1 de octubre de 2026
Frente a la danza de listas y promesas electorales, una profunda reflexión sobre la responsabilidad sagrada de administrar la fe del hincha, honrar la historia grande y gobernar con dignidad de cara al socio.
por
Juanfri Miguel
A veces las promesas electorales tienen el grosor de un panfleto y la duración de un fósforo encendido bajo la lluvia. Se apagan apenas la masa junta los pies, saluda desde un balcón prestado y cruza la puerta giratoria del poder. Pero la política -la de verdad, la que quema por dentro- no debería ser un concurso de vanidades ni una plataforma de despegue personal; debería ser, ante todo, un acto de responsabilidad sagrada. Y en Avellaneda, esa palabra no tiene traducción contable ni margen de error.
"Si se van a dedicar a la política, procuren que, cuando salgan a la calle, puedan mirar de frente y a los ojos a cada uno de los que los votaron" me dijo un gran amigo en una pizzería de Avellaneda un jueves a las 21:00hs hace ya 4 atrás luego de que gane esta nefasta dirigencia.
Me he repetido esa frase desde entonces al salir de la cancha en voz baja mientras caminaba por Alsina bajo un cielo plomizo que parecía sostener, a duras penas, el peso de nuestra propia historia. Me la repito de vez en cuando, como quien murmura un rezo antes de entrar a un templo.
Desde entonces, asesorando en comunicación y rodeándome de gente muy capaz, entendí que ser dirigente de Independiente no se trata únicamente de ocupar un sillón sino de cuidar una herencia.
Ser dirigente es administrar la fe de un tipo que junta los mangos ajustando las compras del mes para no caerse de la cuota social; de la abuela que teje un gorro rojo con los dedos cansados mientras le explica a su nieto quién fue el Bocha; del pibe que llega al estadio con el alma abierta de par en par, esperando que en esos noventa minutos la vida le devuelva un poquito de la poesía que el resto de la semana le niega.
Querido militante de Independiente, que estás pensando en presentar tu lista, en armar tu plataforma, en postularte para conducir los destinos de nuestro querido Rey de Copas: no te pido milagros ni discursos de utilería barnizados de modernidad. Te pido memoria. Te pido que entiendas que la camiseta roja pesa más que cualquier ambición personal y que el escudo no es una marca registrada en un expediente, sino la sintaxis exacta con la que tres o cuatro generaciones aprendieron a nombrar el "Orgullo Nacional".
El hincha de Independiente está curado de espantos, pero jamás estuvo ni estará anestesiado. Perdió la paciencia para el verso, pero guarda intacta la capacidad de amar nuestro escudo por delante de todo y de todos. Conoce de memoria el frío del cemento y el calor invencible de la tribuna cuando la mística se enciende. Por eso, si vas a dar el paso, hacelo con la certeza de que el cargo no te pertenece: te lo prestan. Te lo prestamos. Y cada firma que estampes, cada balance que apruebes, cada decisión que tomes en las penumbras de una oficina de la sede de Avenida Mitre va a dejar una huella en el lomo de este gigante club.
Que no te encandilen las luces del palco ni los aplausos de ocasión. Los aplausos se vuelven eco rápidamente y las luces se apagan. Lo único que queda, cuando el humo de las bengalas se disipa y la cancha queda en silencio, es tu nombre pegado al de la institución.
Así que...deseo que la historia no tenga que bajarte la mirada.
Que cuando camines por la plaza, cuando vayas a la carnicería del barrio o te cruces con una bandera roja colgada en un balcón, no tengas que acelerar el paso ni agachar la cabeza.
Que puedas sostenerle los ojos al jubilado que destinó una parte de su haber a sostener nuestra cuota en los momentos más oscuros, y decirle: cumplí. No con la perfección de los infalibles, sino con la honestidad limpia de los que no traicionan.
Independiente no necesita salvadores con recetas de laboratorio ni mercaderes de la ilusión. Necesita dirigentes con espalda para bancar la parada, con el corazón ubicado exactamente donde la historia manda y con la dignidad suficiente para entender que la grandeza no se proclama en un micrófono: se edifica en el respeto irrestricto a los que sostienen este templo desde el anonimato.
Querido candidato...si vas a encabezar una propuesta, no le prometas a la gente volver a ser lo que fuimos si no estás dispuesto a trabajar como los que nos hicieron grandes.
Promételes rigor, transparencia y lealtad. Prometeles, que al final del camino, sin importar la tormenta que toque atravesar, vas a poder cruzar la calle, buscar la mirada de cualquiera de los que confiaron en vos, y encontrar ahí adentro no el reproche ni la vergüenza, sino el reconocimiento silencioso de haber honrado esta casa. Nuestra casa.
Honrá la historia, respetá al hincha y cuidá al Rey de Copas. Si vas a estar a la altura, bienvenido al desafío. Si no, no des el paso: Independiente ya sufrió demasiado a los que prefirieron mirarse el ombligo antes que mirar a los ojos a la gente.
El club es de los socios. Lo ha sido ayer, lo es hoy, lo será mañana y lo será siempre.
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