosa a elegir. Siempre el premio era en copa “porque en copas toman los reyes” repetía el gordo al enano. Beto tiró “1 a 0”, el gordo algo descreído por la campaña anterior vaticinó un “0 a 0” y Lautarito el más positivo tiró “2 a 0”. Se dieron la mano casi al mismo tiempo que los capitanes en medio de la cancha y el árbitro Giménez pitó el inicio del partido.

Los primeros 45 minutos del primer tiempo fueron casi todas las jugadas de gol para Independiente salvo una pelota que encontró Leo Díaz cuando un contrario quiso cabecear cerca del palo, salvo esa, el Rojo no paró de atacar intensamente al granate, aunque de a ratos con ciertas imprecisiones.

Equipo rápido, exigido por un técnico a los gritos que no paraba de dar indicaciones, el rojo seguía y seguía en todo el segundo tiempo como mandaba la historia ¡AL FRENTE!

De pronto, a los treinta y dos minutos el árbitro pitó penal para Independiente. El gordo se rió como dudando del hecho, estaba contento, pero le daba un poco de pena perder la copa de vino. Roberto se relamía y apretaba el puño pensando en la victoria por duplicado. Lautaro se tapaba los ojos con los dedos y se mordía las uñas de los nervios.

El arquero Flores se adelanta un poco y le tapa la pelota a Domínguez, luego saca rápidamente de un pelotazo la pelota hasta el medio de la cancha. La desilusión se siente en casi todo el estadio, pero bueno, el equipo venía jugando bien y no había mucho para reprocharle.

Diez minutos más tarde, un centro exquisito de Serrizuela a la cabeza de Silvera que hace rebotar la pelota contra el suelo y se va esquinada al palo del arquero uruguayo. Roberto lanza una carcajada y grita el gol con los brazos en alto. Lautaro repite: “Falta uno, falta uno”. El gordo se ríe, mete la mano en el bolsillo y dice por lo bajo “pucha, ya sea por uno o por otro perdí la apuesta…”

Y el enano esa noche no se iba a equivocar. El juez Giménez dio 4 minutos de adicional e Independiente los supo aprovechar de la mano de Juancito Eluchans, que armó una pared hermosa con el Cuqui, quien se la devolvió y Eluchans con la punta del botín empujó esa pelota que se fue derechito a la red. Bachicha levantó a Lautaro en sus hombros, Roberto se sacó el buzo y lo empezó a agitar. Los tres gritaron: “Y Dale, y dale, Y dale Rojo dale”.

Así fue el comienzo del campeonato Apertura 2002. Así fue como estos tres hinchas, al igual que tantos otros esa noche, disfrutaron de un equipo que los invitaba a soñar en grande. Aquella victoria rompió el maleficio de 14 partidos sin victorias. Si, cinco meses sin ganar. Gracias Laura, por dejar ir a Lautaro, te aseguro que nunca se lo va a olvidar.

orgullorojo

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